En el plano internacional, las mujeres rurales son protagonistas imprescindibles en la lucha contra la pobreza, la protección del medio ambiente y la construcción de sociedades más equitativas. Con motivo de esta efeméride, repasamos la situación general y la ponemos en contraposición con lo que se está haciendo en nuestro país.
Cada 15 de octubre desde 2008 se conmemora el Día Internacional de la Mujer Rural, una fecha instaurada por la Asamblea General de las Naciones Unidas para reconocer la labor de la mujer en las comunidades rurales de todo el mundo. Aunque su trabajo es decisivo para la producción de alimentos, la preservación de los recursos naturales y el sostenimiento de las familias, continúan enfrentándose a múltiples desigualdades que limitan su potencial y su capacidad de desarrollo.
Esta jornada busca poner en valor su papel y generar conciencia sobre los desafíos que enfrentan, promoviendo políticas públicas y acciones que permitan construir un futuro más equitativo y sostenible.
¿POR QUÉ EL 15 DE OCTUBRE?
La elección de esta fecha no responde a un acontecimiento histórico concreto, sino a su proximidad con el Día Mundial de la Alimentación (16 de octubre), con el objetivo de subrayar la contribución esencial de las mujeres rurales a la seguridad alimentaria, al desarrollo sostenible y a la erradicación de la pobreza.
Esta efeméride parte de la Cuarta Conferencia Mundial sobre la Mujer, celebrada en Pekín en 1995, donde se puso de relieve la necesidad de dar visibilidad y apoyo a las mujeres que viven y trabajan en el medio rural, garantizando su acceso a los recursos, a la participación y a la toma de decisiones.
La propuesta se fue consolidando hasta que, en 2007, la Asamblea General de la ONU aprobó oficialmente la conmemoración el 15 de octubre.
UNA VISIÓN INTERNACIONAL DE LA SITUACIÓN
A nivel global, según datos de la FAO y de ONU Mujeres, las mujeres representan cerca del 40 % de la fuerza laboral agrícola. Su participación abarca desde las labores de cultivo y pastoreo hasta la transformación artesanal de alimentos, la comercialización en mercados locales y la transmisión de conocimientos y tradiciones. No obstante, buena parte de estas actividades permanecen invisibilizadas, ya que es habitual que no se contabilicen en las estadísticas oficiales o se consideren una extensión del trabajo doméstico.
Además de su aportación económica, desempeñan un papel clave en el cuidado de las familias y en la cohesión de las comunidades, lo que convierte su labor en un eje central para garantizar la seguridad alimentaria y la sostenibilidad de los territorios.
Las mujeres rurales enfrentan en distintos puntos del globo una serie de barreras estructurales comunes que frenan su desarrollo:
- Acceso limitado a la tierra y a la propiedad: en muchos países, la titularidad de las fincas sigue estando en manos del hombre. Esto impide a las mujeres tener plena autonomía sobre la gestión de los recursos.
- Dificultades para acceder al crédito y a la financiación: la falta de avales o derechos de propiedad restringe su capacidad para invertir en mejoras productivas o innovaciones.
- Brechas en educación y formación: el acceso a la enseñanza técnica o universitaria suele ser menor para las mujeres rurales, aspecto que limita sus oportunidades de liderazgo y profesionalización.
- Sobrecarga de trabajo doméstico y de cuidados: además de las tareas agrícolas, las mujeres suelen asumir la mayor parte de las responsabilidades familiares, lo que restringe su tiempo disponible para otras actividades.
- Escasa representación institucional: su voz en cooperativas, sindicatos o asociaciones agrarias sigue siendo minoritaria, luego su capacidad de incidencia en la toma de decisiones es reducida.

¿QUÉ SE HA HECHO AL RESPECTO?
La comunidad internacional ha reconocido que no puede haber desarrollo sostenible sin la plena inclusión de las mujeres rurales. Estas desigualdades, acumuladas en distintos niveles, provocan que su potencial esté infravalorado y desaprovechado, a pesar de que su empoderamiento podría ser decisivo para avanzar, por ejemplo, en los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS).
Si bien su impacto sigue siendo tibio, lo cierto es que en las últimas décadas se han impulsado programas y políticas dirigidas a mejorar esta situación, desde reformas legislativas que garantizan la titularidad compartida de las explotaciones agrarias hasta planes de formación técnica y digital.
Existen también ejemplos de emprendedoras rurales que han logrado generar valor añadido en sus comunidades: proyectos de transformación agroalimentaria con sello de calidad, iniciativas de turismo rural con perspectiva de género, cooperativas lideradas por mujeres que apuestan por la innovación o asociaciones que promueven la conservación de razas autóctonas y productos locales. Estas experiencias demuestran que, cuando se eliminan las barreras, las mujeres rurales pueden convertirse en motor de desarrollo y modernización.
