LA VOZ DEL TÉCNICO

Claves para afrontar la campaña de maíz forrajero 2026

Claves para afrontar la campaña de maíz forrajero 2026
Un año más, la siembra del maíz forrajero vuelve a estar marcada por la meteorología, la evolución normativa y la necesidad de optimizar cada decisión agronómica. Como viene siendo habitual, para preparar la campaña de la mejor manera posible en este especial contamos con la colaboración de una veintena de técnicos de empresas del sector que analizan los principales retos del cultivo. Antes de dar paso a sus declaraciones, resumimos en esta infografía algunas de las recomendaciones que nos han dejado. Más en Vaca Pinta 58.

MAÍZ

Marcos García – Bayer 

Las principales variables que nos afectan a la elección del híbrido para su implantación son la fecha y la altitud. A partir de ahí, la densidad, el marco de siembra y la profundidad deben adaptarse a cada explotación en función de sus necesidades de alimento, de la presencia de otros cultivos y del tipo de suelo. El exceso de lluvias de los últimos meses está provocando un retraso general en las labores agrícolas y, previsiblemente, también en las siembras, por lo que convendría adaptar la elección del ciclo a esa circunstancia. En cualquier caso, habría que resolver las problemáticas de cada explotación de forma personalizada.

La estrategia de ciclos también depende de cada ganadería: hay casos en los que puede encajar un único ciclo, mientras que, en otros, por la diversidad de parcelas o por la coexistencia con praderas, puede ser más adecuado recurrir a dos ciclos o a variedades distintas según la zona y el número de cosechas previsto.

Si se busca rendimiento lechero, hoy se considera prioritario seleccionar variedades con buena sanidad vegetal y foliar frente a hongos, seguido de un buen stay green y una elevada digestibilidad. Después, entrarían parámetros como almidón, producción, vigor de nascencia o resistencia a la caída. También resulta clave avanzar en uniformidad de siembra y en nuevas genéticas con más calidad, raíces profundas, tolerancia a sequía o sistemas de baja estatura.

 

Fernando Núñez - Caussade Semillas 

La planificación de la siembra debería partir del cultivo precedente y de la ventana real disponible, siempre condicionada por la meteorología. No se trataría solo de adelantar fechas, sino de sembrar en buenas condiciones. La densidad de siembra debe ajustarse al tipo de suelo, la variedad y el clima, y la anchura entre líneas también se considera un factor determinante. La profundidad vendrá marcada por la humedad del suelo: a mayor humedad, menor profundidad, y viceversa. Para la preparación del terreno, independientemente del sistema de manejo, conviene asegurar una línea de siembra bien estructurada y homogénea, ya que una emergencia regular resulta clave para evitar competencia entre plantas.

Tras periodos muy lluviosos, sería fundamental esperar a que el suelo recupere buenas condiciones, porque trabajarlo con exceso de humedad puede arrastrar problemas durante todo el ciclo. Debemos evitar sembrar en zonas encharcadas o con riesgo de compactación, ya que suele resultar más rentable retrasar unos días la siembra que adelantarla y penalizar la nascencia. La elección del ciclo deberá adecuarse a la fecha real de siembra, a la zona y a la fecha de recolección prevista.

Para un buen rendimiento, interesa equilibrar sanidad, rusticidad, digestibilidad de la fibra, contenido de materia seca, verdor al final de ciclo y almidón. También considero decisivos la fecha de siembra, la fertilización, la variedad, el control de plagas y el momento de cosecha. 

 

Pedro Calvo – KWS 

La fecha de siembra debería venir marcada por la temperatura del suelo a 5 centímetros de profundidad, situándose por encima de los 10 grados. Como referencia, se plantea una densidad de 85.000 plantas por hectárea y una profundidad de siembra de entre 4 y 6 centímetros, según la humedad del terreno. En un año condicionado por el exceso de lluvias, convendría replantear la planificación, ya que el maíz es un cultivo sensible a la compactación y a los suelos fríos. Habría que retrasar la siembra cuando se observen encharcamientos visibles, compactación marcada, costras superficiales o una combinación de humedad excesiva y suelo frío. Debemos sembrar con el suelo en tempero, con buena estructura y aireación, y siendo posible formar un surco limpio y estable.

