Senegal, Colombia, Marruecos, Argentina, Uruguay… la variedad de nacionalidades que reúnen las personas que, de una manera u otra, se desempeñan dentro del sector lácteo en España no ha hecho sino aumentar en los últimos años. Es inevitable e imprescindible: la falta de trabajadores es un problema que venimos arrastrando desde hace tiempo y, si no fuese por ellos, serían muchos los negocios que tendrían que echar el cierre. Sobre sus historias vitales y sobre su implicación en el trabajo hablamos a continuación. Más en Vaca Pinta 54.
Hace tiempo ya que los trabajadores migrantes se constituyen como una pieza esencial del engranaje que mantiene vivo el sector lácteo en diversos puntos del mapa y nuestra región no es una excepción. Según los últimos datos del Observatorio Permanente de la Inmigración, la producción agraria es uno de los sectores con mayor proporción de personas migrantes entre sus trabajadores en España, junto con los servicios del hogar y la hostelería. Las razones son múltiples, pero todas apuntan a una misma realidad: sin ellos, muchas ganaderías no podrían continuar.
En un contexto de envejecimiento demográfico, despoblación rural y creciente falta de relevo generacional, la llegada de este segmento de población no solo garantiza la viabilidad de muchas granjas, sino que contribuye a revitalizar comarcas enteras.
Frente a los discursos de odio que se esfuerzan en hacer ruido, hoy queremos celebrar los múltiples y mayoritarios gestos de comprensión y bienvenida que ofrecemos a quienes llegan a nuestro país y, a través de varias historias personales, nos acercamos a trayectorias de migrantes que, con distintas cualificaciones y desde diferentes orígenes, han encontrado en el sector lácteo nuevas oportunidades y han devuelto con trabajo, conocimiento y compromiso la acogida que se les ha brindado.
SAT PROLESA, UN CASO EJEMPLAR EN CUANTO A GESTIÓN DE PERSONAL
La de SAT Prolesa es la historia de un modelo de producción cooperativa que ha sabido adaptarse al paso del tiempo. Se creó a principios de los años 2000 como un proyecto colectivo impulsado por catorce ganaderos de la zona de Sarria (Lugo). “A finales de 2006 conseguimos reunir todos los animales en las nuevas instalaciones”, recuerda Román González, veterinario y encargado de la granja. Hoy quedan diez socios en activo, aunque solo dos trabajan directamente en la granja y un tercero está de baja; el resto, ya jubilados, permanecen como socios capitalistas.
La granja desarrolla todo el ciclo productivo, desde terneras hasta animales adultos. Actualmente manejan unas 600 vacas, 550 de ellas en ordeño; unas 300 novillas y entre 20 y 30 animales de cruce. La actividad diaria se organiza en dos turnos, con tres ordeños al día y una sala rotativa de 40 puntos que requiere un equipo mínimo de tres personas por ordeño.

ORGANIZACIÓN DE LAS TAREAS
En total, Prolesa cuenta con trece trabajadores: once operarios de granja y dos técnicos. La organización de los turnos busca combinar eficiencia y bienestar laboral. El equipo se divide en dos bloques: el de mañana se desempeña durante cinco días a la semana, mientras que el de tarde concentra sus 40 horas en solo cuatro días. Las rotaciones permiten que, de media, cada trabajador libre un fin de semana de cada dos, salvo quienes pactan otros arreglos. “Hay quien prefiere trabajar los fines de semana y descansar entre semana”, explica Román. La flexibilidad es parte del acuerdo informal que promueven: “La clave está en adaptarse mutuamente: la granja al trabajador, y el trabajador a la granja”.
Cuando Román se incorporó a Prolesa en 2008, la mayoría de quienes estaban en la granja eran socios. “No hacía falta casi coordinar nada. ¿Quién va a estar más interesado en que esto funcione que el propio dueño?”, recuerda. Con el tiempo, la plantilla se amplió y llegó personal externo. Ese cambio obligó a crear una figura de coordinación, tarea que hoy asume Román por completo. La gestión de personal se convirtió en una responsabilidad central, sobre todo ante la creciente rotación y la dificultad para retener perfiles estables. “No todo el mundo que entra se adapta. Hay gente que se queda durante años, y otros que no pasan del primer mes”. A medida que crece el tamaño de la granja, también lo hace la necesidad de una estructura clara, capaz de organizar tareas, motivar equipos y armonizar los intereses personales con las exigencias del trabajo diario.
