Destacas que las vacas son seres sintientes. ¿A qué te refieres?
Es una declaración de la Comisión Europea y de distintos tratados que han establecido que los animales tienen las mismas emociones básicas que los humanos. Tienen la capacidad de percibir y sentir emociones como el estrés o el miedo, pero también satisfacciones relacionadas con el confort, la alimentación, la exploración o la cohesión social con otras vacas. Ese es el marco en el que nos movemos: las emociones básicas no son exclusivas del ser humano, sino que todos los seres vivos pueden percibirlas, integrarlas y experimentarlas.
¿Qué aspectos de la ganadería tienen mayor impacto en ese bienestar de los animales?
Desde el inicio de la evaluación del bienestar animal se estableció un acuerdo internacional entre agencias, instituciones y unidades académicas. Esta evaluación debe basarse en parte en el propio animal, en cómo se encuentra en su entorno. Ahí está la clave: cómo percibe y cómo siente. La otra parte corresponde al entorno productivo, que incluye el alojamiento, la estructura de las instalaciones y, muy especialmente, el manejo. Cada vez hay más evidencias científicas que demuestran la importancia de la relación humano-animal y del entorno en los estados afectivos y en la salud del ganado.
¿Cómo funciona la medición de los sentimientos de las vacas?
Por un lado, tenemos la parte de percepciones y, por otro, la dimensión afectiva, que es la que ahora concentra una gran corriente de trabajo de numerosos grupos de investigación. Se está intentando parametrizar, cuantificar y, sobre todo, disponer de indicadores validados que puedan usarse en la granja de manera fiable y viable. Es un camino en desarrollo que requiere tiempo y rigor para generar protocolos que integren estas dimensiones. El concepto de bienestar se amplía a medida que avanza la ciencia y la etología, que nos ayudan a comprender mejor a los animales y los efectos que tienen en ellos sus estados afectivos.
¿Este conocimiento sobre el comportamiento puede aportar ventajas para mejorar la salud del rebaño?
Desde luego. Existe un esfuerzo por valorizar el comportamiento animal y la etología como una gran herramienta de diagnóstico. A través de sensores o de estudios observacionales es posible identificar comportamientos de un animal enfermo: cambios en su actividad, alteraciones en su rutina o desviaciones respecto a lo esperado. A partir de ahí se abren muchas posibilidades, desde trabajar más en prevención hasta adaptar el ambiente para evitar adversidades, entrenar a los animales para facilitar su manejo o incluso introducir estímulos positivos que mejoren sus estados afectivos. La etología ofrece múltiples aplicaciones y está ganando cada vez más presencia en el ámbito veterinario.
¿Qué beneficios adicionales puede aportar esta perspectiva del comportamiento animal?
Su valor se extiende más allá del individuo y alcanza a la gestión de una granja e incluso a todo un sector. También puede contribuir a que la sociedad apoye más a la ganadería si percibe que se trabaja para mejorar el bienestar de los animales y su conocimiento. Es un enfoque en el que todos ganamos: si cuidamos a los animales, también mejoramos su salud y, en consecuencia, la productividad. Antes se abordaba de forma parcial, pero ahora es necesario un enfoque integrado.
¿Cómo puede influir la selección genética en el bienestar del rebaño?
La selección genética es clave porque existen condicionantes de la personalidad y del temperamento de los animales, además de factores ligados a la propia raza. Todo ello influye en cómo interactúan con su entorno. La capacidad de adaptación, la flexibilidad o incluso la resiliencia tienen un componente genético muy elevado. Disponer de información genética o de genotipado que nos permita saber cómo un animal puede ser más resiliente a una enfermedad, o cómo puede manifestarla antes, resulta de gran ayuda en la práctica veterinaria.
¿Qué indicadores conductuales son más efectivos para identificar qué necesitan los animales?
En el ámbito del comportamiento animal podemos detectar de forma muy directa cuándo algo no va bien. Un ejemplo claro es el estrés crónico, que se manifiesta en alteraciones de la conducta tanto en cebaderos como en granjas. Se observan comportamientos que no son propios de la especie, como una vaca que se sienta como un perro, que usa el cubículo al revés o que repite estereotipias sin función. Estas señales indican que algo está fallando.