La elección del ciclo resulta fundamental y debe ajustarse a la fecha real de siembra. En las zonas en las que trabajo habitualmente predominan los ciclos 400 y 350, aunque esta elección varía mucho de unas áreas a otras.

Considero clave fijarse en un contenido de almidón del 32 al 38 %, en una alta digestibilidad, en un buen stay green, en el vigor inicial y en la sanidad de planta. Para alcanzar una producción rentable, se consideran determinantes la estructura y el drenaje del suelo, la uniformidad de nascencia, el abonado, el control temprano de malas hierbas, el momento de cosecha y la elección de un híbrido adecuado.

 

Fernando Garrachón – Lidea 

Debemos elegir una densidad de siembra adecuada según el destino final de la cosecha, el híbrido y el potencial de la parcela. El objetivo debe ser conseguir una nascencia homogénea, cuidando especialmente la profundidad de siembra, así como la humedad y la temperatura del suelo, sin olvidar la importancia de mantener una velocidad de avance correcta. También resulta fundamental revisar el estado de las piezas de desgaste de la sembradora, ya que su buen mantenimiento facilita una implantación uniforme y de calidad.

Tras las lluvias continuas de los últimos meses, se han puesto de manifiesto problemas de infiltración en algunas parcelas, por lo que convendría evitar trabajar el suelo cuando esté húmedo. En esas condiciones, las labores agravarían fallos estructurales ya existentes y aumentarían la compactación en profundidad. Esa compactación perjudica la estructura del suelo, dificulta el buen contacto entre semilla y tierra, limita el desarrollo radicular y compromete el cultivo desde el inicio.

La elección del ciclo debe adaptarse a las necesidades productivas, a la zona y a la fecha real de siembra, y puede resultar interesante, en muchos casos, adelantar la siembra y optar por híbridos algo menos precoces, por su mayor potencial.

Para lograr rentabilidad en la producción lechera, habría que maximizar los litros de leche por hectárea mediante variedades estables, con buena agronomía, alta producción de materia seca y excelentes parámetros nutricionales, especialmente UFL, digestibilidad de fibra y almidón.

 

Gustavo García – Limagrain 

Para que el cultivo arranque con buen pie resulta fundamental lograr una implantación rápida y homogénea. Eso exige sembrar con una temperatura de suelo adecuada (mínimo 8-10 ºC) y asegurar una profundidad uniforme, ajustada a la humedad de la parcela. Tras un invierno tan lluvioso, es probable que muchas fincas presenten un exceso de compactación, por lo que se considera muy importante realizar una buena labor de subsolado para favorecer la aireación del suelo y la correcta circulación del agua. También convendría revisar con atención el abonado, ya que las lluvias pueden haber provocado lixiviaciones y, en consecuencia, carencias nutricionales si no se corrigen los elementos perdidos.

A la hora de elegir ciclos, la recomendación depende mucho de la fecha real de siembra y de la zona, aunque no se aconseja alargar en exceso los ciclos. Un ciclo largo que no se llegue a completar bien puede dar menos litros de leche que otro más corto que sí lo cumpla, además de aumentar el riesgo en cosecha. Hoy existen ciclos medios y cortos muy productivos y con excelente calidad. No deberíamos atender solo a revisar la tonelada en verde, sino los litros de leche por hectárea y por tonelada de materia seca.

Por eso, interesa priorizar híbridos con buena digestibilidad de fibra, sanidad y adaptación a la zona, junto con una correcta siembra, fertilización y control de plagas y malas hierbas. 

 

Vanesa Castro - Mas Seeds 

Además de ajustarnos a las condiciones de cada parcela, conviene decidir la fecha de siembra cuando la temperatura del terreno supere los 10 °C y la previsión a diez días sea favorable. También la densidad debe entenderse como un intervalo adaptable según la genética del híbrido, la fecha de siembra, los riesgos climáticos y el tipo de suelo: en terrenos ligeros pueden encajar densidades medias-altas, mientras que en los pesados se recomiendan más moderadas. La profundidad, por su parte, debería situarse entre 3 y 5 centímetros, algo más profunda en suelos ligeros y más superficial en los pesados, siempre buscando un buen contacto entre semilla y suelo para favorecer una emergencia uniforme.

En esta campaña, la estructura física del suelo y su estado real de humedad son los que marcarán si es momento de sembrar o si conviene esperar. Trabajar con brillo acuoso, huellas marcadas o estructura colapsada penaliza la emergencia y la uniformidad de plantas, y compactar en primavera condiciona el desarrollo radicular durante todo el ciclo.

