GANADERÍA LOBEIRO
Localización: Melide (A Coruña)
Propietarios: Álvaro Costoya, Gloria Valiño, Rocío Costoya y Jesús Rodríguez
N.º total de animales: 220
Vacas en ordeño: 123
Media de producción: 42,7 kg /vaca/día
Porcentaje de grasa: 3,90 %
Porcentaje de proteína: 3,50 %
Venta de la leche: CLUN
Precio de la leche: 0,52 €/litro
En el sector ganadero, hay proyectos que crecen por sumar vacas y otros que crecen por sumar personas. El de Álvaro Costoya es más de los segundos.
La historia de la ganadería de Álvaro, como en tantas casas del rural, viene de atrás, de los abuelos, de las primeras vacas en amarre y de las ampliaciones poco a poco hasta llegar a lo que es hoy, un rebaño de unas 220 cabezas, con alrededor de 123 vacas en ordeño. El punto de inflexión reciente tiene su nombre y apellidos, pues se incorporó a la sociedad en 2023, después de trabajar por cuenta ajena y justo cuando su padre se acercaba a la jubilación.
Álvaro conocía la granja a la perfección desde siempre, pero también conocía el sector desde fuera. Antes de dar el paso, trabajó seis años como técnico en Africor Coruña, una experiencia, dice, que le ayudó a mirar la casa con otros ojos: “Estuve seis años de técnico y, como mi padre se acercaba a la jubilación, decidí incorporarme. Teníamos buenas instalaciones, ahora sumamos estas nuevas, y hoy por hoy contamos con bastante terreno para los animales que tenemos. Tenía el camino medio hecho y solo debía continuar”.
Su entrada no fue solo un cambio de nombres en la sociedad. Llegó acompañada de un plan de mejora, de nuevas instalaciones, reorganización del manejo y, ya en el horizonte inmediato, de un giro relevante: el ordeño robotizado.
A día de hoy, la sociedad está compuesta por Álvaro; su madre, Gloria Valiño; su hermana, Rocío Costoya, y su cuñado, Jesús Rodríguez. El equipo se completa con una empleada, María del Carmen Monterroso, que lleva ya con ellos dieciséis años de trayectoria.
La dinámica de los horarios está pensada para garantizar organización y equilibrio: “Aquí trabajamos un fin de semana sí y un fin de semana no. Cuando toca trabajar el fin de semana, libras un día entre semana. Y tenemos quince días de vacaciones en verano y otros quince en invierno”, apunta el ganadero.
Todo suma
Al inicio de nuestra charla con Álvaro nos dejó claras las bases de su ganadería: “Yo no soy partidario de centrarme solo en la reproducción o en la alimentación o incluso en el bienestar. Va todo encadenado”. “Si consigues una muy buena genética, pero tienes mal bienestar, unas camas mal preparadas o no las mueves a diario, no vale de nada”, añade. Para él, los pilares de una explotación lechera son un conjunto en el que cada pieza condiciona la siguiente: genética, manejo, bienestar y alimentación. La clave está en que todo sume, sin que ninguna parte desequilibre el resto.
Esa visión encaja bien con el momento actual de Lobeiro: un período de cambios, con instalaciones nuevas, robotización del ordeño y reorganización de lotes, en el que es fácil perder el foco. Por eso, Álvaro, insiste en que “el objetivo es sacar el máximo rendimiento atendiendo a todos los aspectos en su conjunto, no solo a unos pocos”.
En cuanto a cifras, la granja, aunque en fase de adaptación al robot, ya muestra números de producción interesantes: “Hoy mismo estamos en 42,7 kg de media, con un 3,90 % de grasa y un 3,50 % de proteína”. Son datos que, de momento, pueden estar condicionados por el cambio, pero útiles para situar el nivel de producción en el que se mueve su rebaño.
Una granja pensada por zonas
Las instalaciones de Ganadería Lobeiro están divididas por etapas y necesidades. La visita a las instalaciones es un recorrido desde la parte más antigua hasta la más nueva, y en ese camino aparecen los distintos lotes: vacas en ordeño, recría, secas y preparto.
