La veterinaria bovina rompe el silencio y abre el debate sobre su propio bienestar

¿Qué ocurre cuando quienes cuidan de nuestros animales ponen el foco en su propio bienestar? El XXVIII Congreso Internacional Anembe de Medicina Bovina, celebrado a mediados de mayo en la ciudad de Valladolid, planteó esta cuestión en una mesa redonda sobre la sostenibilidad de la profesión. Tras entrevistar a todos sus ponentes, reunimos sus distintas miradas sobre un reto que ya no puede quedar al margen del sector. Más en Vaca Pinta 60.

La sostenibilidad de la profesión veterinaria fue el lema y uno de los grandes ejes de reflexión del XXVIII Congreso Internacional Anembe de Medicina Bovina, celebrado en Valladolid del 20 al 22 de mayo. La Asociación Nacional de Especialistas en Medicina Bovina de España (Anembe) quiso dedicar la tarde de la primera jornada a una mesa redonda centrada en un asunto que, durante mucho tiempo, ha permanecido en segundo plano: la salud mental, la carga de trabajo, la presión profesional, el relevo generacional y la sostenibilidad laboral de quienes ejercen la veterinaria, especialmente en el ámbito bovino.

Moderada por la investigadora Isabel Blanco, profesora en la Universidad de Lleida y profesora adjunta en la Universidad de Ciencias Agrícolas de Suecia, la mesa reunió miradas complementarias con la experiencia directa de campo de la veterinaria Carmen Arrobas; la visión académica e institucional de Manel López, decano de la Facultad de Veterinaria de la Universitat Autònoma de Barcelona (UAB); la perspectiva europea de Diana Teixeira, desde la Federación de Veterinarios de Europa; el análisis psicológico del burnout de Amparo Osca, profesora titular de Psicología del Trabajo y de las Organizaciones en la Universidad Nacional de Educación a Distancia (UNED); y la lectura sociológica de Mariano Urraco, doctor en Sociología y profesor en la Universidad Complutense de Madrid (UCM).

El punto de partida se centró en que la profesión veterinaria necesita hablar de bienestar y que necesita hacerlo de forma colectiva. Isabel Blanco explicó que en Anembe existe “un especial interés en abordar temas de interés común” y que, desde hacía casi un año, se venía valorando la necesidad de tratar la salud mental de los veterinarios. La propia elección del nombre de la mesa ya dejaba ver, según señaló, cierta dificultad para llamar al problema por su nombre: “La decisión de cómo titularíamos el debate, si ‘salud mental’ o ‘bienestar de los veterinarios y veterinarias’, ya dejaba entrever una especie de estigma”.

 

Un problema colectivo, no individual

Blanco Penedo recordó que en otros países la situación de la profesión veterinaria en materia de salud mental ha sido reconocida como una prioridad, mientras que en España el sector se encuentra todavía en una fase previa: “Estamos en una fase de concienciación o de aceptación de que tenemos un problema”. Para la investigadora, el mensaje central es que no se trata de una suma de fragilidades individuales, sino de un asunto estructural: “No es una problemática personal, ni una muestra de una debilidad individual, sino que es un problema totalmente estructural y del colectivo”.

Esa idea fue compartida por Mariano Urraco, quien aportó a la mesa la mirada de la Sociología del Trabajo. Desde su perspectiva, el malestar profesional no puede interpretarse únicamente desde lo que le ocurre a cada persona de forma aislada. “Cualquier problema personal o individual siempre tiene que conectarse con cuestiones sociales, culturales y estructurales que van más allá de lo que sufre la persona”, afirmó. En el caso de la veterinaria bovina, esos factores se concretan en jornadas largas, exigencia constante, aceleración, disponibilidad permanente y, en muchos casos, una vivencia solitaria de la presión laboral. “El problema no es de uno mismo, es nuestro”, resumió Urraco, subrayando la importancia de convertir una experiencia individualizada de malestar en una respuesta de profesión.


Amparo Osca: “Un tercio del tejido profesional está en peligro, ya en indicadores de color naranja, y el objetivo debería ser evitar que los profesionales que están en ámbar lleguen a estar en rojo”

Isabel Blanco: “No es una problemática personal, ni una muestra de una debilidad individual, sino que es un problema totalmente estructural y del colectivo”

El diagnóstico se completó con la visión de Amparo Osca, que desde 2023 trabaja en diferentes investigaciones sobre la salud de los veterinarios junto con profesores de la Facultad de Veterinaria de León. Sus estudios han permitido identificar estresores especialmente relevantes, entre ellos la carga de trabajo, la conciliación, la carga emocional, las urgencias, los conflictos laborales y las dificultades asociadas al ejercicio autónomo. Según Osca, “los veterinarios que hemos podido encuestar manifiestan que tienen mucha carga de trabajo, la cual también les impide conciliar con las demandas familiares”. Pero el desgaste no es solo físico ni organizativo: “Ya no es solo carga física, es también una carga emocional importante”.