Por eso, se recomienda esperar al oreo y reducir pases en lo posible. Si la ventana de siembra está muy definida, puede optarse por un solo ciclo; en caso contrario, diversificar con dos o más ayuda a reducir riesgo climático y a ordenar el picado.

Para la producción lechera interesan híbridos con alto almidón, fibra digestible, buena persistencia foliar, arranque rápido y sanidad estable.

 

Tomás Pérez – Oleokelsa 

En maíz forrajero, la fecha de siembra suele venir marcada por las condiciones climáticas y, en muchas ganaderías, por la realización de uno o dos cortes de raigrás. A partir de ahí, la densidad adquiere un papel relevante, especialmente teniendo en cuenta que en los últimos años se han desarrollado variedades capaces de admitir incrementos de siembra sin penalizar la calidad del silo. En algunas variedades, incluso aumentando en torno a un 20 % la densidad, puede alcanzarse un 62 % de grano en el silo, con el consiguiente aumento de almidón y sin pérdida de digestibilidad.

Con el exceso de lluvias de los últimos meses, se insiste en que precipitarse en las labores conduce al fracaso. Trabajar sobre suelos compactados, mal drenados o en malas condiciones de humedad suele traducirse en una menor cosecha de maíz. Por eso, una de las operaciones más relevantes es la tarea de implantar el cultivo. En cuanto a los ciclos, convendría emplear tantos como etapas de siembra se realicen, siempre que se pretenda concentrar la recolección en una sola fecha.

Todos los parámetros cuentan para obtener buenos rendimientos, pero, sobre todo, su equilibrio: el almidón aporta fuerza y calidad, aunque sin una buena digestibilidad el silo pierde valor. También resultan determinantes la regularidad de nascencia, el vigor, el llenado de mazorca, la maduración del grano y la sanidad al final del ciclo.

 

David Castellanos - RAGT 

Antes de sembrar, conviene tener claro el destino de la producción, ya sea silo, grano o pastone, porque esa decisión condiciona la elección de parcelas, ciclo y variedad. A partir de ahí, lo recomendable es fijar una fecha estimada de recolección y, en función de la fecha real de siembra, ajustar el ciclo y la variedad. La densidad debe adaptarse a la fertilidad de la parcela, al ciclo del híbrido y al destino final, ya que puede influir en aspectos cualitativos como el almidón o la digestibilidad de la fibra. También la profundidad ha de regularse según la humedad del terreno y la previsión de lluvias posteriores.

Después de meses de exceso de humedad, cobra especial importancia la preparación del suelo. En parcelas más húmedas o con peor drenaje, interesa mejorar la infiltración en profundidad. También se valora positivamente el uso de cubiertas en rotación con maíz para mejorar la estructura, aumentar la materia orgánica y limitar la erosión. Además, es previsible que aumenten los problemas con adventicias, por lo que puede resultar recomendable un tratamiento en preemergencia si las condiciones lo permiten.

Para lograr rentabilidad, se considera esencial una buena planificación de tareas, del abonado, de la maquinaria y de la gestión integrada de plagas, siempre con apoyo en datos. En un contexto de variabilidad climática, el cuidado del suelo se sitúa como la base para mantener producción y calidad. 

 

Óscar Lanzaco – Rocalba 

La temperatura media del suelo debería marcar el momento de siembra: entre 10-12 ºC durante tres días consecutivos. Aun así, hay híbridos con mayor vigor de partida, incluso con temperaturas bajas, lo que permite ampliar la ventana de siembra. También habría que tener en cuenta si ya se ha cosechado el cultivo precedente y si la tierra presenta un tempero adecuado. En zonas con fuerte incidencia de pájaros, retrasar la fecha óptima puede ayudar a reducir daños. La densidad debe ajustarse a la recomendación de cada variedad, según su arquitectura y su potencial de rendimiento, y la preparación del lecho debe hacerse con antelación suficiente para asegurar un buen contacto suelo-semilla.

Este año parece necesaria una labor de desfonde para facilitar el drenaje, salvo en siembra directa sobre suelos muy bien estructurados. Además, convendría corregir el abonado de fondo ante la lixiviación de nutrientes. En cuanto a los ciclos, se considera recomendable alargarlos, aunque la decisión dependerá de la latitud, la altitud, la distancia a la costa y la fecha de cosecha del cultivo anterior.

