Has empezado la charla hablando de que la cojera debe considerarse una enfermedad de la transición. ¿Cuál es la razón?
La propuesta de empezar a pensar en la cojera como una enfermedad de transición vino por la realidad del campo. Estamos viendo que la mayoría de los casos clínicos ocurren al principio de la lactación y antes de esta propuesta de mecanismo sobre cómo ocurren las cojeras no podíamos justificarlo con el patrón anterior, basado, sobre todo, en una acumulación traumática. Además, hay una evolución grande en cómo las vacas utilizan la energía durante toda la lactación y hay muchas limitaciones para el aporte adecuado de nutrientes, específicamente durante la transición. Cuando juntamos las dos cosas, vemos que, a partir de una fuente inflamatoria de cualquier origen, pueden estropearse estructuras que luego den lugar a cojeras.
¿Qué implicaciones tiene esto para la asignación de recursos en una granja?
Las implicaciones en el campo son grandes, porque antes distribuíamos el trabajo sobre la cojera, preventivo o curativo, en mitad o al final de la lactación. Ahora que sabemos que la influencia es mayor durante la transición, sobre todo en el origen, tenemos que concentrar los recursos en ese periodo, ya sea personal para recorte o inversión en instalaciones para disminuir al máximo esa inflamación que luego nos va a dar la cojera.
¿Por qué la incidencia de problemas podales sigue siendo tan elevada?
Tenemos casi tanta cojera como hace diez años. Hay varios motivos. Uno es que aumentamos el nivel productivo y la producción de leche está asociada a un aumento de cojeras: si las vacas caminan más, están más en riesgo porque su metabolismo es más elevado. No es lo mismo producir 50 litros que 30. Por otro lado, tenemos el cambio climático. Las condiciones productivas para las vacas de hoy ya no son las mismas y las granjas todavía tienen que adaptarse, especialmente por el estrés por calor.
Además, hay cambios genéticos en los animales, que determinan mayor producción lechera, pero también están asociados a más cojeras. Todos estos cambios nos obligan a modificar un poco el paradigma de cómo hacemos las cosas.
Dices que las cojeras al principio de la lactación tienen un mayor impacto económico. ¿A qué se debe?
Hay muchos estudios —determinísticos, estocásticos...— intentando evaluarlo, porque es difícil hacerlo en términos económicos. A veces ni siquiera se identifica: la cojera da menor producción y se venden vacas por baja producción cuando, en realidad, el motivo era la cojera. En ocasiones se vende por problemas reproductivos y, en realidad, la vaca no se queda preñada porque está coja.
Todos los estudios coinciden en algo: al principio de la lactación, la vaca pasó por el periodo seco, tuvo un parto y tiene toda la lactación por delante. El impacto de una intervención sobre el nivel productivo, cuando está aumentando, es mucho mayor que después, en la cola de lactación. Si hay un momento especialmente caro en producción lechera, es al principio de lactación. Y otro motivo grande es que las vacas cojas a veces se mueren o hay que venderlas y, si eso ocurre al inicio de la lactación, es muy costoso.
Hablabas del estrés por calor como uno de los factores que afectan particularmente al problema de las cojeras. ¿Qué grupo de animales es el más vulnerable y qué recomendaciones se pueden hacer?
Tradicionalmente se pensaba que el estrés por calor impactaba directamente en la producción de leche, algo visible al día siguiente en el tanque. Pero ya hay trabajos que evalúan el impacto del estrés por calor cuando afecta al grupo de vacas secas. Al principio se sabía que había una transferencia del efecto sobre la producción cuando no se refrigeraban las vacas de preparto. Ahora sabemos que todo el periodo seco probablemente tiene casi la misma importancia en la producción lechera subsecuente que lo que hagamos con las vacas en lactación.
Ese periodo seco es muy importante y, además, las instalaciones no suelen estar adecuadas para las vacas secas cuando sí lo están para las de lactación, así que, si hay un grupo delicado, es el de preparto y el de posparto, y por extensión, todo el periodo seco.
En una estrategia contra el estrés por calor, la sala de espera es el sitio más eficiente para enfriar una vaca o evitar que se caliente, porque todas están juntas y es muy rentable poner sistemas allí. La segunda estrategia es instalar sistemas adecuados para vacas antes del parto y en el primer mes después de parir.
¿Qué significa la política de cero cojeras preparto y por qué se considera un objetivo alcanzable dentro del manejo de la transición?
Todas las granjas van a tener cojeras; no conozco ninguna que no las tenga. Obviamente, todo el mundo quiere tener pocas y, durante años, se hicieron muchos esfuerzos para reducirlas trabajando con las vacas en lactación. Como ahora estamos viendo que el impacto se origina en el periodo de transición, sabemos que no podemos rebajar a cero las cojeras de toda la granja; eso es imposible, pero sí podemos hacerlo en el lote de preparto.
Podemos enfocar muchos recursos en esas vacas secas, que suelen ser pocas, un porcentaje limitado del rebaño. Sabemos dónde están, las podemos controlar, no van a la sala de ordeño... así que eliminamos ya muchos riesgos. La política cero significa no permitir ninguna vaca coja antes del parto, lo que nos va a dar mucho rendimiento después.
Los productores tienen miedo de hacerlo porque piensan que están desatendiendo a las vacas en lactación, cuando en realidad, con una política cero en el preparto, no van a tener cojas en la lactación. Es difícil convencerlos, pero cuando lo hacen ven resultados muy rápido.
¿Cuáles son las reglas de oro del manejo de la transición y por qué son determinantes para prevenir?