CONFLUENCIA DE NACIONALIDADES Y CULTURAS
En Prolesa conviven personas de procedencias muy distintas: Ghana, Senegal, Marruecos, Colombia, Cuba, Perú, Argelia... y también de distintos puntos de España, como Galicia o Madrid. “Esto es como la ONU”, bromea Román. Actualmente, ocho de los trece trabajadores de la granja son migrantes. Pero más allá de los pasaportes, lo que define el ambiente es la actitud. “Nunca hemos tenido grandes problemas de convivencia. Hay gente que se lleva mejor y gente que se lleva peor, pero no tiene que ver con nacionalidades, esto también nos ocurre entre los que nacimos aquí”.
La diversidad no solo ha sido asumida, sino que ha acabado modelando el funcionamiento de la propia granja. Algunas adaptaciones fueron necesarias desde el principio: “Recuerdo el primer ramadán. Era julio y pensé que sería mejor que uno de los chicos que lo estaba haciendo no trabajase por la tarde, por su salud, así que tratamos de adaptarnos”. Con el tiempo, este tipo de ajustes se han ido integrando como parte de la rutina.
Independientemente de la procedencia, para Román la clave es entender que todos tienen una vida más allá del establo: “Hay gente que quiere disfrutar de su hijo, otros que necesitan entrenar con su equipo... Si no cuidas eso, por muy bien que pagues, no se quedan”. La convivencia, insiste, se construye desde la empatía. “Yo no tengo inmigrantes trabajando. Tengo compañeros”. La mayoría de estos compañeros, además, no solo trabajan: construyen aquí su vida. Algunos ya han conseguido la nacionalidad, otros han comprado vivienda en la zona. Y todos, con mayor o menor dificultad, han encontrado un sitio dentro del engranaje del negocio.
PROCESO DE CONTRATACIÓN Y LABOR FORMATIVA
La manera en que Prolesa capta nuevos empleados ha evolucionado con el tiempo. Hoy el principal canal es el boca a boca. “La mayoría llegan recomendados por alguien que ya está con nosotros”, explica Román. Así fue como entraron muchos: a través de amistades, del equipo de fútbol local o de familias que acogen a jóvenes migrantes recién llegados. El entorno social actúa como red de integración laboral, especialmente en una comarca donde las opciones son limitadas y la mano de obra cualificada escasea.
En el caso del personal técnico, como veterinarios, el proceso es más formal, pero para los operarios de granja, la clave es encontrar personas con ganas de trabajar y capacidad para adaptarse y, hablando del discurso habitual que los vincula a subvenciones y “paguitas”, cuenta González que, en el caso de esta granja, “ninguno nos llegó con ningún tipo de ayuda. Es más, quienes acudieron a nosotros llegaron diciendo: ‘Necesito trabajar’”.
Prolesa no cuenta con un plan de formación reglado, pero sí con una estructura de aprendizaje práctico que funciona como una especie de transmisión oral del oficio. Los nuevos comienzan siempre por el ordeño, que es la tarea esencial y la que más manos requiere. “De ahí pasan a la recría y después ya van asumiendo otras tareas”, explica Román. Eso sí: todos, sin excepción, deben aprender los tres puestos de la sala.
Esta primera etapa formativa es esencial, ya que, en la mayoría de los casos, quienes empiezan no traen nociones previas. En la práctica, el aprendizaje se da en el puesto, junto a compañeros con más experiencia. “Tenemos perfiles como Anselmo, uno de los socios, que lleva muchos años y forma a los nuevos sin problema. Si lo hacen como él, sabemos que lo están haciendo bien”. La formación técnica, como protocolos sanitarios o ajustes en la alimentación, la lidera Román.