UNA FOTOGRAFÍA DE LA MUJER RURAL EN ESPAÑA
Las mujeres representan actualmente el 27,8 % de los empleados del sector primario en España, según un informe reciente de Randstad Research basado en datos del INE, el SEPE y la Seguridad Social. La cifra ha crecido de manera notable con respecto a 2019, cuando se situaba en torno al 23 % —184.920 trabajadoras de un total cercano a 796.000—, hasta alcanzar en el primer trimestre de 2025 ese 27,8 % o, lo que es lo mismo, 210.623 mujeres.
En lo que respecta a la dirección de explotaciones, la Encuesta sobre la Estructura de las Explotaciones Agrícolas (EEA/EEEA) del INE muestra que el 28,9 % de las personas al frente de explotaciones eran mujeres en 2023. Además, se observa una tendencia creciente a que no solo figuren ellas como titulares, sino que también se reconozcan como jefas de sus negocios. Aunque los porcentajes siguen siendo relativamente bajos, el avance femenino en puestos de responsabilidad es lento pero sostenido.
Andalucía concentra el mayor número de mujeres al frente de explotaciones agrarias (66.887), seguida por Galicia (32.896), Castilla-La Mancha (26.382), Comunidad Valenciana (21.525), Extremadura (16.139) y Castilla y León (15.624). En el extremo contrario se encuentran Navarra (1.991) y La Rioja (1.837). La distribución territorial también muestra diferencias notables: comunidades como Galicia, Asturias o Cantabria presentan porcentajes de mujeres jefas de explotación muy por encima de la media nacional, mientras que Navarra, La Rioja o Aragón se sitúan entre las más rezagadas.
El tamaño de la explotación resulta determinante. Las mujeres tienen mayor presencia en las pequeñas, de menor superficie o de carácter ganadero modesto, e incluso en las que no tienen tierras anexas. En cambio, en las grandes la participación femenina disminuye de forma significativa. La figura de la titularidad compartida, pensada para reconocer de manera formal el papel de las mujeres en explotaciones familiares, sigue siendo poco frecuente en muchas comunidades autónomas, lo que limita la visibilización de su trabajo.
La presencia femenina en la gestión de ayudas públicas sigue siendo reducida. Solo el 37,5 % de los perceptores de ayudas directas de la PAC son mujeres y, en el caso de las ayudas al desarrollo rural, el porcentaje desciende hasta el 31,2 %. La brecha es aún más acusada entre las jóvenes menores de 40 años, que apenas representan el 0,8 % de los beneficiarios de ayudas directas de la PAC.
El envejecimiento del campo es otro factor determinante: el 50,7 % de las mujeres titulares de explotación superan los 65 años.
Las condiciones laborales reflejan además una desigualdad persistente. La temporalidad entre las trabajadoras rurales alcanza el 60,9 %, frente al 52 % en el caso de los hombres. Asimismo, el empleo a tiempo parcial es más frecuente entre las mujeres del sector que entre los hombres.
PRINCIPALES RETOS ESPECÍFICOS EN ESPAÑA
1. Acceso limitado a la titularidad y a puestos de responsabilidad
- Aunque crece la presencia femenina, solo el 28,9 % de jefas de explotación son mujeres.
- La figura de la titularidad compartida sigue infrautilizada, lo que reduce la visibilización de su trabajo.
2. Desigualdad territorial y tamaño de explotaciones
- Fuerte concentración de mujeres al frente de negocios agrarios en ciertas comunidades.
- Mayor presencia en explotaciones pequeñas y ganaderas; escasa participación en explotaciones grandes.
3. Brecha en el acceso a ayudas públicas
- Solo el 37,5 % de perceptores de ayudas PAC son mujeres y un 31,2 % en desarrollo rural.
- La situación es más grave entre menores de 40 años (apenas 0,8 %).
4. Envejecimiento de las titulares de explotación
- Más de la mitad de las mujeres titulares superan los 65 años, lo que compromete el relevo generacional.
5. Precariedad y desigualdad laboral
- Alta temporalidad (60,9 % frente al 52 % de hombres).
- Mayor peso del empleo a tiempo parcial entre mujeres del sector.

EL CASO CONCRETO DE LAS MUJERES RURALES EN EL SECTOR LÁCTEO ESPAÑOL
España cuenta con unas 9.000 explotaciones de vacuno lechero activas, según los datos del Fondo Español de Garantía Agraria (FEGA), de las cuales una parte significativa se concentra en Galicia, Asturias, Cantabria y Castilla y León, regiones donde la presencia femenina es especialmente relevante.