Este es un tema importante; podríamos hacer una presentación entera al respecto. Desde el año 2007, más o menos, se estudió con intensidad cuáles eran los factores que realmente influían en tener una transición adecuada. Es independiente de la calidad de la granja: una granja con malos resultados productivos puede tener una buena transición y una con buenos resultados puede tener una transición mala; por tanto, se puede aislar el trabajo.
Hay cinco cosas fundamentales en este periodo. La primera es proporcionar el espacio de comedero adecuado: los americanos hablan de unos 75 centímetros de espacio lineal para cualquier vaca alojada en el lote de preparto o posparto.
El segundo factor, que según el tipo de explotación puede dividirse incluso en dos, es la anchura y la base del cubículo. Lo más importante es la base: si es confortable, el resto del cubículo influye solo un 50 %, aunque, obviamente, hay que intentar hacerlo todo bien.
El tercer punto son los movimientos sociales. Las vacas son animales de rebaño, les gusta moverse juntas y tienen jerarquías. Movimientos frecuentes de un lote a otro, más de cada dos o tres días, no permiten el reajuste social: están siempre con un nivel de estrés elevado por la entrada continua de animales nuevos que deben conocer y con los que deben ajustarse.
Relacionado con esto, las vacas entre el día 2 y 10 antes del parto son muy sensibles al aumento de estrés. Por eso, los movimientos deberían hacerse o bien antes de 10 días antes del parto, o justo después de parir. Hay muchas estrategias hoy en las granjas para adaptarse a este tipo de movimientos.
Y lo último: no se pueden tener cojeras. La cojera es uno de los factores primordiales de cambio de comportamiento. No es solo que tengan dolor o lesiones que consumen recursos para la curación, sino que tampoco van al comedero y eso cambia totalmente su comportamiento. De ahí la política cero antes del parto.
¿De qué manera pueden los nutrólogos contribuir a la prevención de cojeras mediante la formulación de raciones o el control de la inflamación subclínica?
Los nutrólogos conocen ya muchas estrategias para alimentar vacas en transición. Las estrategias para prevenir hipocalcemia subclínica, por ejemplo, permiten formular dietas con un balance catión-anión adecuado y ajustar el calcio. También pueden reservar alimentos de mayor digestibilidad para ese periodo en que las vacas están empezando a entrar en una dieta nueva.
Pero la estrategia más probada es la utilización de minerales, específicamente zinc, cobre, manganeso y cobalto, para la prevención de cojeras. Con las fuentes que utilizamos, lo que hacemos es disminuir la inflamación subclínica en el lote de preparto, lo que evita un recambio demasiado intenso de las estructuras del casco. Así ahorramos energía para la producción de leche y preservamos la calidad de las estructuras dentro del pie. La estrategia con minerales traza es una de las que llevamos probando desde hace unos cincuenta años.
¿Cuáles son los principios básicos de recorte funcional al secado y por qué es esencial una revisión posterior?
De nuevo, volvemos a la idea de que las vacas durante la transición son las que tienen el riesgo de recibir todo el impacto, tanto mecánico como inflamatorio. El trabajo hecho con los podólogos en España y en el resto del mundo durante muchos años ha sido entender bien cuál es el abordaje al recortar un pie y cuáles son los puntos que no se deben saltar. No vale todo.
Si lo tuviera que resumir muy rápido, diría que hay que preservar el talón de la medial o el talón de la lateral en las patas delanteras y hacer un buen acanalado axial que permita prevenir úlceras de suela. Eso, junto a un balance adecuado de los dos dedos y preservando el grosor de la suela, casi siempre permite arreglar una vaca adecuadamente. No hace falta hacer más; el problema es que normalmente hacemos demasiado.
¿Por qué revisar vacas durante el secado? Porque algunas llegan con lesiones y sabemos que la transición es crucial para que lleguen sanas. Si se arregla una vaca con un problema clínico, en dos semanas se debería revisar. El objetivo es que en el lote de preparto no exista ninguna lesión activa. Cuando conseguimos eso, empezamos la lactación sin riesgo de lesiones nuevas, y eso es lo que nos va a dar la tracción productiva después.
Pese a la incidencia alta de problemas, los podólogos están cada vez más profesionalizados. ¿No es cierto?
Definitivamente. Contar con un buen podólogo es una de las partes más importantes de un programa de prevención de cojeras. Y, si le damos la vuelta, un podólogo malo puede arruinar una granja.
La exigencia ahora es mayor. De hecho, ya no son solo podólogos, son especialistas en salud podal. Pueden ayudar a adecuar otras partes del manejo, la frecuencia y aplicación de los baños, la organización general y también ayudar al ganadero a decidir, según las condiciones de la granja, cuándo es el mejor momento para recortar. Todas esas decisiones pueden tomarlas junto con el podólogo, que, como digo, cada vez son mejores.
Pero aún queda trabajo de unificación y eso es lo que están haciendo muchas asociaciones: intentar que todos los podólogos tengan una base mínima de conocimiento para recortar adecuadamente. A partir de ahí se pueden montar programas más precisos, como el arreglo de novillas antes del parto —que, si el podólogo no es bueno, es mejor no tocarlas— y el arreglo de casos clínicos.
Hay que recordar que los podólogos no siempre tienen una formación específica: muchos sí son veterinarios, pero los que llegan nuevos necesitan adquirir conocimiento anatómico y de resolución de lesiones para entender hasta dónde pueden llegar en un recorte; si no, normalmente, se quedan cortos porque tienen miedo de avanzar demasiado.