El ritmo de aprendizaje es desigual. Los hay que en quince días ya pueden cubrir un puesto básico, pero que tardan meses o incluso años en asumir responsabilidades o adquirir criterio técnico. “Lo más difícil de enseñar es el ojo clínico. Ver que una vaca no está bien, que un ternero va a enfermar… Eso no se aprende en una semana. Hay gente que nunca lo desarrolla”, admite.
RETOS Y BARRERAS
El idioma es, en muchos casos, el mayor factor que condiciona el aprendizaje. “Hay dos o tres chicos a los que les cuesta mucho leer y a veces no te entienden bien cuando les hablas". Este tipo de situaciones generan riesgos laborales y operativos, especialmente cuando se trata de protocolos sanitarios o de manejo de animales. “Eso es peligroso. A lo mejor ocurre que no se atreven a preguntarte las dudas, entonces tienes que estar atento".
Román recuerda con admiración los casos de quienes aprendieron castellano sin haber pasado por una academia, solo con esfuerzo y voluntad, y destaca la capacidad de adaptación de la mayoría: “Hay gente que llegó sin saber nada y ahora entiende perfectamente. Eso tiene mucho mérito”.
Más allá de la formación o la motivación, hay obstáculos que escapan a la voluntad de los trabajadores y de la propia granja. Uno de los principales es el acceso a la vivienda. En Sarria, la presión del turismo ha encarecido y reducido la oferta disponible. “En verano es casi imposible alquilar algo. A veces están en pisos turísticos durante el invierno, pero cuando llega junio tienen que buscarse otra cosa”, señala Román.
En Prolesa no proporcionan alojamiento, pero sí acompañan a los trabajadores en el proceso: acuden con ellos a inmobiliarias, les explican cómo presentar un contrato y, en casos puntuales, interceden con los bancos. “Uno de los chicos que tenemos con nosotros decidió que quería comprar y lo acompañamos para darle apoyo y sí hubo el caso de un banco que fue reticente a concedérsela por ser extranjero; pero vamos, que formalizó la hipoteca con otra entidad y ya lleva tres años pagándola”, explica.
El transporte es otra dificultad, sobre todo para quienes no tienen carné. En esos casos, suelen organizarse entre compañeros. “El que tiene coche sube al que no lo tiene. Nunca ha habido problema con eso y, además, a medida que se estabilizan, muchos empiezan a preocuparse por sacarse el permiso de conducir".
A todo esto, se suman los trámites legales. “Hemos tenido varios casos de gente que llegó sin papeles. Hasta que no pasan tres años, no pueden regularizar su situación. Y luego hay que presentar precontratos, esperar la respuesta de Extranjería... Puedes tardar tres meses en poder dar de alta a una persona”. La colaboración institucional, dice Román, es prácticamente inexistente. “En nuestra experiencia, ni ONG ni la Administración hacen mucho. La gente que llega lo hace sola. Y si encuentra trabajo, es porque alguien, como nosotros, decide darles una oportunidad”.
En Prolesa, como en muchas otras granjas, la contratación de trabajadores migrantes se enfrenta a un marco legal que suele llegar tarde respecto a las necesidades reales. “Nos ha pasado varias veces: tienes a una persona con muchas ganas de trabajar, pero no tiene papeles. ¿Qué haces? ¿Le das la espalda o buscas cómo ayudarle a regularizarse?”, se pregunta Román. La respuesta en su caso ha sido siempre intentar acompañarlos en ese proceso.
GESTIÓN MULTICULTURAL
Román apuesta por un liderazgo basado en el respeto y el ejemplo: “La gente tiene que respetarte, no temerte. El látigo quizás funcione a corto plazo, pero a la larga solo genera rechazo”.
Ese equilibrio entre autoridad y cercanía no siempre es sencillo. “Tienes que exigir, pero también necesitas que la gente esté a gusto. Si tú das cuando te piden, cuando tú pides, normalmente te lo devuelven”. Para él, esa es la clave del compromiso mutuo. Lo comprobó hace poco, cuando el equipo decidió quedarse hasta que finalizase un turno de podología que, debido a las altas temperaturas de la tarde, se alargó hasta las tres de la madrugada. “Simplemente se quedaron porque les pareció lo correcto. Eso solo pasa si hay una relación de confianza. Intentamos mantener un ambiente de respeto y compañerismo”.