En la parte más antigua hay alrededor de 90 camas y en la nueva otras tantas, con el matiz de que en esta última se apostó por soluciones más modernas: colchonetas y cubículos flexibles. Álvaro está especialmente satisfecho con ese detalle: “Se amoldan mucho más a los animales; como es flexible, el animal tiene un poco más de movilidad. Están funcionando muy bien”.
El manejo de las camas no es accesorio; es un eje de salud y calidad de leche. Probaron distintos materiales y se quedaron con una fórmula clara: carbonato con serrín. “Antes, trabajábamos con serrín solo y no siempre era fácil de conseguir. Después, cambiamos a cascarilla de arroz y no nos funcionó, nos daba muchísimos problemas, había que trabajar mucho las camas y, aun así, nos ocasionó mucha dificultad para deshacernos de las mamitis. Ahora, llevamos un tiempo largo con carbonato con serrín y estamos muy contentos. Prácticamente no tenemos problemas de mamitis”.
La cama, ya sea en cubículo tradicional o sobre colchoneta, se mantiene siempre cubierta: “La colchoneta casi no se ve. Intentamos tenerlas siempre rellenas con material”. Y la rutina de mantenimiento también es constante: limpieza diaria dos veces al día y renovación de material los martes y los viernes. En la recría pequeña trabajan con cama caliente con paja, también renovada dos veces por semana.
Para los bebederos no hay negociación: “Es muy importante limpiarlos todos los días”. Son bebederos abatibles, lo que facilita el trabajo y asegura agua limpia.
La limpieza de los pasillos se hace con arrobaderas. En la parte antigua, son hidráulicas y, en la nueva, por cable, con programación para pasar aproximadamente cada dos horas.
La ventilación, por su parte, se convirtió en una inversión, porque el estrés por calor les afectaba bastante en la producción y en la reproducción, y decidieron hace unos ocho años colocar ventiladores y aspersores sobre el comedero en la zona más antigua. “Según nuestros cálculos, la leche que recuperaríamos en un verano nos daría para pagar todos los ventiladores”, afirma. En las nuevas instalaciones procuraron corregir ya el problema de base, por lo que dieron más altura y más capacidad de ventilación sin corrientes directas.
El bienestar se completa con cepillos rascadores, uno en cada lote de los robots y otro pensado para recría. “Los utilizan mucho. Se nota en el bienestar y también en la limpieza; ves a las vacas más arregladas”, apunta.
La granja dispone de tres fosas cubiertas, con capacidades aproximadas de 1,2 millones de litros, 1,6 millones y otra de alrededor de 600.000 litros. Esa capacidad les permite sacar el purín dos veces al año, cuadrando con las campañas de maíz y hierba.
Para los forrajes trabajan con silos de trinchera, seis en total, aunque no todos en uso al mismo tiempo. En algunos, además, almacenan complementos como bagazo de cerveza. Tienen también almacén de pienso y paja.
Para el ahorro energético cuentan con un detalle que puede ganar importancia con la robotización: 40 placas solares instaladas hace unos cinco años. “Antes ordeñábamos siempre de noche y no se aprovechaban tanto. Con el robot, el consumo es 24 horas; pienso que ahora se van a notar más”, opina.
Ordeño robotizado: tecnología para vivir mejor
El cambio al robot llegó por varios motivos, pero hay uno que Álvaro coloca siempre en primer plano: la visión de futuro. “El ordeño podría convertirse en un problema por la falta de mano de obra que vemos en las explotaciones, aunque nosotros, de momento, no lo sufrimos”. A eso se sumaba la idea de que las nuevas tecnologías permitirían sacar más provecho del animal, especialmente con producciones altas: “Más visitas al robot, más comodidad, menos estrés y también más información”.
Los robots se instalaron en septiembre del año pasado y el proceso fue progresivo. Primero, hicieron el entrenamiento poniendo dos kilos aproximadamente de pienso para que los animales se vayan familiarizando con el robot: “Al final, entran por el pienso, no por ordeñarse”, indica Álvaro.
El salto real llegó después de las navidades, cuando arrancaron con los primeros 30 animales, aquellos que mejor circulaban, y, progresivamente, fueron sumando vacas poco a poco hasta completar el cambio. De hecho, el día que visitamos la ganadería fue el último que ordeñaron con la sala de ordeño. Quedará para la historia de Lobeiro esta coincidencia de que el día que el equipo de Vaca Pinta grabó este reportaje, fue el día en que pasaron 100 % al ordeño robotizado.