En ganaderías lecheras, interesa maximizar el almidón y la digestibilidad de la fibra, además de ensilar en el momento óptimo, con un 32-35 % de materia seca. También resultan claves el stay green, la sanidad foliar, la homogeneidad de implantación, el control temprano de adventicias y una elección varietal contrastada en la zona.

 

David Millán y Jesús Fernández – Syngenta 

La valoración conjunta de los factores que condicionan la implantación del maíz es básica. La fecha de siembra, por ejemplo, debería decidirse cuando el suelo alcance unos 10 ºC a 5 centímetros de profundidad, con humedad suficiente para garantizar una emergencia homogénea y sin riesgo elevado de heladas tardías. El tipo de suelo también influye: los más pesados obligan a retrasar la siembra, mientras que los ligeros permiten adelantarla, al calentarse antes aunque pierdan humedad con mayor rapidez. Esa misma combinación de suelo y humedad condiciona la preparación del lecho, por lo que a veces resulta más acertado esperar que entrar en la parcela de forma precipitada.

Por encima de todo, la implantación debe responder al destino final de la cosecha, ya sea silo, pastone o grano, y a la organización de la ganadería. Si la siembra se retrasa, lo lógico es acortar y escalonar ciclos en función de la superficie y del calendario de cosecha. En parcelas con encharcamientos, costras o coloraciones indicativas de falta de aireación, conviene esperar y, si es necesario, actuar sobre el drenaje.

Para alcanzar una producción rentable, se consideran claves un ciclo adaptado, una nascencia homogénea, una correcta atención al agua y la fertilización, el seguimiento continuo del cultivo y, sobre todo, la elección del momento óptimo de picado, buscando el mejor equilibrio entre materia seca, energía y digestibilidad.

 

Ana María Calmarza - Procase Semillas 

Las condiciones del suelo marcan buena parte de las decisiones de implantación. En terrenos franco-arenosos y bien drenados puede encajar una siembra a finales de abril o a primeros de mayo, con densidades en torno a 80.000 plantas por hectárea, profundidades de 4-5 cm y mínimo laboreo. En suelos más pesados o limosos conviene retrasar la siembra hacia mitad de mayo, aumentar la densidad y reducir la profundidad para evitar problemas de compactación, apoyándose además en labores de subsolado. En estos casos se prioriza un alto vigor inicial para lograr una nascencia rápida. En forraje, interesa más la masa verde y la digestibilidad que el grano, por lo que densidades moderadas pueden favorecer una mejor calidad de silo.

Este año es probable tener que retrasar la siembra unos quince días por la cantidad de lluvias que ha habido. Encharcamientos persistentes, terrones duros, lamas o rodadas profundas son señales claras para esperar. Para no penalizar la nascencia, habría que aprovechar una ventana seca, corregir compactaciones, aportar materia orgánica o encalar si el pH es bajo y evitar un laboreo excesivo.

Para buscar un alto rendimiento lechero, se recomiendan variedades con alto almidón, buena digestibilidad de la fibra, alto stay green, vigor inicial y buena sanidad. También conviene fijarse en ensayos comparables a la zona y en la consistencia de resultados durante varios años. 


ABONOS

José Manuel Sánchez – Aresa 

El diseño del plan de abonado de maíz forrajero debería apoyarse en una analítica de suelo completa y reciente, especialmente en ganaderías con uso habitual de purines. Es imprescindible el pH, por su influencia en la disponibilidad de nutrientes; la materia orgánica, para estimar la mineralización de nitrógeno; el fósforo y el potasio asimilables, por la elevada extracción del cultivo y su posible acumulación; y también el calcio, el magnesio y la capacidad de intercambio catiónico, para valorar el equilibrio del suelo. En determinados casos puede resultar útil un análisis de nitrógeno mineral antes de la siembra o de la cobertera. Como criterio general, convendría repetir una analítica completa cada dos o tres años por parcela, acortando el intervalo en sistemas intensivos.

La clave de un abonado equilibrado está en aportar lo que el cultivo necesita, en la dosis adecuada, en el momento oportuno y teniendo en cuenta tanto el suelo como los purines. No se trata solo de cubrir NPK, sino de mantener relaciones adecuadas entre nutrientes y evitar antagonismos. Con las lluvias que hemos tenido, el nitrógeno se ve muy afectado, con pérdidas por lixiviación y desnitrificación, aunque también pueden verse comprometidos azufre o boro.

