HERMANOS FUERTES. ALGADEFE (LEÓN)

Jóvenes al mando de un rebaño que supera las 1.000 vacas

Con poco más de 300 habitantes y cerca de 4.000 vacas registradas, Algadefe es uno de los pueblos de León que más destaca por su densidad de frisonas y su dedicación a la producción de leche. Aquí, se encuentra la ganadería Hermanos Fuertes, una granja de 500 vacas en ordeño que avanza gracias a una hoja de ruta clara: manejo del rebaño, cultivos propios y buen equipo. Más en Vaca Pinta 57.

HERMANOS FUERTES. ALGADAFE (LEÓN)

Localización: Algadefe (León)

Propietarios: los hermanos Francisco, José Antonio y Máximo Fuertes, y los primos Alejandro, Eduardo, Noel y Carlos Fuertes

N.º total de animales: 1.050

Vacas en ordeño: 500

Media de producción: 42 l/vaca/día

Porcentaje de grasa: 3,90 %

Porcentaje de proteína: 3,40 %

Venta de la leche: García Baquero (a través de la cooperativa Vega Esla)

La carretera se va estrechando entre praderas de la Vega del Esla hasta desembocar en Algadefe (León), un municipio de poco más de 300 habitantes. A primera vista, nada hace pensar que este punto del mapa sea una excepción estadística dentro del campo leonés. Y, sin embargo, el pueblo cuenta con una interesante curiosidad: una densidad de vacas de leche que supera la de muchos pueblos más grandes.

El dato curioso nos lo hace conocer el propio ganadero, Alejandro Fuertes, casi como quien comenta el tiempo: “Algadefe es uno de los pueblos con más concentración de vacas de leche”. Y no es solo una impresión. Según un recuento de la Consejería de Agricultura, Ganadería y Desarrollo Rural de la Junta de Castilla y León, Algadefe, con apenas 15 kilómetros cuadrados de extensión, registra casi 4.000 vacas de leche, exactamente 3.971, repartidas en 9 ganaderías; es decir, 265 por cada km2. Comparando vacas y habitantes, unos 301 según datos de la Diputación de León, podemos afirmar que se cuentan 13 vacas por cada vecino.

En este territorio lácteo se asienta Hermanos Fuertes, una explotación familiar con un relevo generacional joven y profesionalizado. Alejandro, de 36 años, junto a sus primos Eduardo, de 45, y Noel y Carlos, de 44, lideran hoy el negocio que un día construyeron sus padres, los hermanos Francisco, José Antonio y Máximo Fuertes. “Ahora ya están jubilados, pero siguen muy de cerca nuestro día a día”, reconoce el ganadero leonés.

Aún así, sus padres no fueron los fundadores de la granja, lo fueron sus abuelos, que como tantos otros habitantes del medio rural, iniciaron su actividad con pocos animales e instalaciones en el propio pueblo. Lo que sí se le puede reconocer a la segunda generación de ganaderos es el salto que marcó un antes y un después para el negocio: “La construcción de unas nuevas instalaciones, que ahora son las más viejas que tenemos, pero ya en esta ubicación”, dice Alejandro.

“Como nosotros, mucha gente de aquí, de nuestra edad, ha querido continuar con las ganaderías familiares”, resume Alejandro Fuertes, una frase que ayuda a entender por qué, en Algadefe, la leche no es solo una actividad económica, sino parte de la identidad del pueblo. En Hermanos Fuertes esa continuidad se apoya en un modelo fiel a sus raíces: “Estamos centrados en las vacas de leche y en la agricultura, para obtener nuestros propios forrajes”, manifiesta.


“Estamos centrados en las vacas de leche y en la agricultura para obtener nuestros propios forrajes”

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Equipo con puestos doblados

La granja funciona con once personas en plantilla —los cuatro primos al frente y siete empleados— y la clave, insiste Alejandro, está en la organización: “Todos los puestos están doblados”. Cada tarea tiene relevo; si alguien falta, otra persona puede cubrirla sin que se resienta el ritmo. En una explotación donde el ordeño marca el reloj y el ganado no entiende de imprevistos, esa previsión es continuidad.

La distribución del trabajo combina especialización y turnos. Un trabajador se dedica exclusivamente a los terneros; otro se encarga de los cubículos, y el ordeño lo asumen cuatro personas. “Lo hacen tres y uno descansa todo el día”, explica Alejandro, con una rotación para que “cada tres días los ordeñadores libren”. El resto de las labores se reparten entre los propios socios.