Antes tenían una sala de espina de pescado con 10 puntos. Ordeñaban dos veces al día en el tramo final, aunque hubo un período, del 2015 al 2018 en el que llegaron a tres ordeños. Después, con la entrada del porcino (de la que más tarde hablaremos) y el aumento de tareas, volvieron a dos. Ahora, con los dos robots, están en una media de alrededor de 3,1 ordeños por vaca.
En la sala ya contaban con collares para detección de celos y algo de información de producción, pero con la robotización también renovaron esa parte. Los collares actuales aportan rumia, descanso, tiempo de alimentación y alertas más completas. La utilidad, para Álvaro, está en dos cosas: “Podemos inseminar en el mejor momento y nos anticipamos a muchas enfermedades. Si vemos que el animal no viene al comedero, tiene poca actividad o está mucho tiempo echado, lo miramos y nos adelantamos al proceso”.
Aunque reconoce que llevan poco tiempo y que todavía falta experiencia, uno de los primeros cambios que notaron fue muy práctico: “Por las mañanas teníamos mucha leche en las camas tirada. Doce horas sin ordeño era mucho tiempo para vacas de alta producción. Con los robots eso se nota mucho, porque entran “tres o cuatro veces a ordeñarse. Esa leche tirada no es solo pérdida, también es un factor de riesgo para las camas y, por extensión, para la salud de ubre. Ahora, ese problema tiende a reducirse”, destaca.
Y, por supuesto, está la calidad de vida: “Antes empezábamos a las seis de la mañana; con el robot no hay esa necesidad de madrugar tanto”, reconoce. Aunque la rutina de supervisión sigue existiendo, el robot les ha cambiado mucho la dependencia de un horario rígido y les ha abierto la puerta a otro tipo de organización.
Tres raciones y un objetivo común
En Lobeiro se preparan tres carros de comida distintos: uno para productoras, otro para novillas y un tercero para secas. La ración de las vacas en producción incluye 16 kg de silo de hierba, 20 kg de silo de maíz, 3 kg de grano húmedo, 11 kg de bagazo de cerveza, 3 kg de colza y 2 kg de pienso. En las novillas combinan 12 kg de silo de hierba, 5 kg de paja y 2 kg de pienso adaptado, mientras que las secas van con 9 kg de silo de maíz, 4 kg de bagazo, 5 kg de paja y 3 kg de pienso.
“Hacemos las tres mezclas los 365 días del año; para ello, nos viene el carro de CLUN”, afirma Álvaro. De la misma cooperativa, cuentan con diferentes servicios, como el de ADSG, con Andrés Ares. Para las recomendaciones de nutrición, en cambio, trabajan mano a mano con el asesoramiento de Ana Rama, de Seragro.
El protocolo de alimentación para recría está bien definido. Al nacer, las terneras pasan a boxes individuales para recibir calostro. Según explica el ganadero: “Damos los calostros los tres o cuatro primeros días. Después, pasan a leche en polvo hasta los 10-12 días y, a partir de ese momento, entran en la amamantadora”. El destete final se aplica a los 80 días y pasan a un lote en el que ya comen pienso y van incorporándose progresivamente a la ración de las productoras.
¿Desde cuándo trabaja en esta ganadería?
Empecé a trabajar en octubre de 2022. Me llamaron porque en ese momento tenían poca producción y querían incrementarla.
¿En qué consiste su asesoramiento?
En principio, mi encargo es la nutrición de los animales. Básicamente, consiste en analizar los alimentos que hay en la granja, ver la disponibilidad de cada uno y compensarlo con los alimentos que compramos. Habitualmente, tomo muestras de los forrajes y materias primas. Visito la explotación de forma mensual para ver condición corporal, observar las heces —que nos dan mucha información de cómo están digiriendo— y recoger datos de producción y de fertilidad, para evaluar cómo va la granja en general.
¿Qué ración están administrando ahora y por qué se formula así? ¿Qué objetivos persiguen?
Como estamos en pleno cambio a robots, la ración base se mueve, aproximadamente, entre 20 y 25 kilos de silo de maíz, alrededor de 16 kilos de silo de hierba y unos 11 kilos de bagazo, además de grano húmedo producido en la propia explotación. La proteína la aportamos con colza y formulamos un núcleo con minerales y vitaminas.