En estas circunstancias, se aconseja fraccionar más el nitrógeno, revisar el aporte real de los purines y adaptar la estrategia según el estado del cultivo. Para 2026, además, será esencial trabajar con plan de abonado, registro de aplicaciones y trazabilidad técnica.

 

Iago Domínguez – Galical 

Para un buen abonado del maíz forrajero, se considera fundamental partir de una analítica de fertilidad del suelo, prestando atención a la saturación por aluminio, al tratarse de uno de los problemas más graves en terrenos ácidos. En ese sentido, el control del pH se sitúa como una cuestión de base, porque un suelo ácido bloquea nutrientes y puede acabar traduciéndose en una mala cosecha. La idea debe ser ajustar con la mayor exactitud posible el aporte de nutrientes para que el cultivo se desarrolle de forma eficiente.

El exceso de lluvias también obliga a tener en cuenta una realidad muy habitual en Galicia, como es el fuerte lavado de los suelos, que favorece su acidificación y condiciona el aprovechamiento de la fertilización. Ante esta situación, una de las recomendaciones es recurrir a la rotación de cultivos, implantando en invierno gramíneas o leguminosas. En este contexto, la corrección de la acidez mediante aportes de calcio y magnesio se plantea como una herramienta relevante dentro de la estrategia de abonado, también en sistemas de producción ecológica.

En cuanto a la fertilización de precisión, es destacable la importancia de disponer de maquinaria capaz de asegurar un reparto uniforme del producto. Para controlar las dosis y el área encalada, se pueden usar GPS, que ajustan mejor las aplicaciones y logran una distribución más homogénea sobre la superficie tratada.

 

Catalina López – Fertinagro 

A la hora de planificar un abonado útil en maíz forrajero, resulta imprescindible partir de analíticas de suelo completas cada dos o tres años, a las que puede añadirse información metagenómica para conocer mejor la población microbiana presente. El equilibrio nutricional debe basarse en el conocimiento conjunto de las necesidades del cultivo y de las características reales del suelo, evitando excesos y ajustando mejor las aportaciones mediante productos tecnológicos y bioestimulantes.

En un contexto de inclemencias climáticas como el actual, el exceso de lluvias puede provocar lixiviación, desnitrificación, erosión y bloqueo de nutrientes, de modo que la estrategia de fertilización debería adaptarse a esas circunstancias. En ese sentido, se recomienda recurrir a abonos tecnológicos, como inhibidores de nitrógeno o protectores de fósforo, para mejorar la eficiencia del abonado y reducir pérdidas. También se considera útil el empleo de bioestimulantes para ayudar al cultivo a afrontar el estrés abiótico, así como potenciar la flora microbiana del suelo con el fin de favorecer la solubilización de nutrientes y el aporte de microelementos esenciales como magnesio, zinc o boro.

De cara a esta campaña, la fertilización está cada vez más condicionada por la reducción de unidades fertilizantes y de la huella de carbono, por lo que convendrá aprovechar mejor recursos propios como los purines y avanzar hacia un abonado de precisión tanto en maquinaria como en producto.

 

Alexandre Paz  Fertiberia Tech 

En las explotaciones de vacuno de leche de Galicia y la cornisa cantábrica, donde predominan las rotaciones de pradera y maíz forrajero, la analítica de suelo se considera la base para planificar un abonado eficiente. Como determinaciones mínimas, habría que contar con pH, materia orgánica, fósforo, potasio y magnesio, ya que estos parámetros permiten conocer la fertilidad real del suelo y ajustar las necesidades del cultivo. En explotaciones con aportes frecuentes de purín, se recomienda repetir estas analíticas cada tres o cuatro años, aunque en parcelas con alta carga orgánica o cambios de manejo puede ser conveniente revisarlas antes.

Para lograr un abonado equilibrado resulta esencial tener en cuenta tanto el aporte de los purines como el rendimiento productivo esperado del maíz. En estas zonas, el purín de vacuno aporta cantidades importantes de nitrógeno, fósforo y potasio, por lo que la fertilización mineral debería plantearse como complemento. También se destaca la importancia de mantener el pH del suelo en torno a 6-6,5 mediante encalado, para mejorar la disponibilidad de nutrientes y favorecer el desarrollo radicular.