Para Román, el debate sobre el empleo extranjero no admite equívocos: “Prescindir de ocho millones de trabajadores migrantes en España es imposible. Este país colapsaría”. Habla desde la experiencia de alguien que convive a diario con ellos y que ha visto de cerca su implicación, su esfuerzo y su capacidad de adaptación. “La mayoría viene a trabajar, no a otra cosa. El que viene a delinquir no lo hace en patera, precisamente”.
Más allá de lo laboral, su visión tiene un componente ético claro. “Es inmoral negarles el acceso al trabajo. Muchos de los que hoy critican la inmigración, si escarbas un poco, tienen abuelos o padres que fueron emigrantes”. Él no ve extranjeros en su equipo, sino compañeros: “Son personas. Algunos conocen a mis hijos, compartimos tiempo. Hay una relación de confianza. No hay diferencias”.
Román no idealiza la situación: reconoce las dificultades, los choques culturales y los límites del sistema, pero tiene claro que, sin ese equipo diverso y multicultural, Prolesa no podría seguir funcionando. “¿Quién haría este trabajo si no? ¿Los españoles con carrera? Muchos prefieren otras cosas. Y está bien. Pero entonces no criminalicemos a quien sí lo hace. Esto no va de nacionalidades. Va de personas que trabajan y que merecen respeto”.
FÚTBOL EN LA SARRIANA Y PRODUCCIÓN LÁCTEA EN PROLESA
Arona Sané llegó a España con 14 años, desde Senegal, para jugar al fútbol. Fue el Atlético de Madrid quien lo descubrió en un campus en su país natal. Pasó diez años en la cantera del club rojiblanco, donde se formó como futbolista y como persona. “Crecí en Madrid. Llegué siendo un niño y allí me hice adulto. Fue una de las mejores experiencias de mi vida”.
Su trayectoria deportiva lo llevó después al Deportivo Alavés, a una cesión en Croacia y a clubes de fútbol semiprofesional como el UP Langreo, el Alondras FC de Cangas o el Viveiro FC. Fue precisamente desde este último que dio el salto a la SD Sarriana, en un momento clave para el equipo: “Vine cuando quedaba un mes para acabar la temporada, estaban primeros y querían ascender. Les eché una mano y al final me quedé”. Dos años después, Sarria se ha convertido en su casa.
Pero su vida en Galicia no se construye solo en el campo de fútbol. Arona trabaja cada mañana en SAT Prolesa y, aunque no había manejado animales con anterioridad, asegura que la adaptación fue buena. “Al principio cuesta, pero cuando aprendes a moverte y entiendes cómo va, se te hace más fácil".
“Él me dice que dejaría antes el fútbol que su puesto aquí. Cuando llegó a Sarria, él mismo fue el que dijo que necesitaba otro trabajo, para complementar el fútbol, y contactó con nosotros a través del presidente de la Sarriana”, apunta Román.
HACIENDO EQUIPO DENTRO Y FUERA DEL CAMPO
La suya es una jornada intensa, que arranca a las seis de la mañana, y, aunque el contraste entre la vida de jugador y la rutina en la granja podría parecer abrupto, Arona ha sabido encontrar el equilibrio. “Es verdad que desgasta. Sales de trabajar y a veces tienes que ir corriendo a entrenar sin apenas haber comido. Pero te acostumbras”. El esfuerzo se hace más llevadero con el apoyo del equipo humano que lo rodea. “Aquí los compañeros ayudan mucho. Convivimos cada día, compartimos muchas cosas. Al final algunos se vuelven amigos”.
En la granja ha descubierto también habilidades inesperadas, como poner inyecciones al ganado. “Eso nunca pensé que lo aprendería. Pero aquí, estando con Román, con Anselmo, con Luis, vas aprendiendo. Poco a poco te atreves y lo haces. Es de lo que más me ha sorprendido de las cosas que hago aquí”. También destaca que, al empezar, le llamó mucho la atención el aspecto y la capacidad productiva de estos animales: “Nunca había visto vacas así y no sabía que daban tantos litros de leche, eso fue lo más sorprendente al principio”.
