EDITORIAL

Contra el racismo

Contra el racismo

El titular de este editorial tiene pocas florituras, porque hay líneas rojas ante las que no cabe andarse con paños calientes. El racismo y la xenofobia son dos de ellas.

Todos los que firmamos esta revista somos gallegos y si algo le resulta familiar a nuestro pueblo es el drama de la emigración que sufrieron nuestros padres y abuelos. Sabemos que no somos los únicos: también lo vivieron asturianos, cántabros, leoneses, canarios, andaluces... familias que se separaban en busca de una vida mejor, aunque el futuro fuese incierto. Por eso, solo nos basta un poco de memoria y humanidad para entender que quienes hoy llegan a nuestro país, huyendo de la guerra, del hambre o la miseria —con papeles o sin ellos, sí—, no lo hacen en condiciones muy diferentes. 

Sin embargo, en los últimos tiempos proliferan mensajes de odio que ponen en el punto de mira a las personas migrantes. No a todas, claro: parecen ser decisivos el color de la piel, el dinero o el origen geográfico (ese sur global lo determina todo, ¿no?). Primero se les acusa de venir a delinquir; luego, de querer arrebatarnos el trabajo. Pero ¿cuántos de nosotros nos peleamos por un puesto en la construcción, en la hostelería durante los festivos o cuidando a personas mayores, los más habituales para este segmento de población? No muchos, desde luego.

En un país donde se lleva años alertando sobre la falta de relevo en trabajos duros o poco atractivos, cuesta creer que aún haya quien sostenga que alguien cruza medio mundo, confiando su vida a mafias, subido a una patera y/o dejando atrás todo lo que conoce, con el propósito de quitarnos ese tipo de empleos que ahora resulta que tanto anhelamos. Si una persona que llega sin red de apoyo, sin dominar el idioma y con recursos limitados logra acceder a un trabajo en estos sectores antes que nosotros, tal vez tengamos que preguntarnos por nuestras propias ganas de trabajar.

Aun así, los discursos persisten: vienen a vivir del cuento, dicen, pero también a quitarnos lo que es nuestro. Algunos alientan cacerías bárbaras que amenazan con romper la buena convivencia en nuestros pueblos y hay quienes incluso se jactan ante los medios de comunicación de su intención de expulsarlos a todos —a 8 millones de personas, ahí es nada—, riéndose de la inteligencia de a quienes se dirigen, por cierto, como si no supiéramos que tal acción es ilegal según el Convenio Europeo de Derechos Humanos y la Carta de Derechos Fundamentales de la UE, ambos suscritos firmemente por España.

Y más allá de la legalidad, ¿de verdad podríamos permitírnoslo? Este sector en concreto, difícilmente. El primario es, junto con el de los cuidados, uno de los ámbitos que más depende de la mano de obra extranjera. Una deportación masiva sería directamente una ruina. Hay expertos que lo califican de “suicidio económico”.

Dejando los aspectos prácticos a un lado, os pediríamos que no dejéis que estos discursos facilistas os calen y que el odio os emponzoñe. Sois mejor que eso: tenéis la capacidad de observar la realidad con criterio propio. Y si aún tenéis dudas sobre la mala fe que esconden estos mensajes, os invitamos a revisar con más detenimiento esta edición de Vaca Pinta en la que, además del contenido técnico habitual, incluimos piezas que abordan el papel clave de los trabajadores migrantes en este sector.

Y sí: somos conscientes del choque cultural que enfrentamos debido al aumento de la multiculturalidad en nuestro país, pero ni podemos ni debemos combatirlo con violencia y odio injustificado.

Bien es sabido que venimos igual que nos vamos: solos y sin nada. El nacimiento y la muerte nos igualan a todos, y eso no podemos cambiarlo. Lo que sí está en nuestras manos es cómo vivimos el tiempo que hay entre medias. Hemos tenido el privilegio de nacer en un momento determinado de la historia en el que en nuestro país ya se habían hecho grandes conquistas en cuanto a derechos y libertades, en el que España ya no es una región de salida, sino de acogida. Usar ese privilegio para ayudar a construir un mundo más justo para quienes han tenido menos suerte es la mejor forma de honrar a los que pelearon lo que nosotros disfrutamos y de asegurarnos de que quienes nos sucedan lo harán con condiciones todavía mejores que las nuestras.