El conocimiento de las conductas específicas de la especie también permite interpretar mejor determinadas situaciones: una vaca aislada es una vaca estresada. A partir de ahí, se pueden aplicar estrategias de manejo, como el uso de estímulos visuales o acústicos para reducir el estrés. Algunas de estas posibilidades aún están por explorar.
Además, existen trabajos que van más allá de evitar el sufrimiento y buscan promover estados positivos. En el proyecto europeo LIFT: Lifting Farm Animal Lives, por ejemplo, estamos validando indicadores de bienestar positivo; no se trata solo de mitigar el dolor, sino de valorar qué aporta a un animal un estado afectivo positivo, cómo mejora su capacidad de adaptación al entorno y cómo reduce su coste biológico. Para ello es necesario usar varios indicadores que ofrezcan una visión integrada y completa de la realidad.
¿Cuáles son los principales factores que explican la corta vida productiva de las vacas?
Es importante abrir este debate, y el congreso de Anembe ha sido una buena oportunidad para hacerlo. Hemos normalizado que una vaca se vaya de la ganadería en el segundo parto. Se ha asumido como un statu quo que debería romperse. Biológicamente, una vaca puede vivir 20 años y, sin embargo, abandonan las granjas con una media de poco más de 5 años, lo que supone apenas un 25 % de su esperanza de vida. Este fenómeno no solo ocurre en vacuno, también en porcino y en otras especies de granja. Desde un punto de vista de sostenibilidad, esto no encaja dentro de los umbrales aceptables y debería revisarse cómo conseguir que los animales permanezcan más tiempo en la granja, sanos y con calidad de vida. Actualmente, las métricas que utilizamos están muy condicionadas por criterios económicos y culturales, pero no por una visión estratégica de sostenibilidad.

¿Cómo puede abordarse esta cuestión desde un enfoque estratégico y sostenible?
Debemos pensar en la longevidad funcional, es decir, en alargar la vida de los animales siempre que se mantenga su calidad de vida. Esto implica considerar los factores que restan bienestar y, al mismo tiempo, potenciar los que lo promocionan. Para el sector es un punto estratégico que no puede ignorarse. Además, hemos dejado de lado el pilar ambiental y los dilemas éticos asociados. Nos encontramos con animales productivos que son eliminados prematuramente y, en el otro extremo, animales que permanecen en la granja con una calidad de vida muy baja o sometidos a tratamientos que tienen un impacto ambiental.
¿Quizás habría que entrar a valorar también ciertas pautas de manejo?
Es un buen punto, y puede que haya que empezar a pensar en un cambio de paradigma. Hasta ahora hemos valorado la longevidad de un animal desde su nacimiento hasta su muerte, pero con matices de productividad. Se distinguen fases productivas y no productivas y, dentro de las productivas, incluso se descuentan los periodos de secado. Sin embargo, esos momentos cumplen una función esencial: permiten la recuperación y restauración de la glándula mamaria y del metabolismo general de la vaca.
Muchas veces los forzamos para que lo hagan más rápido, cuando en realidad necesitan esos tiempos de descanso. El periparto es una etapa crítica, en la que la vaca afronta un enorme desafío biológico, como es pasar de la gestación a producir grandes volúmenes de leche. Por eso no deberíamos considerar el periodo seco como improductivo, sino como una parte necesaria de la biología del animal.
¿Es necesario revisar cómo se conciben los tiempos de descanso y desarrollo de la vaca?
Así es. Podemos hacer una analogía con los humanos: cuando decimos “me he pasado la tarde sin hacer nada”, lo asociamos a algo negativo por falta de productividad, cuando en realidad esos descansos son necesarios para recuperar energía. Con las vacas sucede lo mismo. Son animales sometidos a un fuerte desafío y muchas veces acortamos sus tiempos de descanso, adelantando el primer parto o forzando la lactación hacia cifras que no siempre se ajustan a las necesidades individuales. Eso implica que no dejamos desarrollar al animal lo suficiente antes de exigirle una producción elevada.