Para él, el trabajo en Prolesa y el fútbol son ahora sus dos pilares. “Mi vida es esto: trabajar aquí y jugar en la Sarriana. Hasta donde llegue”.
“Ha luchado mucho”, afirma Román. “Tenía a su hijo en Senegal, lo fue a conocer cuando nació y ahora por fin ha conseguido traerlos a él y a su mujer legalmente. Es un chico que se lo curra y tengo que decir que, igual que sus compañeros del fútbol dicen que es un fenómeno haciendo vestuario, aquí también es un fenómeno haciendo equipo. Se lleva bien con todo el mundo, genera buen rollo y cuando vienen mal dadas siempre está con una sonrisa, animando”, valora el encargado de Prolesa.
La decisión de asentarse con su familia en Sarria fue natural: “Aquí estoy muy bien. No lo digo por chulería, pero a mí se me quiere mucho, y también yo quiero mucho al pueblo sarriano”. Aunque su carrera deportiva no alcanzó las cimas que soñaba de niño, Arona se muestra satisfecho con el camino recorrido. “No llegué donde quería, pero estoy contento. Hice lo que tenía que hacer y eso me deja tranquilo. Di muchas vueltas, pero estoy feliz con lo que he hecho y con donde estoy”.
Después de más de una década en España, se mueve con naturalidad entre distintas culturas. “Al final, cada uno tiene su carácter, pero conviviendo cada día te acostumbras a los defectos del otro, coges cariño. Y eso facilita todo”.
No ha vivido episodios de discriminación directa, ni siquiera en los campos de fútbol, aunque es consciente de que el rechazo a veces flota en el aire. “Nunca me encontré con algo así, pero si alguien me dijera que siente que otros vienen a quitarle algo, le diría que no creo que las cosas funcionen de esa manera. Cada uno, si hace lo que tiene que hacer, tendrá lo que le corresponde”.
ECHAR RAÍCES EN SARRIA
El Moulodi El Ghabra vive en Sarria desde 2006. Vino desde Marruecos con un contrato de trabajo y empezó desempeñándose en la construcción. En 2018, cuando ya llevaba más de una década asentado, hizo un curso de jardinería y desbroce en una entidad local. Allí una de las responsables le habló de SAT Prolesa. Así llegó a la granja, sin experiencia previa con animales, y cuenta que superó los primeros días con paciencia y ganas: “El principio es duro, sí, pero después vas cogiendo el ritmo”, resume. Hoy está plenamente integrado en el trabajo, destaca que se lleva bien con todos los compañeros y valora especialmente el ambiente laboral: “Yo estoy muy contento, no tenemos ningún problema con los jefes ni con nadie. Y cuando necesitamos cualquier cosa, Román siempre trata de ayudar”.
“Moulodi lleva ya más de ocho años aquí”, calcula González. “Contactó directamente con nosotros y tan pronto como hubo posibilidad lo incorporamos. Creo que se adaptó muy bien”.
También su vida personal se ha asentado en esta villa. “Tiene a su familia en Sarria, están completamente integrados, son tan sarrianos como cualquiera, vaya”, resume Román.
“Nos gusta vivir aquí. Mi vida mejoró en estos años, sin duda: he formado una familia, tengo niños y un trabajo fijo”. Se siente bien recibido por la comunidad local y nunca ha percibido rechazo por su origen. “Llevo desde 2007 en Sarria y todo va bien. Me saluda la gente, lo normal, ¿no? Nuestra vida está aquí”.