El exceso de lluvias este año puede provocar lixiviación de nitratos, pérdidas de nitrógeno, menor disponibilidad de otros nutrientes y acidificación del suelo, por lo que conviene priorizar fertilizantes con nutrientes protegidos, vigilar el pH y fraccionar las aplicaciones. De cara a esta campaña, considero clave disponer de un plan de abonado, registrar las aplicaciones y apoyarse en análisis de suelo y purín, así como avanzar en fertilización de precisión mediante mapas de suelo y dosis variable.

 

Alberto Quiñoy  Soaga 

Las analíticas de suelo son fundamentales para realizar una fertilización sostenible y eficiente del maíz forrajero. En Galicia, por las características de los suelos, resulta especialmente importante conocer el pH, ya que la acidez puede hacer perder potencial productivo al cultivo. También conviene analizar la materia orgánica, puesto que, aunque suele ser abundante, a menudo está poco descompuesta y eso condiciona la fertilidad potencial del suelo. Junto a ello, se consideran imprescindibles el fósforo, por su papel en el desarrollo radicular y por su escasa disponibilidad en suelos ácidos, el nitrógeno, debido a las elevadas necesidades del maíz a lo largo de todo su ciclo, y el zinc, un microelemento clave en el desarrollo radicular, la floración y la formación del grano. Estas analíticas deberían repetirse cada cuatro años.

Para ajustar bien el abonado, habría que partir del análisis de suelo, conocer el potencial productivo real de la parcela y disponer de un análisis del purín que permita valorar los recursos propios de la explotación y las cantidades a aplicar. A partir de ahí, la fertilización mineral debería complementar esos aportes, cubrir las extracciones del cultivo y reducir pérdidas de nutrientes.

Tras meses de lluvias intensas, el nitrógeno es el nutriente más sensible al lavado, por lo que conviene prestar especial atención a su reposición mediante fuentes eficientes y protegidas. Además, la fertilización de precisión apoyada en GPS y mapeo de producción permitirá ajustar mejor las dosis y optimizar el abonado.

 

MAÍZ Y ABONOS 

Laura Vázquez – Delagro 

MAÍZ  
ABONOS  

Para el cultivo de maíz debemos adaptarnos al tipo de suelo y al destino final de la producción. En suelos pesados conviene esperar a que el terreno presente una buena estructura y evitar trabajar con exceso de humedad. La profundidad de siembra suele situarse entre 4 y 6 centímetros, mientras que la densidad debe ajustarse al potencial productivo de cada parcela y al objetivo perseguido. En un año marcado por el exceso de lluvias, es importante valorar el estado de cada finca antes de sembrar. Si hay compactación, falta de estructura o demasiada humedad, lo mejor es retrasar la siembra.

La estrategia de ciclos también debe ajustarse a la fecha de siembra y a las condiciones de cada zona. En campañas con mayor incertidumbre climática puede ser interesante combinar ciclos para repartir riesgos y asegurar la producción. Las mejoras en genética vegetal están aportando variedades más tolerantes al estrés hídrico y a las altas temperaturas, mientras que las herramientas de monitorización y el uso de bioestimulantes ayudan a optimizar el manejo. Ante la falta de ensayos oficiales, conviene fijarse en resultados obtenidos en condiciones similares a las de cada ganadería y valorar varios parámetros, no solo la producción, apoyándose además en el asesoramiento técnico y en la experiencia de campo.

En fertilización, se considera fundamental partir de un análisis de suelo que incluya pH, materia orgánica, niveles de nutrientes, porcentaje de saturación de aluminio y textura. En granjas lecheras, estas analíticas deberían repetirse cada tres o cuatro años para ajustar mejor el plan de abonado. La clave de una fertilización equilibrada está en adaptarla a las necesidades reales del cultivo, teniendo también en cuenta el aporte de fertilizantes orgánicos como el purín, cuyo contenido en nutrientes conviene conocer mediante análisis. Como consecuencia de las lluvias de este año, pueden producirse pérdidas de nutrientes por lixiviación, especialmente de nitrógeno y potasio, por lo que se recomienda ajustar dosis, fraccionar aplicaciones y mejorar la estructura del suelo con materia orgánica y un buen manejo.