Sostener un equipo estable en el medio rural no depende solo de cuadrar horarios: también es cuestión de encontrar y cuidar a las personas. En Hermanos Fuertes esa estabilidad se nota en la antigüedad: “El primer empleado que tuvimos lleva aquí unos 12 o 13 años”. Y a la hora de retener, priorizan lo esencial: “Los descansos y que tengan vivienda”. Por eso, procuran que el equipo viva cerca, en el pueblo o en los de alrededor, a no más de cinco kilómetros de la granja.  


“El verano aquí ya no es el que era, el calor se alarga y aumenta sus límites; por eso, decidimos instalar un sistema de ventiladores”

Del box al cubículo

El funcionamiento de Hermanos Fuertes se entiende mejor cuando uno recorre la granja siguiendo el itinerario de una ternera desde que nace hasta que entra en la rueda de ordeño. Primero, viven sus primeros quince días en una nave de recién nacidos con boxes individuales. Es un tramo corto, pero decisivo, pensado para controlar el arranque con calma y con observación constante. A partir de ahí, “pasan a la amamantadora, una zona —explica— en la que permanecen hasta los tres meses, agrupadas por lotes, donde consolidamos un manejo más homogéneo, más de grupo, ya con rutinas definidas”.

El destete llega a los noventa días y la recría continúa en varios parques de novillas, organizados por edades y estados de crecimiento. “Cuando se acerca el parto, que queda uno o dos meses para parir, las movemos al lote de secas”, resume. Esta claridad en las etapas no es solo una cuestión de organización; también es una forma de prevenir problemas, de mantener el ritmo sanitario y de preparar la transición hacia la vida productiva sin sobresaltos.

Al llegar al área de vacas, la ganadería se ordena por estados y por necesidades: secas, preparto, posparto y vacas en lactación. En el corazón de la granja están precisamente estas últimas en unos 450 cubículos con camas de paja picada y carbonato. La elección de esta cama tiene una razón práctica. Aunque Alejandro reconoce que “la arena es, probablemente, lo mejor para la vaca, nos ocasiona muchos problemas en la fosa y en las máquinas”. Valorando ambas opciones, se decantaron finalmente por el equilibrio entre comodidad y manejabilidad. Aun así, insiste en que no hay milagros: “Es una cama orgánica que exige un manejo muy bueno, pero, atendiéndola bien, nos va funcionando”. Las renuevan cada diez o doce días y, entre medias, las higienizan a diario, coincidiendo con los ordeños de la mañana y del mediodía.

Los bebederos, explica Alejandro, están dimensionados con un criterio lineal: aproximadamente diez centímetros de bebedero por vaca. Se revisan cada mañana y, si se detecta suciedad, se limpian al momento.

En clave de bienestar animal, el rebaño cuenta también con varios cepillos rascadores salpicados por toda la nave y con un sistema de ventilación que estrenaron el año pasado. “El verano aquí ya no es el que era, el calor se alarga y aumenta sus límites”, dice Alejandro. Los meses críticos, tradicionalmente, eran julio y agosto; ahora, admite, “llegamos casi hasta octubre con bastante calor”. Para responder a los problemas que esto les ocasionaba, “las vacas se amontonaban, se incrementaban las moscas, se reducía su producción y también nos afectaba a la fertilidad”, incorporaron un sistema de ventiladores con aspersión de agua en la sala de espera y montaron doce ventiladores distribuidos en la nave de cubículos. “Lo hemos notado mucho”, afirma, “el beneficio lo hemos medido en su comportamiento, en el control de moscas y en su producción: el verano pasado llegamos a una media de 44 litros por vaca y día, lo nunca visto”.

La limpieza general de los pasillos se realiza, en la mayor parte de la ganadería, con arrobaderas hidráulicas que pasan automáticamente cuatro veces al día y, a donde no llega este sistema, lo hacen con “telescópica y trabajo manual.

Todo lo almacenado se dirige a dos fosas de purín abiertas: “Una para la nave principal de la explotación con capacidad para dos millones de litros y, otra, más pequeña, para la nave de novillas. Lo destinan todo a abonar sus tierras y próximamente comenzarán a trabajar mano a mano con una planta de biogás que se está instalando en la zona, a tan solo 10 kilómetros: “Se llevarán el purín, aprovecharán la fracción sólida y me devolverán el líquido en las tierras que yo les diga. No me pagarán nada, pero me estarán dando mucho”. Cuenta que iniciarán el trabajo a finales de este año o principios de 2027. 