La profesora de la UNED advirtió de que, cuando esos factores superan cierto umbral, los profesionales acaban quemados. En los estudios realizados desde su departamento, “un tercio del tejido profesional está en peligro, ya en indicadores de color naranja”, mientras que el resto se reparte entre quienes están en mejor situación y quienes se encuentran en una zona de mayor riesgo. Pensando en todos estos grupos, hacen falta medidas de intervención antes de que quienes están en situación intermedia pasen a una situación crítica. “Tenemos que ser conscientes de qué medidas de intervención podemos introducir con el objetivo de evitar que los profesionales que están en ámbar lleguen a estar en rojo”, señaló.

En este sentido, Manel López añadió que la formación veterinaria debe avanzar hacia una preparación más completa para afrontar la dimensión emocional, relacional y laboral del ejercicio profesional: “Las facultades no solo transmitimos conocimientos científicos y competencias técnicas; también tenemos la responsabilidad de preparar a nuestro alumnado para la realidad humana de la profesión”.                                                                   

Según explicó, los datos recogidos en la UAB junto con la Fundación Galatea y el Consell de Col·legis Veterinaris de Catalunya muestran que “el 81 % del alumnado declara que no se atrevería a hablar con su profesorado sobre su malestar emocional, y un 71 % presenta agotamiento emocional alto”. Para el decano, esto evidencia que la institución que forma a los futuros profesionales “es prácticamente invisible como recurso emocional”, una realidad que considera necesario asumir como responsabilidad propia.


Carmen Arrobas: “Muchas veces no tenemos tiempo de trabajar en el campo. Tardamos en un trabajo clínico media hora y toda la carga administrativa supera con creces las horas dedicadas a la parte laboral”

Manel López: “Las facultades tenemos la responsabilidad de preparar a nuestro alumnado para la realidad humana de la profesión”

En el ámbito de la veterinaria de campo, esa presión se vive en primera persona. Carmen Arrobas, veterinaria de vacuno de carne en extensivo en el sur de Extremadura, describió el día a día como “un no parar”. Aunque la agenda esté organizada, siempre aparecen imprevistos que exigen una capacidad de adaptación constante. “Somos una parte del sector que trabajamos de forma silente, pero con gran repercusión a nivel social. Somos el caballo de batalla, estamos en primera línea de acción”, afirmó. Su testimonio pone el foco en uno de los factores que más desgaste genera actualmente: la carga administrativa. “Muchas veces no tenemos tiempo de trabajar en el campo. Tardamos en un trabajo clínico media hora y toda la carga administrativa supera con creces las horas dedicadas a la parte laboral”.

La burocracia, la digitalización y la falta de tiempo de calidad aparecen así como piezas de un mismo problema. Arrobas explicó que la adaptación a la era digital supone “un trabajo personal y mental mucho mayor” para generaciones formadas en otro contexto. A esto se suma la dificultad para desconectar. La veterinaria recordó una frase de su hija de 14 años: “Mamá, siempre estás con el teléfono”. Para Arrobas, esa escena resume una parte invisible de la profesión: “Todo ese tiempo no lo contamos y creemos que estamos, pero no es tiempo de calidad”.

La cuestión de la disponibilidad permanente fue también abordada desde una perspectiva más amplia. Isabel Blanco advirtió de que la normalización del estrés y la sobrecarga impide actuar sobre ellos. “La normalización es uno de los procesos que impide cualquier tipo de acción”, indicó. En su opinión, “la profesión arrastra una confusión entre lo que es pasión o motivación y la capacidad para poner límites para no desgastarte ni agotarte”, apuntó. La vocación, si no va acompañada de estructuras de cuidado, puede terminar convirtiéndose en un factor de riesgo.

Mariano Urraco coincidió en que la veterinaria es una profesión con una fuerte carga vocacional. Muchos profesionales construyen desde muy jóvenes una imagen idealizada de su futuro laboral, pero esa imagen puede chocar con la realidad cotidiana. “Hay un punto de autoexigencia muy enraizado que tiende a generar situaciones de frustración”, explicó. Cuando alguien quiere hacer bien su trabajo, pero las condiciones no se lo permiten, puede aparecer una tensión difícil de sostener. En palabras del sociólogo, “si a una persona le gusta hacer su trabajo bien o perfecto y las condiciones que tiene para realizarlo lo impiden, es fácil que se sienta frustrado”.                                                                                 

La perspectiva europea aportada por Diana Teixeira, public affairs manager en la Federación de Veterinarios de Europa (FVE), situó el caso español dentro de un problema compartido por otros países. La FVE representa a asociaciones nacionales que agrupan a unos 330.000 veterinarios y lleva años trabajando en el mapeo de la salud mental de la profesión. Teixeira destacó que los datos son preocupantes: “Tenemos mucho estrés autopercibido y niveles muy altos”. Además, mencionó que las bajas médicas relacionadas con burnout alcanzan el 23 % en los datos presentados por la Federación.