De cara a esta campaña, la normativa pone el foco en el plan de abonado, el registro de aplicaciones y el respeto a los periodos de restricción, de modo que conviene planificar bien cada intervención y ajustar las dosis al plan establecido. 


FITOSANITARIOS

Rodrigo Ardura - Timac Agro 

El punto de partida para diseñar un plan de abonado útil en maíz forrajero debe ser conocer bien la situación inicial del suelo. Para ello, son claves parámetros como el pH, la saturación por aluminio, la disponibilidad de fósforo, potasio y magnesio, así como el porcentaje de materia orgánica. A partir de esa base, y una vez definida la dosis necesaria en función del rendimiento esperado, la forma más eficaz de fertilizar pasa por emplear abonos capaces de liberar los nutrientes de acuerdo con la demanda de la planta en cada momento.

Aunque el suelo gallego está acostumbrado a los excesos de precipitación, las lluvias provocan un lavado de bases que termina favoreciendo la acidificación. Ante esa situación, se apunta a la aplicación de enmiendas calizas de origen orgánico como la mejor solución gracias a su rapidez de actuación. En cuanto a la campaña de fertilización de este año, a día de hoy no ha entrado en vigor la norma que exige cumplimentar un cuaderno de campo o un plan de abonado, si bien se considera recomendable trabajar con una planificación adaptada a cada situación.

La fertilización variable se valora especialmente como un avance importante en sostenibilidad sin merma del rendimiento, diferenciándose del abonado localizado, al que no se le atribuyen ventajas frente a la aplicación tradicional arbitraria del fertilizante.

 

Iván Heras – BASF 

La reducción de materias activas disponibles es un reto para el cultivo que nos ocupa, unida al aumento de exigencias regulatorias y a la necesidad de gestionar bien las herramientas que quedan para evitar resistencias. En la cornisa cantábrica, algunas de las malas hierbas más problemáticas (Cyperus, Digitaria, Setaria), cuentan con pocas soluciones eficaces, así que es imprescindible combinar tratamientos y posicionarlos bien para impedir que sobrevivan plantas resistentes.

Este nuevo marco europeo requiere un uso muy preciso y responsable de los fitosanitarios, buscando la máxima eficacia con un número cada vez más limitado de opciones. Además, los costes tienden a crecer por requisitos regulatorios y de sostenibilidad cada vez más exigentes. En una campaña marcada por el exceso de lluvias, convendrá extremar la planificación de las aplicaciones, respetando la norma sobre distancias de seguridad y evitando tratamientos cerca de cursos de agua. Aun así, parece que podrán realizarse correctamente cuando las condiciones lo permitan. De cara al arranque del cultivo, es importante aplicar un herbicida de preemergencia para prevenir resistencias y mejorar el control de especies problemáticas, sobre todo de hoja estrecha.

En los últimos años han ganado peso también los sistemas de ayuda a la toma de decisiones, que permiten anticipar riesgos y evitar tratamientos innecesarios.

 

Jesús Antonio Fariñas – Bayer 

En Galicia, una de las principales dificultades del control de malas hierbas en maíz es que muchas aplicaciones las realizan empresas de servicios, lo que puede dificultar hacer dos intervenciones, una en preemergencia y otra en postemergencia. Eso, unido a la climatología de los últimos años, complica una estrategia que sería muy útil para frenar resistencias, convertidas ya en un problema importante. Además, la retirada de materias activas obliga a buscar alternativas y, en muchos casos, a recurrir a programas más complejos y costosos para alcanzar una eficacia similar a la que antes se conseguía con una sola aplicación.

Entre las alternativas planteadas, es fundamental actuar en estadios tempranos de las malas hierbas, utilizar maquinaria de precisión en las aplicaciones y reforzar la rotación de cultivos. En cuanto a la situación derivada del exceso de lluvias, se debe tener en cuenta que podría haber habido importantes lavados de nitrógeno y calcio, aunque para planificar los tratamientos fitosanitarios conviene esperar a ver cómo evolucionan la temperatura y la humedad en época de siembra.

Respecto a las plagas, este año habrá que vigilar especialmente el gusano de alambre y la rosquilla. Para decidir mejor y evitar tratamientos innecesarios, resultan útiles las herramientas de seguimiento del cultivo basadas en imágenes de satélite, ya que permiten detectar desde fases tempranas posibles daños de plagas o focos de malas hierbas tras una aplicación.

