Conocido en su pueblo como Pepe Barcella, por la casa familiar, y entre la profesión como Pepe Tapia, José Pérez es uno de los veterinarios más reconocidos en el sector a nivel nacional. Ya jubilado, con tres hijos, Eduardo, Carolina y Pablo, se sienta con nosotros para hacer repaso de su gran trayectoria profesional y de los cambios que ha vivido la veterinaria rural en todo este tiempo. Con tan solo 52 años, una grave enfermedad dio un gran vuelco a su vida y ahora parte de su tiempo lo dedica a ayudar y, como él mismo dice, a crear esperanzas. Más en Vaca Pinta 52.
Comencemos por su juventud. ¿En qué momento decidió que quería ser veterinario?
Esta historia es muy larga, porque tengo muchos años –comenta entre risas. Cuando llegaba del colegio, yo ordeñaba algunas de las vacas que tenían mis padres, se entregaba la leche en bidones y se llevaba a desnatar. Además, mi padre era el curioso del pueblo y lo llamaban para los partos. Yo siempre iba con él.
Por aquel entonces, estaba encariñado con una de las vacas y en uno de los partos, tuvo un problema y se murió. Yo tendría unos 12 años y la verdad es que ese día juré que haría lo posible para que no volviera a ocurrir un suceso similar.
Pasaron los años y más vocaciones pasaron por mi cabeza, pero, en los últimos años del bachiller, me encontré con un compañero, Fernando Vijande, que sí que tenía claro que se iba a estudiar Veterinaria a León y, en ese momento, renació en mí la vocación.
¿Cómo fue orientando su especialización?
Estudié en León cinco años y, cuando estaba terminando tercero, vino el veterinario que estaba en Tapia en aquel momento a preguntarles a mis padres si le haría la sustitución de sus vacaciones en verano.
Yo tenía un libro, que era el Libro de Noticias Neosan, y con aquello me atreví a salir por ahí de curandero, porque no tenía título ni nada.
Trabajé aquel verano 15 días y me valió muchísimo, porque entonces sí que me aficioné a la veterinaria de campo. Le cubrí las vacaciones ese año y el siguiente, y después ya empecé por mi cuenta.
A pesar de tener propuestas en la Universidad para quedarme, siempre tuve claro que no quería ser funcionario y que mi futuro pasaría por quedarme en el campo y por trabajar donde había nacido.
¿Cómo recuerda los inicios?
Los inicios fueron aquí. Recuerdo que en una de esas sustituciones que hice, iba a una zona de montaña y la gente venía con sus vacas en un remolque para inseminar. A mí, por un lado, me daba mucha pena y, por otro, me parecía un peligro inseminar de aquella forma. Por eso, le dije al ganadero: “Para la próxima, no te preocupes, que voy yo a tu casa”. Así surgió la idea de empezar a trabajar a domicilio.
Aquel ganadero reunió un montón de firmas de otros ganaderos y consiguió lo que era imprescindible en aquel momento para poder inseminar: el circuito de inseminación. Empecé a trabajar en aquella zona, en la montaña entre Tapia y Castropol y, luego, me asenté más en lo que es puramente Tapia y sus zonas limítrofes.
¿Cómo fue la evolución de su trabajo como veterinario?
Fueron 45 años de profesión y la trayectoria da para todo.
Empecé luchando contra la brucelosis, porque había un montón de abortos por esta causa. De hecho, yo, al poco de empezar, estuve muy fastidiado de brucelosis, porque no había guantes ni nada... En el año 1979 no había guantes, no se puede creer, pero no los había.
Luego, en 1982 llegó el saneamiento y, aquí en Tapia, tuvimos la suerte de tener un centro de formación profesional agraria. Recuerdo a dos chicos, Ramón y Juan, que empezaron a ver cómo era el trabajo conmigo y venían casi todas las tardes. Por aquel entonces, yo ya tenía bastante trabajo, y no mucho tiempo, y ellos empezaron a “comerme el tarro”, porque había que ir más allá en el campo.
Justo en esa época realicé el Curso de Nutrición de Bienvenido Martín Vaquero y, según llegué, me dijeron: “Ahora hay que enseñar a los ganaderos esto que aprendiste”. A raíz de eso, pusimos en marcha una formación para ganaderos en la que juntamos a 150 o más. Aquello era increíble, pero tuvo un gran recibimiento y, a partir de ahí, organizamos cursos de mejora genética, escuelas de jueces locales, preparamos una especie de concurso local y con aquello ofrecimos mucha formación.
Recuerdo también cómo surgió la idea de crear un grupo de ganaderos cuyo último fin era conseguir servicios en común. Se llamó Asociación La Esperanza. ¿Qué servicios creamos en ese momento? El servicio de reproducción. Teníamos 1.800 animales en 180 granjas, imagínate el tamaño de las ganaderías. Después, iniciamos los servicios de calidad de leche y, en el año 1987, ya incorporamos un servicio de gestión técnico-económica, que se mantiene hasta hoy.