“Con tres ordeños, además de más litros, conseguimos más sanidad de ubres y reducimos incidencias”

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Tres ordeños en rotativa

Si el recorrido por las instalaciones explica cómo viven las vacas, la sala de ordeño explica cómo se transforma ese manejo en litros. Hermanos Fuertes trabaja con una rotativa de 40 puntos instalada en 2013. La automatización total, en forma de robots, ni siquiera entró en su ecuación. Alejandro es tajante cuando se le pregunta si lo valoraron. Para el tamaño que manejan, su conclusión es clara: “Para nosotros el ordeño más recomendado es la rotativa. Aquí el volumen manda y esta sala nos permite sostener un flujo continuo con tiempos muy medidos y mejor organización del personal”.

Ordeñan tres veces al día: a las seis y media de la mañana, a las dos y media de la tarde y a las nueve y media de la noche. La implantación del tercer ordeño, hace cuatro años, llegó después de la pandemia, cuando el precio de la leche subió, pero Alejandro subraya que no fue solo por producción: “Con tres ordeños, además de más litros, conseguimos más sanidad de ubres y reducimos incidencias”. También logran “otra manera de trabajar”, especialmente en el manejo del equipo y en la conciliación: “Por la noche, los cuatro primos no solemos venir, salvo imprevistos, y la tarde nos queda más liberada para otras tareas.

La rutina de ordeño está protocolizada con asesoramiento veterinario, por Carlos Noya. La sala, además, no es un lugar aislado, el programa de la rotativa se integra con los collares y concentra datos de producción y seguimiento. A la salida, una puerta selectora aparta automáticamente vacas para inseminar o tratar, lo que convierte el ordeño en un punto de control sanitario y reproductivo, no solo productivo.

En esa misma lógica de control entra el secado selectivo, que aplican desde hace tres años. El objetivo, explica Alejandro, es “reducir de forma significativa el uso de antibióticos y, de paso, minimizar riesgos de residuos en tanque”. Pequeñas decisiones que, sumadas, explican por qué esta granja no solo produce mucho: también intenta producir con método, con datos y con una organización pensada para que el sistema, día tras día, no se rompa.

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Carlos Noya, asesor de Calidad de Leche en Hermanos Fuertes
Para mantener una buena calidad de leche, es imprescindible insistir en formación periódica del personal y en dejar la rutina protocolizada y estandarizada”

¿En qué consiste su asesoramiento en Hermanos Fuertes?

Mi trabajo aquí se centra en la prevención para anticiparnos a los problemas que pueden afectar a la calidad de la leche y a la salud de la ubre. Hago una visita mensual en la que reviso los puntos críticos de mamitis: rutina de ordeño, funcionamiento de la máquina, higiene de los animales, estado y manejo de las camas y condiciones de la alimentación. También hacemos seguimiento de vacas problema y de las analíticas o controles que tengan programados.

¿Por qué empezó a trabajar con ellos?

Llevo con ellos unos nueve o diez meses. No los conocía, pero, como ya asesoraba a otras ganaderías de la zona, se pusieron en contacto conmigo. Me llamaron por una problemática concreta: el recuento de células somáticas en tanque estaba por encima de 250.000 céls./ml. La industria prima estar por debajo de ese nivel y, en una granja con mucho volumen, la diferencia económica entre cobrar primas o no cobrarlas es muy importante. El objetivo fue reducir las células somáticas en tanque.

¿Cómo de importante es un programa de calidad de leche en las ganaderías?

Es fundamental. Las ganaderías son cada vez más profesionales y necesitan ser eficientes, y la calidad de leche debe tratarse al nivel de la reproducción o la nutrición. Las pérdidas por mamitis son muy altas, se estima aproximadamente en 250 euros por caso. Además, hay que tener en cuenta las primas de la industria. Con el mismo precio base, una calidad superior puede suponer una diferencia grande en el precio final. Con un programa de calidad de leche se reduce la mamitis, se mejoran los resultados económicos y todo ello suele ir ligado a mejoras de bienestar animal, manejo y trabajo con el personal.