UN TALENTO INESPERADO DEL BASKET
La historia de Adama Diop es distinta. De origen senegalés, llegó a Canarias después de cruzarse el océano en una patera en 2023 con apenas 20 años. Después fue trasladado por las autoridades a distintos centros de acogida, primero en Tenerife, después en Madrid y finalmente en Santiago. Allí vivió brevemente en un centro para jóvenes migrantes, hasta que lo expulsaron y quedó a su suerte. Fue un entrenador de baloncesto el que le tendió la mano. “Él fue quien me presentó a Manolo y a su mujer, quienes me acogieron durante un mes en Vedra. Me lo daban todo: comida, vivienda, me ayudaron a buscar trabajo... de todo”, recuerda Adama.
Entre medias, empezó a desarrollar su talento para el baloncesto. Había empezado a jugar en los patios del centro de acogida. Un día, uno de los responsables le presentó a Adrián, un entrenador local. Así comenzó a entrenar con el ADB Fontiñas de Santiago. Más tarde, Adrián le ayudó a trasladarse a Sarria y a incorporarse al CB Sarria. Su llegada a la granja vino a través de un contacto familiar: “Manolo es amigo del padre de Román. Les habló de mí y gracias a eso estoy trabajando aquí”.
"Actualmente se encuentra en proceso de regularización, todavía está gestionando su solicitud de asilo y trámites relacionados", cuenta Román, quien explica que tiene un carácter bastante tímido, si bien "en el ámbito laboral su desempeño es excelente: nunca tiene inconvenientes con los turnos, se adapta sin problema a trabajar de mañana, de tarde o cuando sea necesario".
Su vida en Senegal era difícil, explica. Era el mayor de varios hermanos y sentía la obligación de ayudar a su familia, pero no encontraba la forma. “Vengo para trabajar, de verdad”, repite Adama varias veces. Y lo hace. Aunque el trabajo con vacas era completamente nuevo para él, su compañero Arona Sané le ayudó con los primeros pasos: “Hablamos el mismo idioma, así que fue más fácil que me explicase las cosas". Su jornada incluye ordeño, alimentación de terneras, tareas de limpieza y asistencia general. Dice que le gustan especialmente los animales más pequeños: “Prefiero las terneras, darles leche y cuidarlas”.
Adama vive solo en una casa compartida y se está acostumbrando a la rutina. En tanto que no se retoman los entrenamientos, aprovecha el verano para seguir practicando y sueña con “crecer y seguir jugando al baloncesto y trabajando para ayudar a mi familia”. Ha comenzado a estudiar español y, aunque echa de menos su hogar, está convencido de que tomó la decisión correcta. “Nosotros solo venimos para trabajar y para ayudar a la gente que lo necesita. No estamos aquí para quitar nada. El mundo es de todos. Todos somos hermanos”.
EMIGRACIÓN CON TODA LA FAMILIA
Edwin Vega, colombiano, llegó hace casi seis años. Lo hizo “a aventurear”, como él dice, y decidió quedarse. Al principio trabajó en la madera, como motosierrista. Hace pocos meses entró en SAT Prolesa, recomendado por un amigo que también está en la granja, tal y como explica el encargado. Sus tareas principales son ordeñar, cuidar a los animales jóvenes y mantener las camas limpias. No era su primer contacto con el sector: cuando estaba recién llegado a España, colaboró en una granja como ayudante de limpieza.
La adaptación al principio fue compleja y cuenta que el idioma le resultó un desafío. “El gallego se me complicaba al principio”. Hoy ya se desenvuelve mejor y valora tanto el trabajo como el entorno. “Estamos a gusto con los jefes. Ya nos adaptamos". Vive en Sarria con su esposa y sus dos hijos y cuenta que, evidentemente, tomar la decisión de emigrar fue difícil: “Cerrar una vida, cruzar el Atlántico y empezar de cero fue complicado, pero ahora estamos mejor”.
Su motivación principal fue doble: por un lado, buscaba mejores oportunidades laborales. Por otro, se vio obligado a desplazarse por la inseguridad: “Había mucha delincuencia, especialmente en la zona en la que vivíamos. Por miedo a que le pasara algo a la familia, tocó salir”. Comparando ambas experiencias, dice que el trabajo en Colombia era más pesado, más largo y con peores condiciones.
Edwin rechaza también los estigmas sobre los trabajadores migrantes: “Como decimos en Colombia, ‘por uno pagamos todos’, pero no somos todos iguales. Venimos personas de bien que queremos salir adelante y luchar por nuestros sueños”.