La diferencia entre sala y robot está en los concentrados: en la ración de productoras reducimos grano, colza y núcleo, porque una parte del pienso la consumen en el propio robot. Si en el futuro pueden separar primerizas de adultas, ahí sí que habría raciones base diferentes, porque los consumos y necesidades no son iguales. Si no se separan, lo normal es trabajar con una ración única.
¿Cómo está siendo la adaptación al robot?
Está siendo muy progresiva y tranquila. Los primeros treinta y pico animales que empezaron a ordeñarse en el robot eran vacas que ya entraban por iniciativa propia a comer, porque había un robot colocado en la nave vieja con acceso libre. Se fijó una cantidad de pienso y algunas vacas, por ser más inquietas, entraron solas. Esas fueron las que se trasladaron a la nave nueva y, como allí ya no había sala de ordeño, se ordeñaron sí o sí en el robot. Al estar acostumbradas a entrar a comer, se adaptaron muy bien.
Después fueron pasando grupos de cinco en cinco. Al ver a las compañeras entrar solas, el resto entró con mucha facilidad. A diferencia de otras granjas donde hay que meterlas todas de golpe, aquí pudieron hacerlo poco a poco. Primero, se acostumbraron al pienso y, a partir de ahí, al ordeño.
¿Qué estrategia diseñó para la adaptación?
Lo habitual es que los primeros días consuman muy poco pienso en el robot. Por eso, inicialmente, el unifeed se mantiene igual, sin cambios, mientras la mayoría no tenga un consumo suficiente en el robot. Día a día, a medida que sube el consumo en robot, se va retirando concentrado del unifeed, pero, mientras no haya una media de 1,5 o 2 kilos de pienso en la mayoría de las vacas, no te puedes permitir bajar el concentrado del carro, porque, si no, caería la producción.
¿Qué aspectos pretenden mejorar a partir de ahora?
La granja estaba muy bien antes de empezar. Es cierto que hace un par de meses bajó algo la producción, pero venían teniendo datos espectaculares. Lo que sí pasó es que las obras duraron más de lo previsto, como suele ocurrir, y eso genera estrés por ruidos y movimiento. En esos meses la fertilidad pudo bajar un poco. Ahora, esperamos que se recupere, aunque vamos a tener un periodo con menos partos, porque las obras siempre pasan factura en las vacas.
¿En qué consiste su asesoramiento en Ganadería Lobeiro?
Nuestro trabajo aquí es llevar a cabo y desarrollar, dentro de la ADSG, el programa sanitario. Se trata de un control preventivo en el que trabajamos, principalmente, sobre cuatro enfermedades: IBR, BVD, paratuberculosis y neospora. Para ello, realizamos distintas actuaciones a lo largo del año, basadas en muestreos y chequeos, tanto en leche de tanque como en serología, además del control de parásitos mediante análisis de heces para poder orientar las desparasitaciones y ajustarlas a las campañas correspondientes. La idea es dirigir mejor el manejo y evitar tratamientos innecesarios o mal planteados.
¿Qué valor añadido aporta la ADSG en relación con la entrada de animales nuevos?
Uno de los valores añadidos es el sangrado de nuevas incorporaciones, es decir, de cualquier animal que se compra y entra en la explotación. En el caso de Ganadería Lobeiro, esto es especialmente relevante porque desde hace tiempo trabajan sobre su propia recría y no incorporan animales comprados. Eso es una ventaja muy grande a la hora de minimizar la entrada de enfermedades en la explotación. Aun así, el protocolo de control de incorporaciones existe y es una herramienta clave cuando se necesita.
Si surge un problema sanitario o una alerta durante el año, ¿cómo se actúa?
La filosofía es preventiva, pero, si hay algún problema o alguna alerta a lo largo del año, se actúa de forma inmediata para intentar resolverlo cuanto antes. Tener un programa estructurado y datos periódicos ayuda a detectar cambios, a intervenir y a tomar decisiones con rapidez.
¿Qué importancia le dan a la bioseguridad?
