Dentro de este debate aparece un protagonista, también discutido, el CO2. Y asumiendo su influencia como gas de efecto invernadero, a pesar de su participación casi testimonial en la composición de la atmósfera al menos en esta etapa histórica de la vida de la Tierra, deberíamos centrar nuestra atención en esa parte generada por la actividad humana, parte que, a su vez, es minoritaria en el total de CO2 producido. Y así llegamos a fijarnos en el CO2 producido (junto con el metano, CH4) por nuestras queridas vacas, junto a otros rumiantes domésticos. De los rumiantes salvajes, que son una cantidad nada despreciable, no podemos decir nada, no sea que seamos tachados de enemigos de la naturaleza.
Ese papel culpable de las vacas en los problemas que el clima pueda ocasionarnos es aceptado sin rechistar por todos los expertos, no vaya a ser que sean señalados ante los demás si opinan algo diferente. Pero, si nos olvidamos de todo esto y usamos como herramientas unas básicas nociones de biología, nos encontramos con una situación que no se parece en nada a esa supuesta realidad.
Es difícil hacer un cálculo exacto de las emisiones de una vaca en forma de CO2 y CH4, como demuestra el hecho de que incluso los expertos han estado variando sus cálculos y de una manera muy significativa. A esto también contribuye el hecho de que esas cifras varían mucho según la raza, el nivel productivo, tipo de ingesta etc.
El CH4 tiene una vida media de entre 12 y 14 años, de tal manera que desde el día en que aparecieron las vacas en la faz de la tierra estuvieron aumentando su cantidad en el aire hasta 12 años después. A partir de ahí, el nivel de ese gas relacionado con ellas se ha mantenido estable porque lo producido se compensaba con lo destruido. Por tanto, no vamos a echarle la culpa de nada en relación con las vacas.
Reconociendo que la exactitud de las cifras es casi imposible de conseguir, hagamos un ejercicio de razonamiento y estudiemos los conceptos básicos para ver qué conclusiones sacamos.
Supongamos que una vaca emite entre CO2 y CH4 unas cien unidades, de las cuales de CO2 serán aproximadamente 80 (del metano nos olvidamos, como hemos visto). Pero, además, la vaca elimina más carbono en otras formas: formación de sus propios tejidos (carne, grasa, hueso, pelo…), su producción de leche, las heces y orina, y alguna otra cosa menor. Y eso implica mucho, mucho, mucho carbono.
Vamos a suponer que le damos un valor estimado y poco optimista de 150 unidades, es decir, una vaca emite 250 U de carbono, de las cuales 80 son las malas malísimas del CO2. ¿De dónde obtiene la vaca esa cantidad de carbono, teniendo en cuenta que la materia no se “crea”, solo se transforma? Pues de lo que come. Y lo que come son básicamente PLANTAS (la grasa y proteína animal es una porción mínima), y las plantas obtienen ese carbono del aire, a través de la fotosíntesis.
Ahora nos toca hacer unos cálculos, que no por aproximados dejan de ser muy instructivos. Las vacas comen plantas de dos tipos: los considerados forrajes y los que llamamos concentrados, y, en el peor de los casos, puede ser al 50 % (en la ganadería extensiva sería más forrajes). Del forraje aprovechamos sobre un 90 %, porque desaprovechamos raíces y el principio del tallo. Como necesitamos aportar la mitad de 250 C, el cálculo es 125 x 0,9 = 139 C que tenemos en la planta. Del concentrado supongamos que aprovechamos el 50 % porque solo usamos el grano; por tanto, 125 x 0,5 = 250 C. En total, tenemos que, para que una vaca emita 80 U de carbono, tiene que comer plantas que eliminan del aire un total de 139 + 250 = 389 U.
Hay que reconocer que las labores agrícolas realizadas, sobre todo para cultivar los concentrados, también emiten CO2; como hay que dar una cantidad y para que no parezca que arrimamos el ascua a nuestra sardina, le ponemos unas 150 U y hacemos la cuenta final: 389 - (150 + 80) = 159 U de carbono que eliminamos de la atmósfera, porque la vaca está donde está.
Ahora, que los expertos afinen los cálculos con sus sesudos estudios, pero, sin duda, van a confirmar la idea general de que, gracias a las vacas, reducimos las emisiones de CO2 a la atmósfera, y no al contrario. Y en eso pueden emplear los próximos años.