En medio de todo esto, vino a hacer prácticas de grandes animales conmigo Alfonso Llano, un compañero que había estado centrado en la mili en Ceuta en los pequeños animales, y me inculcó la idea de que los perros y los gatos tenían mucho interés.
Más tarde, conocí a Gumersindo de la Riera, que no paraba de viajar, y a José Manuel Valle. Con Alfonso, Gumer y José Manuel viajé a Toronto (Canadá), al Royal y a una práctica mixta de Jhon Draper, y allí vimos a unos veterinarios que desarrollaban práctica mixta, hacían pequeños y grandes, lo que me gustó mucho. Desde esa, me quedó en la cabeza la idea de poner en marcha algo así.
¿Y en cuanto a las condiciones de trabajo?
Cuando empiezas, solo existe una cosa: la profesión. No lo notaba solo en mí, me acuerdo de Portela y de Butragueño, que venían conmigo de prácticas, y ellos también salían todos los días conmigo, incluso de noche, no tenían ningún inconveniente, no había vida familiar. Al principio, nos dedicábamos solo a la profesión, pero, al pasar el tiempo, la idea de no dedicarse solo a trabajar siempre rondó mi cabeza y luché siempre contra ello. Creamos un grupo para diluir las guardias, para ser más gente, repartirnos y poder faltar un día.
Esto fue cambiando, porque tenía que cambiar y aún se pueden mejorar mucho las condiciones laborales. La calidad de vida pasa por hacer jornada continua y pocas guardias.

A lo largo de todos estos años, ¿quiénes fueron referentes o grandes apoyos?
El primero de todos, y muy importante, fue un veterinario de un grupo de Navia, Manuel Jaquete, el primero con el que salí a hacer prácticas. Me enseñó mucho, pero, sobre todo, lo que era el diagnóstico diferencial, el trato con la gente, la honradez, la importancia de estar formado… y hasta a comer bien.
Después, Alfonso Llano; Pico, que estudió conmigo, y Cotarelo, a quien le debo haber tenido dónde dormir en León. El primer día, llegué a una pensión que tenía reservada, me dijeron que no había sitio y me vi a las 11 de la noche, sin haber salido mucho de casa, solo en la calle Ordoño. Me encontré a Cotarelo y me dijo: “Vente conmigo”. Llevaba un año ya allí y estuve con él toda la carrera.
Un punto de inflexión muy significativo para mí fue conocer a Gumer. Él viajaba mucho, tenía mucha información, hablaba muy bien inglés y se convirtió en mi ampliación internacional. Fue un apoyo muy grande.
Después, entré en Anembe y allí conocí a mucha gente. Me quedo con Allen Russell, con Quim Baucells, Joan Collell... Y sobre todo, como amigo, debo nombrar a José Luis Juaristi.
¿Qué retos profesionales destacaría de entre aquellos a los que se ha enfrentado?
Uno de los primeros retos, después de enfrentarme a la brucelosis y al saneamiento, fue hacer cirugía de campo, de pie. Empezamos los que llegamos jóvenes, con poca gente y poca ayuda.
El segundo gran reto consistió en enfrentarse, sin tener tiempo, a hacer servicios más especializados, como el de reproducción o el de calidad de leche, y formarme para ello. En el año 1982 o 1983, revisé cientos de ordeños. Si se lo digo ahora a los chavales, no lo entienden. Nadie me hacía caso, porque, como no se pagaba por calidad, era predicar en el desierto.
Otro cambio importante llegó con la presencia de los móviles, en este caso para bien, porque era muy duro trabajar sin móvil. Y, luego, vinieron la informática y el ecógrafo.
La informática nos trajo programas, sobre todo de gestión de la reproducción, que eran lo máximo. Fue un gran reto adaptarnos a esos sistemas, a recoger y a manejar datos.
Tras todo esto, llegó un momento en el que dejamos de ser bomberos. No abandonamos el individuo, pero sí pasamos a pensar más en la colectividad y, con ello, todos los programas de bioseguridad y de prevención de enfermedades. Con la enorme cantidad de datos que se manejan hoy en día, estamos en un momento en el que hay que aprender una nueva profesión.
Fue uno de los pilares para Anembe...
La verdad es que yo no me considero pilar de Anembe. Yo llegué a la asociación un día en una feria de Barcelona, porque creo que Gumer me dijo: “Oye, en Anembe parece que no hay quien siga y está un poco delicado el tema”. Me llevó a una reunión y allí me di cuenta de que era más interesante el asunto. Ya se estaba organizando el congreso en Santander y, a partir de ahí, se vislumbraba un parón. Yo, entonces, dije que, si me dejaban, intentaba hacer un congreso en Asturias y montar una estructura. La estructura era tener una secretaria, tener una sede y tener un gerente que llevase aquello.