La bioseguridad es uno de los pilares fundamentales para controlar enfermedades y evitar que entren en las explotaciones. El sector cambió: las granjas son más grandes y hoy hay muchas más visitas, tanto de técnicos como de comerciales, además de gente que viene a comprar ganado o a realizar trabajos. En ese contexto, la bioseguridad es imprescindible. Estamos haciendo especial hincapié en minimizar riesgos para mantener el estado sanitario de la explotación lo más óptimo posible.
¿Cómo ha sido la evolución sanitaria de Ganadería Lobeiro en los últimos años?
Hay que tener en cuenta que, al principio, cuando no se contaba con una base epidemiológica ni con datos suficientes, fueron apareciendo enfermedades. Con el paso del tiempo, y con una política firme de erradicación y mejora, se fueron controlando. El objetivo final del programa y del trabajo de la ADSG es que la explotación pueda estar calificada sanitariamente al mayor nivel posible. En ese sentido, la evolución ha sido muy buena.
Más allá de las enfermedades del programa, ¿qué recomendaciones trasladan ante riesgos emergentes?
Aunque no sea un trabajo directo nuestro, intentamos aportar pautas de asesoramiento y control en relación con enfermedades emergentes como la lengua azul, la enfermedad hemorrágica o la dermatosis nodular. Al ser patologías transmitidas por vectores, insistimos mucho en la limpieza y desinfección del conjunto del establo y, en épocas de máximo riesgo, en realizar campañas intensas de desinsectación y control de insectos: moscas, garrapatas y otros vectores.
¿Hasta qué punto es necesario contar con programas como los de las ADSG?
Considero que la función de las ADSG es primordial, porque trabajamos desde la prevención y el control. Cuantos más datos tengamos —serologías, leche de tanque y seguimiento de las enfermedades del programa—, más claro queda el estado sanitario de una explotación y mejor se puede actuar. Además, Galicia es un ejemplo en este ámbito. Su estatus sanitario es alto, en parte porque contamos con laboratorios de referencia que garantizan un buen funcionamiento de las pruebas. La Administración también entiende que es necesario y, desde el punto de vista técnico, reivindicamos que se sigan apoyando las ADSG para mantener y mejorar el control del ganado.
¿Qué aporta la coordinación con la Administración en este contexto?
La coordinación y el flujo de información son una garantía. Aunque muchas de las nuevas enfermedades no sean competencia directa de las ADSG, la información que trasladamos y la coordinación con la Administración ayudan a que se actúe mejor. Cuanta más coordinación y más datos haya, más posibilidades tenemos de que Galicia siga disfrutando de un estatus sanitario alto, tanto en las enfermedades del programa de las ADSG como en las campañas oficiales de saneamiento.
90 hectáreas en un radio de tres kilómetros
La ganadería dispone de unas 90 hectáreas, de las cuales alrededor de 25 son en propiedad y el resto arrendadas. La mayoría están en un radio de unos 3,5 km, lo que facilita la logística y reduce tiempos.
Los cultivos principales son dos: hierba y maíz. Trabajan, sobre todo, con raigrás inglés e intentan mantener rotaciones, aunque en los últimos dos años concentraron alrededor de 60 hectáreas en maíz y el resto queda con hierba o en descanso.
De la hierba hacen un corte y va todo para silo. Del maíz, alrededor de 40 hectáreas se destinan a silo, y el resto a grano húmedo, que preparan en “salchichas”. Su objetivo con la elaboración del grano húmedo es claro: reducir costes de alimentación. “Los componentes que ya aporta el grano húmedo los tendríamos que compensar en los piensos y así ahorramos costes”, detalla.
Un punto diferenciador es que no tienen maquinaria propia: “Contratamos todos los trabajos de campo con empresas externas. Nosotros nos centramos en el manejo y el control del rebaño”, matiza.
Genética orientada al ordeño con robots
Para la reproducción de su rebaño, inseminan a las novillas alrededor de los 13 meses, teniendo en cuenta su edad y su altura. “Antes lo hacíamos más tarde, pero ahora, con el uso del semen sexado, que aporta una mejor facilidad de parto, lo hemos adelantado”, concreta Álvaro.
Usan sexado en la primera y segunda inseminación de las novillas y en aquellas vacas de alto valor. En el resto, utilizan semen convencional y en animales de descarte o con repetición de inseminaciones recurren a azul belga. Los machos y cruces los venden con unos 30 días.