¿Qué protocolos recomienda para tener una buena calidad de leche?

Control de puntos críticos. Primero, formamos al personal en la rutina de ordeño y los concienciamos de su importancia todos los días del año. Segundo, realizamos revisiones periódicas de la máquina para anticipar fallos: vacíos correctos, cambios de pezoneras en su momento, pulsadores y resto de componentes en buen estado y, por último, nos centramos en la higiene general: limpieza de animales, manejo de camas y control de raciones en buenas condiciones, sin contaminaciones.

¿Qué incidencia de mamitis hay en esta ganadería?

Ahora mismo estamos alrededor de un 2 % de incidencia mensual. El objetivo es mantenernos siempre por debajo del 3 %.

¿Llevan a cabo secado selectivo?

Sí. Cuando empecé ya hacían algo de secado selectivo, pero más a criterio del ganadero. Ahora, lo aplicamos con pautas y datos, vaca por vaca. Me baso en el control lechero de los últimos tres meses y en si la vaca ha tenido mamitis clínica durante la lactación. Si supera 200.000 células en esos controles o ha tenido mamitis clínica, se seca con antibiótico; si no, solo se realiza sellado. Cada mes revisamos las vacas que se van a secar para comprobar que se cumplen los criterios.

¿Qué beneficios aporta este sistema a las granjas?

Si se aplica con criterios técnicos, no empeora la calidad de leche y reduce el riesgo de residuos antibióticos en el posparto. También disminuye el riesgo de positivos a inhibidores cuando trabajan varios empleados. En resumen, somos más eficientes y cumplimos con las exigencias legislativas.

¿En qué programa están centrados hoy en día?

Lo principal aquí es la formación del personal de ordeño. En ganaderías grandes, para mantener una buena calidad de leche, es imprescindible que todos ordeñen de la misma manera. Por eso, insistimos en formación periódica y en dejar la rutina protocolizada y estandarizada, especialmente cuando el personal rota. 


Cultivan normalmente maíz, alfalfa, cebada híbrida, cebada normal de secano, veza y, en algunas campañas, trigo

Raciones por lotes y 330 ha para producir alimento

En Hermanos Fuertes, la alimentación es una pieza más del engranaje. Alejandro Fuertes explica que trabajan con una sola ración para todas las vacas de leche y, a partir de ahí, afinan con una ración específica para secas y cuatro raciones diferentes para novillas, “pues no come igual una vaca en plena lactación que una seca a punto de parir, ni una novilla que está creciendo que otra que se prepara para su primer parto”.

La receta completa de las vacas en lactación está compuesta por 20 kg de silo de maíz, 10 kg de silo de alfalfa, 5,5 kg de silo de raigrás, 5 kg de harina de maíz, 3,5 kg de soja, 2,5 kg de colza, 1 kg de núcleo, medio kilo de pulpa seca de remolacha y otro medio de veza deshidratada.

Con todo, este año han decidido cambiar el forraje de invierno y van a sustituir “el raigrás por cebada híbrida”, apunta Alejandro. En una ganadería que produce parte de lo que come, cada decisión agronómica termina notándose en el comedero y este tipo de pruebas son una forma de ir ajustando costes, rendimientos y disponibilidad de forraje.

En secas, el enfoque es distinto para prepararlas para el parto sin excesos y mantener una condición corporal adecuada. Su ración actual combina 6 kg de silo de raigrás, 3,7 kg de núcleo, 3,5 kg de paja, 3 kg de harina de maíz y 1,5 kg de avena.

Las novillas, por su parte, se trabajan con más escalones. “Hago cuatro raciones diferentes”, insiste Alejandro, precisamente porque la recría no es un bloque uniforme. Los ingredientes se repiten —paja, avena, colza, soja y harina de maíz—, pero cambian las proporciones según el tramo de edad y desarrollo. “En el fondo, el objetivo es que crezcan de forma constante y lleguen al parto bien hechas, sin acelerones ni retrasos que comprometan su vida productiva”, indica el ganadero.

Realizan ellos mismos todas las raciones en su propio carro unifeed y reparten dos carros cada mañana para las productoras, uno cada dos días para las secas y uno cada tres días para las novillas, aproximadamente.

