EDITORIAL

Sobre el genocidio que todavía sufre el pueblo palestino

Sobre el genocidio que todavía sufre el pueblo palestino
La violencia solo genera más violencia y la respuesta al terrorismo no puede ser sembrar más terror. Es inconcebible que el gobierno de Israel lleve años masacrando al pueblo palestino y presentándolo como su respuesta a los atentados de Hamas (que son, por supuesto, absolutamente injustificables).

Hiela la sangre la retransmisión de todas las atrocidades que se han cometido, y la tragedia no ha terminado. La ocupación y la impunidad persisten y, mientras continúen los asesinatos, los desplazamientos forzosos y la destrucción sistemática de sus territorios, será difícil hablar de paz. Un alto el fuego no detiene el hambre, ni reconstruye ciudades ni devuelve a los muertos.

¿Cómo podríamos hablar de paz en cuestión de días, tras años viendo a diario en los informativos las imágenes de niños mutilados y/o completamente desnutridos, apenas la sombra de lo que deberían haber sido? ¿Qué paz es la que nos quieren vender tras tantísimas noticias de desalojos de hospitales llenos de enfermos, a los que habían amenazado con bombardear? ¿Cómo celebrar la paz sin clamar antes por todos los civiles a los que se les arrebató la vida, y por los voluntarios, sanitarios y reporteros asesinados, héroes que miraron al miedo de frente y siguieron ejerciendo su labor hasta el último aliento? ¿Qué paz debería haber para los malvados, para quienes no dudaron en disparar contra un pueblo muerto de hambre que salía a la calle en busca de algo que llevarse a la boca?

Ante representantes políticos nacionales e internacionales que continúan utilizando este conflicto como arma partidista y ante medios que tratan esta tragedia con superficialidad, queremos dejar clara nuestra postura, libre e independiente: lo que ocurre en Palestina es un genocidio premeditado por parte del Gobierno israelí y sus socios. Ningún autoproclamado derecho histórico ni ninguna supuesta lucha contra el terrorismo pueden justificar la masacre constante e indiscriminada de población civil.

Nuestros hijos y nietos nos preguntarán qué se hizo al respecto, por qué se tardó tanto en reaccionar, y no habrá respuesta que no nos provoque un mínimo de vergüenza. Entonces, solo verán algo de esperanza cuando les hablemos de lo que sí se hizo bien: de los voluntarios que se unieron a la Global Sumud Flotilla para poner en el punto de mira la necesidad imperiosa de romper el bloqueo a la ayuda humanitaria, de los cientos de miles de personas que tomaron las calles en ciudades de todo el mundo de manera continuada para protestar contra la barbarie, de los servidores públicos que sí escucharon a sus ciudadanos y usaron su posición para ayudar y del boicot contra fondos israelís que ensucian festivales, encuentros deportivos y marcas habituales en nuestras casas. Les explicaremos que este conflicto se gestó durante décadas y que incluso hubo que reinterpretar la bandera palestina en forma sandía para poder manifestarse libremente en regiones conservadoras.

Queremos pensar que cada una de esas acciones ha ayudado a marcar la diferencia, que cada gesto cuenta, que no todo depende de los dictados arbitrarios de las superpotencias. Por eso, si acaso nosotros, desde esta revista, tenemos el más ínfimo poder para ayudar, no pensamos desaprovecharlo, no podemos ni debemos seguir callando. Si con estas líneas conseguimos generar conciencia en una sola persona, ya será una victoria. Si la proactividad del pueblo logra atajar el conflicto una semana antes, un día antes, o una mísera hora antes, antes terminará la vejación de tantas vidas inocentes que, mientras se escriben estas palabras, parecen estar condenadas a perecer prematuramente, si no por las bombas o las balas, sí por el hambre, la enfermedad o la miseria que han dejado a su paso los invasores.

Si has llegado hasta aquí, gracias por tu tiempo. Sabemos que este no es el contenido que se espera de una cabecera técnica. Si hemos escrito este editorial, ha sido por la más pura compasión y porque, si bien nuestro trabajo central está junto al vacuno lechero, nuestro principio vertebrador lo está con la justicia, la verdad y la dignidad, valores que trascienden a este sector y que deberían ser inherentes a todos nosotros.

La tortura continuada a la que se ha sometido a este pueblo no nos ha dejado indiferentes y no podríamos dejar pasar la oportunidad de pediros que suméis vuestras voces al clamor popular para pedir justicia, la única paz real que podrá tener algún día Palestina.