Mariano Urraco: “Existe en España una visión estigmatizada de lo rural que afecta también a la valoración de la veterinaria bovina"

 

La presión e imagen social

Para Teixeira, la profesión veterinaria se ha construido culturalmente alrededor de una imagen de entrega extrema. “Culturalmente se ve al veterinario como un superhéroe”, verbalizó. Esa imagen lleva a priorizar siempre al paciente, incluso por encima del propio bienestar: “Importa mucho más que el paciente esté bien a tu salud mental”. En producción animal, esta presión se combina con realidades socioeconómicas complejas: el veterinario debe comunicar, defender decisiones clínicas, asumir decisiones administrativas y adaptarse a las posibilidades económicas de cada explotación. “Tienes que barajar y ofrecer opciones”, señaló Teixeira, recordando que no siempre es posible aplicar el ideal clínico cuando las condiciones económicas o estratégicas de cada negocio no lo permiten.

La veterinaria de animales de producción tiene, además, particularidades que agravan el desgaste: largas jornadas, esfuerzo físico, desplazamientos, urgencias, dificultad para conciliar y, en algunos casos, sensación de falta de reconocimiento.

Teixeira apuntó que en España hay graduados suficientes, pero muchos profesionales emigran, otros abandonan la profesión y otros prefieren alejarse del medio rural para buscar entornos urbanos. “No hay veterinarios suficientes para todo el trabajo que existe en el campo”, resumió.

El reconocimiento social aparece como una de las grandes asignaturas pendientes. Amparo Osca consideró que, además de mejorar las condiciones laborales y salariales, es necesario reforzar la valoración social de la profesión. “Además del económico, también hace falta reconocimiento social”, puntualizó. A su juicio, la sociedad desconoce en gran medida el trabajo real de los veterinarios, algo que puede abordarse con jornadas, congresos, acciones de difusión y espacios de participación social. Carmen Arrobas también insistió en esta idea: “Creo que no se entiende ni se da a conocer”. Para ella, sería necesario “mostrar la realidad del veterinario de explotación para que la sociedad entienda la carga física, mental y emocional que implica”.

Urraco introdujo otro elemento: la imagen social de las profesiones rurales. En su opinión, existe en España “una visión estigmatizada de lo rural que afecta también a la valoración de la veterinaria bovina”. “El reconocimiento social es necesario para cualquier profesional. Para esta profesión también”, comentó. Pero mejorar esa imagen exige intervenir no solo sobre la profesión, sino sobre imaginarios culturales e históricos profundamente arraigados.

Nuevas generaciones

Otro de los puntos centrales de la mesa fue el relevo generacional. Las nuevas generaciones llegan con otras expectativas sobre el trabajo, la conciliación y los límites profesionales. Para Blanco Penedo, jóvenes y mujeres son dos grupos especialmente vulnerables y deben tenerse en cuenta en cualquier estrategia de apoyo. “Son los dos grupos con mayor vulnerabilidad o con menos acceso a herramientas”, recalcó. En el caso de las mujeres, la desigualdad no se limita al ámbito laboral, sino que se cruza con exigencias familiares y sociales. Carmen Arrobas lo expresa desde su experiencia: “Las obligaciones sociales y familiares nos otorgan una serie de responsabilidades que deberían estar más diluidas en el entorno familiar”. Esa carga añadida, consideró, condiciona la forma de vivir y sostener la profesión.

Desde la universidad, López Béjar percibe también un cambio claro en las expectativas de los nuevos veterinarios. “Las nuevas generaciones siguen teniendo una gran vocación por la profesión, pero también valoran aspectos como la conciliación, el bienestar, el desarrollo profesional continuo y unas condiciones laborales sostenibles”, afirmó. A su juicio, “no buscan trabajar menos; buscan trabajar mejor”, una evolución que obliga al sector a reflexionar sobre cómo organiza el trabajo, sobre todo en ámbitos como la medicina bovina y la producción animal, donde atraer y retener talento será clave para garantizar el relevo generacional.