Históricamente, el vacuno lechero ha sido un sector donde el trabajo de la mujer ha resultado fundamental: ordeño, alimentación del ganado, gestión de la recría, administración de la explotación o transformación artesanal de la leche. Sin embargo, durante décadas estas tareas han estado invisibilizadas bajo la figura de “ayuda familiar”, sin reconocimiento en la titularidad ni en las estadísticas oficiales.
En el sector lácteo, la mujer no solo participa en el trabajo diario, sino también en la toma de decisiones estratégicas. Cada vez es más frecuente, y así tratamos de reflejarlo en esta cabecera, encontrar ganaderías dirigidas por mujeres jóvenes que han apostado por la formación técnica y universitaria, la modernización de las instalaciones y la digitalización de procesos. No obstante, el relevo generacional sigue siendo bajo.
Así pues, a nivel laboral, las mujeres en el vacuno lechero comparten los problemas comunes al medio rural: mayor precariedad, temporalidad y parcialidad que los hombres. Además, sobre ellas recae con frecuencia la doble carga de trabajo productivo y del hogar, lo que limita su tiempo y oportunidades de emprendimiento.
Frente a estos retos, emergen también ejemplos inspiradores: cooperativas lácteas dirigidas por mujeres, explotaciones familiares donde ellas lideran la transición hacia modelos más sostenibles y proyectos de transformación artesanal que añaden valor en origen y favorecen la fijación de población en las zonas rurales.
POCO QUE CELEBRAR (Y BASTANTE CAMINO POR ANDAR)
El Día Internacional de la Mujer Rural no debe ser una jornada de celebración, sino de llamada a la acción. Reconocer su contribución implica generar políticas públicas que promuevan la igualdad real, garantizar el acceso equitativo a los recursos y fomentar su liderazgo en los espacios de decisión.
Invertir en las mujeres rurales es invertir en un futuro más justo, resiliente y sostenible. Empoderarlas significa mejorar la producción de alimentos, fortalecer las economías locales y garantizar que las nuevas generaciones encuentren en el campo un espacio de oportunidades y dignidad. Para ello, el reconocimiento institucional y social será imprescindible.
Tres ideas sobre el quid de la cuestión…
1. Todavía hay una gran brechas en lo que se refiere a titularidad y liderazgo
Solo el 28,9 % de las explotaciones agrícolas y ganaderas están dirigidas o registradas oficialmente a nombre de mujeres en España, según la Federación de Asociaciones de Mujeres Rurales (Fademur). La titularidad compartida sigue siendo minoritaria, lo que muestra una falta de reconocimiento formal de su trabajo y decisiones.
2. La desigualdad en el acceso a recursos es crítica
En el plano internacional, las mujeres rurales tienen menos acceso a la tierra, al crédito, a ayudas públicas (PAC, desarrollo rural) y a formación técnica, limitando su capacidad de inversión, modernización de explotaciones y emprendimiento.
3. Sufren de manera clara una mayor sobrecarga de trabajo y precariedad
Además de las labores productivas, las mujeres asumen, como norma general, la mayor parte del trabajo doméstico y de cuidados, lo que reduce su tiempo y oportunidades. También presentan mayor temporalidad y parcialidad en comparación con los hombres.
… y cuatro motivos para empoderar su papel en el rural
1. Es de justicia reconocer su contribución económica y social
Las mujeres representan alrededor del 40 % de la fuerza laboral agrícola a nivel mundial y rondan el 28 % en España. Su trabajo es esencial para la producción de alimentos, la ganadería, la agricultura y la sostenibilidad de las comunidades rurales, aunque históricamente haya sido invisibilizado.
2. Su papel es fundamental en la seguridad alimentaria
En sectores estratégicos como el vacuno lechero, las mujeres participan en el ordeño, la alimentación del ganado, la gestión de las ganaderías y la transformación de productos lácteos, lo que contribuye directamente a garantizar alimentos para la población y a mantener la cadena productiva.
3. Su figura ha sido históricamente básica para la conservación de conocimientos y para la sostenibilidad
Las mujeres rurales son guardianas de saberes tradicionales sobre cultivos, ganado y recursos naturales. Su implicación es clave en la adaptación al cambio climático, la biodiversidad y la gestión sostenible de los territorios.
4. Son imprescindibles para el impulso al desarrollo rural y al relevo generacional
Empoderar a las mujeres significa fomentar la innovación, fijar población en el medio rural y garantizar la continuidad de explotaciones y comunidades. Sin su participación plena, el desarrollo rural sostenible y la seguridad alimentaria se verían comprometidos.