 

Marcos Fernández - FMC 

El maíz para silo en Galicia afronta un panorama cada vez más complejo en el control de malas hierbas y plagas, condicionado por el clima húmedo, las rotaciones cortas y la presión regulatoria europea. Entre las adventicias más problemáticas destacan gramíneas estivales (como Digitaria y Setaria), favorecidas por primaveras más cálidas y por la dificultad de aplicar herbicidas de preemergencia en el momento óptimo debido a las lluvias frecuentes. A ello se suma una reducción progresiva de materias activas disponibles, lo que limita las alternativas de control químico, dificulta la rotación de modos de acción, incrementa los costes por hectárea y puede comprometer la eficacia de los programas en campañas de lluvias intensas.

También habrá que vigilar plagas como el taladro y, especialmente, los gusanos de suelo, con una atención particular al de alambre. Así, la recomendación pasa por reforzar un manejo integrado más sólido, basado en una planificación cuidadosa de las preemergencias cuando sea posible, una buena preparación del lecho de siembra y, si las condiciones lo permiten, labores ligeras para reducir el banco de semillas.

Después de meses lluviosos, resultará clave ajustar el momento de aplicación para evitar lavados y priorizar soluciones con buena persistencia en suelos húmedos. Además, pueden resultar útiles herramientas de seguimiento basadas en trampas y boletines de campo para afinar las decisiones y la aplicación de tratamientos.

 

Marcos Expósito – Sipcam 

Los desafíos en el control de malas hierbas y plagas en el maíz giran hoy en torno a la variabilidad climática y a la reducción de materias activas disponibles. El aumento de temperaturas y los cambios en el régimen de lluvias pueden favorecer la aparición y el desarrollo de nuevos problemas, dificultando su detección y control eficaz. A ello se suma un cambio de escenario en el uso de fitosanitarios: ya no sirven soluciones generales, sino estrategias ajustadas a cada situación, con especial importancia del asesoramiento técnico, las mezclas adecuadas y el momento idóneo de aplicación.

El marco europeo empuja hacia un uso más preciso y restrictivo de fitosanitarios y fertilizantes, por lo que habrá que apoyarse más en rotaciones, falsas siembras y gestión integrada de plagas para mantener resultados. En un año marcado por el exceso de lluvias, conviene planificar la rotación cuando sea viable, seleccionar productos en función de problemas reales y aplicar solo cuando las condiciones climáticas sean adecuadas, evitando usos indebidos y bajas eficacias.

Además, es necesario proteger el cultivo desde sus fases iniciales, sobre todo entre la siembra y el estadio de 6-8 hojas verdaderas, ya que ahí se concentran los momentos más críticos. Para decidir mejor y evitar tratamientos innecesarios, resultan útiles las analíticas de suelo, el seguimiento continuo del cultivo y la observación de sus estados fenológicos y de posibles situaciones de estrés.

 

Gabriel Tilve – Syngenta 

En el maíz cultivado en Galicia, uno de los principales retos en el control de malas hierbas y plagas es la pérdida progresiva de materias activas, con la consiguiente reducción de modos de acción disponibles. Esto favorece la aparición de resistencias en determinadas adventicias por el uso continuado de las mismas soluciones y complica cada vez más lograr un control eficaz. Además, en muchos casos obliga a entrar dos veces en el cultivo para mantener la eficacia y evitar pérdidas de producción, lo que incrementa los costes en fitosanitarios, maquinaria y horas de trabajo.

Ante esta situación, resulta imprescindible conocer bien la problemática concreta de cada parcela y elegir la solución más adecuada para el momento exacto de aplicación, ya que hoy ese ajuste puede marcar la diferencia entre un control eficaz o insuficiente. El exceso de lluvias de los últimos meses añade otra dificultad: si se retrasa la siembra de maíz, especialmente en explotaciones que van a dos cortes de pradera, la preemergencia puede complicarse al acercarse al verano y perderse la incorporación idónea facilitada por la lluvia.

Entre las plagas a vigilar este año destacan la rosquilla gris, el gusano de alambre y la defoliadora. Para decidir mejor y evitar tratamientos innecesarios, pueden ayudar imágenes satelitales, drones, índices de vegetación, mapas de vigor, sensores de campo y estaciones meteorológicas, siempre apoyados en monitoreo en campo y visitas programadas.