Frente a este diagnóstico, la mesa también abrió la puerta a posibles respuestas. Una de ellas pasa por reforzar la formación en habilidades que tradicionalmente no han estado presentes en la carrera veterinaria, como la gestión del estrés, la comunicación, la organización del tiempo, el liderazgo, las finanzas y herramientas empresariales o la capacidad para poner límites. Arrobas reclamó apoyo de las organizaciones para “diluir esa carga administrativa” y también formación personal y mental para “saber parar”. Además, recordó que muchos veterinarios son empresa, pero no reciben formación suficiente para gestionar esa dimensión profesional.


Manel López: “Los jóvenes siguen teniendo una gran vocación por la profesión, pero también valoran unas condiciones laborales sostenibles. No buscan trabajar menos; buscan trabajar mejor”

Iniciativas en marcha

El decano de la Facultad de Veterinaria de la UAB defendió que las competencias transversales deben dejar de considerarse un complemento dentro de la formación veterinaria. “Las habilidades blandas o soft skills deben dejar de verse como un añadido y pasar a considerarse competencias profesionales esenciales”, señaló. Entre ellas destacó la comunicación, la gestión emocional, el liderazgo, el trabajo en equipo, la resolución de conflictos, la toma de decisiones éticas y la gestión del tiempo y de la carga de trabajo. “Debemos formar no solo excelentes clínicos, sino también profesionales capaces de desenvolverse en entornos complejos y exigentes”, subrayó.

Diana Teixeira presentó iniciativas europeas que ya trabajan en esa dirección, como VetJoy, impulsada por la FVE junto con FECAVA e IVSA, con apoyo de Zoetis y Zoetis Foundation. La iniciativa incluye materiales y programas desde antes de la entrada en la carrera hasta la jubilación, con especial atención a la atracción y retención de profesionales, la mentoría y el acompañamiento en el inicio de la vida laboral.

“Creamos una unión entre veterinarios experimentados y los más jóvenes para que cuenten con apoyo y se sientan acompañados en la transición de los estudios a la vida profesional”, explicó. También mencionó herramientas para gestión del estrés y organización del tiempo, además de programas de coaching de equipos que está previsto traer muy pronto a España.

En paralelo, Blanco Penedo planteó la utilidad del enfoque One Welfare, o “un solo bienestar”, para conectar la salud mental de las personas con el bienestar animal y la sostenibilidad ambiental. A diferencia de One Health, este concepto incorpora de forma específica los estados afectivos y mentales de animales y personas. “Un solo bienestar aborda los estados afectivos y mentales, no solo de los animales sino también los de las personas profesionales de la ganadería y la veterinaria”, matizó. Desde esta perspectiva, cuidar a los veterinarios no es una cuestión accesoria, sino parte de un sistema de bienestar interdependiente.

Anembe, por su parte, quiere avanzar más allá de la concienciación. Según Blanco Penedo, la mesa se acompañó de un cuestionario dirigido a los profesionales presentes para recoger experiencias, situaciones de riesgo y posibles estrategias de apoyo. La finalidad es empezar a construir una base de conocimiento propia en el ámbito de la veterinaria bovina. “Necesitamos saber situaciones y experiencias en las que se vea realmente que se pone en peligro o se rompe ese equilibrio de la salud mental”, señaló. La idea de fondo es que Anembe pueda generar una estructura de apoyo al profesional, un punto de referencia que ayude a priorizar acciones y detectar necesidades reales.

El primer paso, coinciden los participantes, es asumir que el problema existe. Para Urraco, la toma de conciencia debe ir acompañada de un diagnóstico minucioso que identifique dónde se materializa el malestar: en la formación, en la etapa universitaria, en la organización del trabajo, en la duración de las jornadas, en la burocracia, en la soledad profesional o en la falta de reconocimiento. “Lo primero es entender que existe ese problema, visibilizarlo y llevar a cabo un diagnóstico minucioso”, sostuvo. Solo desde ahí será posible diseñar respuestas eficaces.

La sostenibilidad de la profesión veterinaria, por tanto, no depende únicamente de vocación, resistencia o compromiso individual; depende de condiciones laborales, estructuras de apoyo, reconocimiento social, formación, conciliación, redes colectivas y capacidad de cambiar una cultura profesional que durante demasiado tiempo ha normalizado la sobrecarga. Como resumió Diana Teixeira, “tienes que pensar en tu salud mental todos los días, como piensas en salvar las vidas de tus pacientes”. Porque una profesión esencial para la sanidad animal, la salud pública, la producción ganadera y el medio rural no puede sostenerse si no se cuida también de quienes la hacen posible. “La veterinaria es una profesión sostenible que no puede existir sin salud mental”, concluyó Teixeira.


Diana Teixeira: “Los veterinarios deberían pensar en su salud mental todos los días, como piensan en salvar las vidas de sus pacientes”

Encuesta Anembe sobre el bienestar de la profesión veterinaria

Espacio anónimo. Tiempo estimado: 3 minutos.

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