Un salto importante en la selección genética de su rebaño fue el genotipado, que llevan haciendo alrededor de tres años. Así, hoy, tienen todo el rebaño genotipado. “En el momento de pasar a la amamantadora, tomamos muestra de cartílago y con ello se les hace la prueba. Genotipar es adelantarse al futuro, saber con mucha fiabilidad qué animales vas a tener y en cuáles merece la pena invertir”, resume.
En toros, la línea es conservadora, pues se decantan principalmente por probados, y, tras la robotización del ordeño, hay tres parámetros en los que ponen el foco: ubres, colocación de pezones y velocidad de ordeño. “Si quieres sacar el máximo provecho a las vacas en el robot, esos tres caracteres son muy importantes”, considera.
Venta de la leche a Clun
La comercialización de la leche se hace a través de CLUN. Álvaro habla con naturalidad de cifras: “Estamos en una media de 75.000 o 76.000 euros al mes”. El precio final de la leche está alrededor de 52 céntimos, aunque insiste en la volatilidad: “Somos de los pocos sectores que no sabe lo que va a cobrar a final de mes”.
En el plano técnico, el reto es el habitual: aumentar producción sin perder sólidos. “Si tienes muchos kilos, las calidades son más difíciles de conseguir. Por eso, el objetivo es seguir subiendo en litros y, en paralelo, buscar herramientas en alimentación y manejo para mantener o mejorar grasa y proteína”, admite.
La granja de cerdos: una segunda pata para repartir riesgos
En 2018 decidieron abrir una vía paralela a la leche con el porcino de cebo. La motivación era estratégica: “Quisimos buscar otro gremio paralelo al de las vacas, porque nunca se sabe lo que puede pasar. Te puedes encontrar con algún problema, un vacío sanitario”. Hoy tienen 1.200 plazas y un proyecto para construir una segunda nave de 1.400 plazas al lado de la existente.
El sistema es el habitual trabajando con integradoras. “Entran cerdos con 12-15 kg y salen al matadero a los cuatro meses y una semana, con un peso medio de 120-122 kg”, explica Álvaro. De esta manera, llegan a hacer alrededor de 3,8 camadas al año. Según nos comenta el coruñés: “La integradora aporta pienso y medicamentos cuando hace falta; la granja pone instalaciones, trabajo y manejo diario”. Entre camadas hacen vacío sanitario y limpieza y desinfección completa.
Además del ingreso, Álvaro destaca un beneficio agronómico: “El purín del porcino, junto con el de las vacas, es una ayuda importante como abono, lo que reduce la compra de minerales y cierra un poco más el ciclo en la base territorial”.
Consolidar la organización y dejar la puerta abierta
En el corto plazo, Ganadería Lobeiro está en un momento de reordenación interna, en el que definirán bien la distribución final de los lotes y de la recría para estabilizar el trabajo de los dos robots al 100 % y consolidar rutinas que hoy están en proceso. “Dejaremos dos lotes de recría en la parte más antigua, los dos lotes de ordeño en las zonas centrales con los robots y, en el extremo de las instalaciones nuevas, las secas y las novillas próximas al parto con un acceso al exterior para aportarles mayor bienestar”, enumera.
A punto de terminar las obras de ampliación y con el ordeño robotizado ya en marcha, la idea es estabilizarse en torno a las 120 vacas en producción, pero Álvaro también admite que con el futuro nunca se sabe: “Siempre que se hizo una obra aquí, recuerdo decir la frase ‘ahora sí que va para siempre’ y pasaban cinco o seis años y volvíamos a aumentar. Si las cosas van bien, en un plazo de años, podría entrar un tercer robot”.
Sobre el sector, Álvaro ve posibilidades de vivir de la ganadería como de cualquier trabajo, pero le preocupa la inestabilidad de los precios, la presión de la burocracia y el cierre constante de explotaciones. Precisamente por eso, apuesta por un modelo con cimientos sólidos: instalaciones adaptadas, base territorial suficiente, genética para robot y una diversificación que le da cierto colchón.
Al final, lo que está haciendo Álvaro al volver a casa no es repetir el camino de sus padres, es coger las riendas de la misma ganadería, pero ponerla a jugar en otra liga de tecnología, datos y eficiencia, sin perder lo que la hizo viable hasta aquí: la cultura del trabajo y del cuidado del detalle.