En la recría, el manejo para la alimentación es también personalizado por lotes. En los boxes individuales, los primeros días toman calostro con un protocolo sencillo y constante: tres días de calostro, seis tomas en total repartidas entre mañana y tarde, antes de pasar a leche en polvo. Además, tendrán a disposición un poco de pienso y agua.

Seguidamente, en la amamantadora, la proporción de leche se mantiene estable y varía la cantidad: 150 gramos por litro. “A mayores, desde que llegan hasta que se van de la nodriza, las terneras tienen acceso a pienso granulado y a paja, para ir preparando el rumen y el destete”, asegura.

¿Son autosuficientes para la alimentación de sus animales? Alejandro responde con realismo: “Para mantener 20 kilos de silo de maíz todo el año, sí; pero consumimos más forrajes de los que producimos, por eso también compramos lo que nos hace falta; mucho viene de la provincia de Palencia”.

Trabajan una base territorial de 330 hectáreas, de las que 180 son de regadío y el resto de secano. Solo 100 hectáreas de secano están arrendadas; el resto es propio. Las parcelas se reparten con bastante proximidad, “entre el propio pueblo y los alrededores, con tierras hasta a 20 kilómetros y tamaños muy variados”, apunta Alejandro. En el riego conviven dos sistemas: riego por pie y riego por aspersión, según la zona.

Cultivan normalmente maíz, alfalfa, cebada híbrida, cebada normal de secano, veza y, en algunas campañas, trigo. El raigrás, que antes era habitual, lo han substituido este año por veza y cebada híbrida, y rotan algunos cultivos en parte de las tierras, para cumplir los requisitos exigidos por la Política Agraria Común.

Las cifras de siembra ayudan a dibujar un mapa: 34 hectáreas dedicadas a alfalfa —que conservan en bolas tras una media de seis cortes al año—; 115 hectáreas de maíz, además de unas 60 que reservan para grano; 66 hectáreas de veza sembrada en diciembre y recogida en mayo, y el resto repartido entre cebadas, algún trigo, barbechos y ajustes de campaña.

Contratan a empresas externas la recolección de forrajes y parte del esparcido, pero el grueso de la gestión agrícola la asumen ellos mismos. En Hermanos Fuertes, al final, producir leche pasa, antes que nada, por producir alimento.


“Con la genómica, seleccionamos mejor las novillas y decidimos con datos cuáles merecen quedarse y recriar para el futuro rebaño”

Centrados en la estabilidad

Con un censo total de 1.050 cabezas y 500 vacas en ordeño, están consiguiendo una media de producción de “42 litros por vaca y día, que oscila entre 40 y 44 litros a lo largo del año”, concreta Alejandro Fuertes. A esa cifra la acompañan unas calidades estables de un 3,90 % de grasa y un 3,40 % de proteína, parámetros que explican su estrategia orientada, sobre todo, a cantidad de leche, sin perder de vista los sólidos, pues el destino final de su producto se dirige a la quesería García Baquero, a través de su cooperativa Vega Esla. Están cobrando 0,54 euros por litro más IVA.

El otro pilar que sostiene esas medias está en la selección genética. La granja trabaja con un rebaño 100 % holstein y se decantan siempre por toros americanos, priorizando parámetros como la leche, la ubre y el mérito neto.

Combinan un 70 % de toros genómicos con un 30 % de probados y, desde hace dos años, genotipan a todas las hembras recién nacidas para “seleccionar mejor las novillas y decidir con datos cuáles merecen quedarse y recriar en el rebaño futuro”, destaca.

Esa información también ordena el uso del semen sexado y los cruces cárnicos. En primera inseminación emplean sexado; si el animal repite, pasan a convencional y, si sigue repitiendo o si la genómica no es buena, optan directamente por cruce industrial.

En novillas usan angus y en vacas, INRA. Desde hace un año han incorporado una línea de negocio complementaria: ceban terneros de cruce. Mantienen alrededor de 150 y los venden para carne a los 11, 12 o 13 meses. Los machos frisones, en cambio, los venden con 15 días a la cooperativa Cobadu.

Mirando al futuro inmediato, la hoja de ruta de Alejandro y sus primos es conservadora: “Mantenerse en las 500 vacas en ordeño”. Aunque observa con incertidumbre el impacto de acuerdos comerciales como Mercosur y asume que la bioseguridad será un reto creciente, el leonés dice ver el sector con optimismo para continuar afinando sus rutinas de trabajo sin perder estabilidad.