Seleccioné un gerente, que fue José Manuel Benito, muy bueno para Anembe, y a una secretaria, Alicia González, la base de formar todo eso. Con voluntarios, preparamos el congreso de Gijón y empezamos a cobrar a las empresas, que fue muy duro, porque antes ponían su estand y nadie les pedía nada. Eso nos permitió lograr la salud económica que existe ahora, sin depender tanto de las cuotas, tener una buena revista y traer a los ponentes que se nos antojaba. Creo que fue un trabajo muy interesante.
¿De qué manera cree que Anembe ayuda a los veterinarios de vacuno a seguir formándose?
Ahora mismo hay acceso a mucha formación, hubo un gran cambio en ese aspecto, pero en aquel momento la formación que ofrecía Anembe era mucho mejor, más futurista, al máximo nivel y con los mejores ponentes internacionales. Los mejores en su especialidad formaban parte de la junta directiva y ponían toda la carne en el asador para presentar un buen congreso. Todo ese conocimiento se extendía a los ganaderos, a los asesores, a los empleados…
Otro punto importante en su carrera fue la creación del hospital veterinario de Tapia, un referente en la zona.
Siempre estuvo en mi cabeza la idea de compatibilizar la veterinaria de grandes animales con la de pequeños.
Cuando quieres entrar en temas nuevos, tienes que ampliar el equipo y fuimos creando un grupo con vistas a diluir el trabajo, a poder descansar más y a poder tener unas vacaciones medio decentes. Surgieron unas subvenciones, un plan de mejora, un solar y todo se fue uniendo. Yo estaba saliendo de un problema grave y me di cuenta de que un proyecto así me haría muy bien. Así, nos embarcamos en ello. Ahora estamos muy contentos, porque fue una muy buena idea.
La creación de equipos es uno de los problemas que se encuentran muchos veterinarios hoy en día. ¿Qué hándicaps cree que está habiendo?
Por un lado, la facultad debía estar más especializada. Por lo menos, los dos o los tres últimos años debía haber una opción de especializarse en grandes animales y estar enfocados a un montón de prácticas.
Por otro, los grupos veterinarios tenemos que aportar más y ofrecer calidad de vida a la gente. La vida del veterinario rural es dura y está muy mal pagado. Es algo que pasa también en otras profesiones.
¿Como buscador de trabajadores, cómo vivió este tema?
Al principio era mucho mejor, porque venía la gente de prácticas mucho tiempo y te ibas quedando con los que te parecía. La incorporación de un buen veterinario te hacía crecer y generar servicios nuevos.
Sí que es verdad que ahora no vienen tantos veterinarios de prácticas como antes. Por ello, debemos continuar con la idea de mejorar las condiciones laborales dentro de lo que se pueda.
La formación es fundamental para el futuro, pero no solo para los veterinarios sino también para los ganaderos.
Sí. Debemos tener nuestra formación y transmitirla. Ahora mismo, el ganadero recibe información de muchas fuentes y lo que necesita es tener claros sus objetivos y los puntos críticos de su granja. Yo veo todavía mucho estrés por calor, sobrepoblación en las granjas, problemas con el purín y con la gestión y formación de los empleados.
¿Qué importancia tiene el sector lechero en su zona y cómo ve el futuro?
Aquí pasamos de manejar 1.500 vacas a 10.000, en una zona similar o un poco mayor. Las granjas crecen, la situación económica es muy buena y los servicios que se pueden ofrecer son innumerables; lo único que hay que hacer es pararse a diseñarlos y a venderlos. No me atrevo a decir que mañana la situación siga siendo buena, porque hay mucha inestabilidad, pero este es un buen momento para dedicarle mucha ilusión.
El ganadero de hoy en día se está enfrentando a un problema de tamaño, porque es pequeño para ser grande y grande para pequeño. El ganadero ideal será aquel que pueda supervisar mucho y no necesite trabajar demasiado. No sirve estar echando el purín, deberá tener a alguien que lo eche; eso está claro.
Una enfermedad dio un giro importante a su vida, a su forma de vivirla y de entenderla.
Nunca piensas que va a llegar algo así. Es como si el mundo se parara en ese momento y dices: “No aguanto más, me acabé”. Yo había hecho un viaje a Estambul, con un laboratorio, y, viniendo en el avión, pensé que me ahogaba. Tenía 52 años, salía en bicicleta, estaba muy bien, fuerte, y me di cuenta de que no podía viajar más, de que no resistía el viaje.