Creo que debemos empezar a individualizar nuestra forma de trabajar, revisar prácticas habituales y entender que detrás de cifras estandarizadas hay procesos biológicos reales. Nos hemos distanciado de la biología de la vaca y del entorno en el que vive, que también ha cambiado: granjas más grandes, mayor automatización y nuevas formas de relación humano-animal. No es que las granjas grandes sean peores en bienestar, pero, dado que todo ha cambiado tanto, deberíamos cuestionar por qué seguimos aplicando protocolos de manera automática, como si fuesen inamovibles. Hay vacas que llegan al periodo seco produciendo todavía una gran cantidad de leche y eso indica que debemos replantear nuestras prácticas y acercarnos más a la biología del animal.
¿Cómo de importante es medir todos estos datos y de qué forma ayuda esto a alargar la vida de los animales?
Es fundamental y, además, está muy conectado con el marco de este congreso de Anembe, centrado en la sostenibilidad. En el lado opuesto de la sostenibilidad encontramos la vulnerabilidad, o una menor resiliencia. Y aquí también entra en juego el bienestar de los ganaderos. ¿Qué ocurre cuando una vaca enferma, por ejemplo, de mastitis o de cojera? Muchas veces el ganadero se siente en un cuello de botella, sin herramientas para hacer cambios, y la única salida es reemplazar al animal.
Deberíamos dar ese salto hacia la sostenibilidad, en términos de proporcionar a ganaderos y veterinarios un conjunto de herramientas claras y protocolizadas: saber qué medir, cómo hacerlo y cómo actuar en cada situación. Evidentemente, hay que contextualizar cada granja, pero la falta de indicadores genera una vulnerabilidad que repercute tanto en el trabajo de los ganaderos como en la profesión veterinaria. En el ámbito de la longevidad aún faltan muchos indicadores que permitan evaluar calidad de vida y permanencia, y que ayuden a diseñar planes de implementación realistas y útiles en las ganaderías.
Titulas una de tus exposiciones como “Vivir más o vivir mejor”. ¿Por cuál te decantas?
En el contexto de los animales de granja y del sector vacuno, creo que es fundamental un planteamiento combinado. Es importante revisar cómo podemos mejorar la calidad de vida de los animales, generando ambientes que los motiven y les permitan aprender habilidades para amortiguar estresores: adaptarse más rápido a un nuevo alimento, no sufrir en exceso cuando una compañera deja la ganadería... Podemos intervenir para crear entornos más favorables. La calidad tiene un peso importante, pero también, tal y como está la situación actual, alargar la vida de los animales es una dirección en la que debemos avanzar.
¿Cómo puede integrarse de forma efectiva el bienestar animal en la sostenibilidad ganadera?
Son dos conceptos con muchas dimensiones que deben evaluarse mediante indicadores diversos, pero está demostrado que están íntimamente conectados. El bienestar animal se ha planteado incluso como un cuarto pilar de la sostenibilidad.
En cualquier caso, cuando el bienestar se ve comprometido, la sostenibilidad también se resiente: peor rendimiento, menor calidad, más bajas, mayor uso de antibióticos... Todo ello impacta en los diferentes pilares de la sostenibilidad. En sentido inverso, un entorno estimulante que permita satisfacer necesidades del animal se traduce en mejor salud, mejor rendimiento y mayor bienestar general.
¿Cuentan los ganaderos con herramientas suficientes para medir y mejorar el bienestar animal?
En el ámbito de la investigación disponemos cada vez de más métricas, pero en el día a día necesitamos acercar esos indicadores a los ganaderos, de manera que puedan medirlos y valorarlos ellos mismos. Es un campo en el que la transferencia de información es clave y donde resulta esencial garantizar que las herramientas que se desarrollen respondan realmente a las necesidades de los productores, o incluso que sean ellos quienes impulsen determinadas líneas de investigación. De esa forma, se consiguen trabajos más orientados y útiles. En cualquier caso, sigue siendo un área en la que hay mucho por hacer.