Empecé a tener unos dolores raros y un día decidí que tenía que mirarme. Me fui al hospital y en el momento ya me diagnosticaron la enfermedad. Era un linfoma de célula grande, de crecimiento muy rápido, muy agresivo.
En un primer momento, tienes que llamar a tu familia y contarles mentiras –recuerda con la voz entrecortada. Después, debes reunir a todo el mundo y contar la verdad.
Cuando vi la resonancia, me di cuenta de que tenía pocas posibilidades, porque yo controlaba. Fue muy complicado.
Ahora, si te digo la verdad, me alegro mucho de haberlo pasado. Es una experiencia extremadamente dura, pero todo se puso a favor: la gente que me rodeaba, los amigos, los compañeros... De casualidad, recordé a un amigo que tenía de unas vacaciones, que era médico en Madrid. Lo llamé y me dijo: “Estás en el sitio adecuado, yo soy el que hago trasplantes de médula”.
Tuve mucha suerte, porque en aquel momento aparecieron los primeros tratamientos con anticuerpos monoclonales, que fue lo que me salvó.
Todavía no me dieron el alta, sigo en revisión cada seis meses, pero estoy muy bien. Algo así te cambia la vida, te das cuenta de un montón de cosas que no veías. Lo que pasa es que, desgraciadamente, van pasando los años, ya pasaron 17, y vuelves otra vez a preocuparte por tonterías, por cosas de las que no debes preocuparte. Fueron dos años muy interesantes.
¿A qué tonterías se refiere?
De todo lo que uno se preocupa, el 99 % no sucede nunca. Eso es lo primero de lo que hay que darse cuenta.
¿Volvió a trabajar?
Nunca volví a trabajar igual. Entraron cuatro personas a hacer lo que yo hacía. Volví a gerenciar, pero nunca volví a trabajar como antes, nunca.
Y después de la enfermedad volvió a ser padre...
Sí. Tenía 57 años. Después de los tratamientos era difícil conseguirlo, pero ahora considero que fue una decisión buenísima que tomamos mi mujer y yo. Crecen demasiado rápido y ahora tengo un hombre a mi lado. Es difícil imaginarme en la jubilación sin él.
Tras esta experiencia, lleva a cabo un proyecto de ayuda a otras personas que pasan por lo mismo.
En el Hospital de La Paz nos visitaba todos los días un señorín de pelo blanco, de la Asociación Española Contra el Cáncer, que nos traía el periódico y unos caramelos. Aquella visita me ayudaba mucho. Se paraba poco, porque había muchos enfermos, pero sí que te animaba. Es una buena misión, lo que pasa es que hay que estar preparado para ello.
Aquí sí que hay Asociación Española Contra el Cáncer, pero, sin quererlo, coincides con gente que tiene alguna enfermedad y muchos me hablan para saber qué hice yo para curarme.
En una etapa coincidimos unas cuatro o cinco personas y se me ocurrió la idea de crear un grupo de WhatsApp en el que ir compartiendo experiencias, dudas, debilidades… Fue una idea buena mientras todos estábamos bien, pero el problema llegó cuando cae uno del grupo. Supuso un bajón para todos y, por ello, ahora prefiero hacerlo cara a cara, por teléfono o por WhatsApp, pero de manera individual.
¿Qué necesita la gente? Primero, si tiene alguna prueba, necesita que le interpretes los resultados. Luego, que le cuentes cómo va a ser el proceso, los posibles efectos secundarios, su futuro... Intento darles tranquilidad y, sobre todo, les enseño mi primera resonancia y les digo: “Mira cómo estaba yo, mucho peor que tú...”. Con ello y viéndome curado, se animan mucho.
Creas esperanza, aunque la esperanza más grande que hay es la investigación.
Lo peor de la enfermedad son los tiempos de espera, las noches se hacen interminables, y ahí sí que pediría más humanidad en la gente que maneja este tema.
Me siento muy bien con esta labor. Me ayudan también a mí, porque voy a revisión cada seis meses y ese momento te revuelve mucho.
¿Cómo es su vida ahora? Como decía la canción, ¿a qué dedica el tiempo libre?
Sigo en contacto con mi trabajo anterior, porque mi mujer sigue trabajando.
Lo que más me gusta es levantarme temprano, caminar, leer la prensa de verdad, en papel, y hablar en una tertulia a la que voy por la mañana. Las tardes las suelo pasar un poco en el despacho y, luego, voy con Pablo siempre a algún sitio. Juega a baloncesto y nos ocupa bastante tiempo. Tenemos un grupo de amigos ahí muy interesante y nos entretiene muchísimo. Se me pasa el día muy fácil.
También me gusta el golf, aunque llevo una temporada sin poder jugar porque me operé de la espalda. Espero volver a jugar pronto. Además, viajar me encanta.