MUXINDO O FUTURO: UN PROYECTO FORMATIVO CON BASE SOCIAL
Cinco jóvenes de Mali y Senegal son los primeros participantes del programa “Muxindo o Futuro”, una iniciativa impulsada por Naturleite en colaboración con Cruz Roja para formar a personas migrantes en tareas propias de las ganaderías de vacuno de leche. El objetivo es doble: responder a la falta de mano de obra especializada en el campo gallego y facilitar la integración laboral y social de quienes buscan un futuro mejor en Galicia.
Durante cuatro semanas, los participantes reciben formación teórica sobre el manejo del ganado, el funcionamiento de las explotaciones lácteas y los procesos productivos. Pero la clave está en la práctica, motivo por el que se integran en granjas proveedoras de Naturleite, donde colaboran en el ordeño, la alimentación del rebaño y el cuidado diario de los animales.
La experiencia es positiva tanto para los alumnos como para los ganaderos. “Aquí hay trabajo y ganas de enseñar. Solo falta que venga gente con interés por aprender”, señalan los productores participantes.
María Jesús Peteira, directora general de Naturleite, subraya que "Muxindo o Futuro" forma parte del compromiso social de la empresa: "Esta iniciativa refleja nuestra apuesta por el desarrollo sostenible del territorio”. Por su parte, desde Cruz Roja insisten en que el modelo funciona: “Creamos oportunidades reales en un sector con alta demanda y eso beneficia a todos”.
PASIÓN POR LAS VACAS DE ARGENTINA PARA EL MUNDO
El caso de Josefina Riestra es radicalmente opuesto. Egresada de la Facultad de Ciencias Veterinarias de Esperanza (Argentina), cruzó el charco con un contrato laboral ligado directamente a su formación académica. Actualmente ofrece asesoramiento técnico y comercial para ABS en Galicia y, con anterioridad, trabajó para DeLaval en Andalucía.
“España es hermosa. La calidad de vida que uno tiene aquí es increíble”, afirma. No se arrepiente, pero reconoce que el camino no siempre fue sencillo. “Lo que más me cuesta es adaptarme a la gente al llegar a un lugar nuevo. Ellos ya tienen su vida, sus rutinas. Uno entra como de afuera. Pero no me puedo quejar: tanto en Andalucía como en Galicia encontré grupos que me hicieron sentir parte. El otro día, estuve de visita en el sur y volvieron a reunirse para hacer un asado solo porque yo estaba por allá. Para mí fue emocionante”.
Aun así, la morriña, cuenta, le pesa. Josefina viaja sola y deja en Argentina a toda su familia, incluidos tres sobrinos pequeños. “Cuando te dicen: ‘Tía, ¿cuándo venís?’, es difícil”.
UNA IDIOSINCRASIA SIMILAR
Su llegada a España fue más sencilla gracias a la ciudadanía italiana. “Hay muchos argentinos con ciudadanía italiana o española. Eso facilita todo el tema de los papeles”, explica. Además, reconoce que culturalmente las costumbres no son tan distintas: “No es un cambio tan grande como cuando estuve en Nueva Zelanda, donde la diferencia era enorme. Allá viví con una pareja: ella, ecuatoriana; él, neozelandés. Y mientras nosotras cenábamos, él tocaba la guitarra en otra habitación. Para mí, el domingo es en familia. Ellos son más cerrados. En eso, España y Argentina somos parecidos: nos gusta compartir”.
En Galicia, el idioma fue otro desafío, aunque lo tomó con humor. “No hablo gallego, pero después de seis meses te acostumbrás. Muchas palabras son parecidas. Ellos me hablan en gallego, yo les contesto en castellano. A veces mis compañeros empiezan en castellano y terminan en gallego sin darse cuenta. Ya ni noto la diferencia. Mientras nos entendamos, no hay problema”.
En su día a día en granjas, observa la multiculturalidad en el trabajo. “Hay mucha gente extranjera y, a veces, se producen choques culturales: lo que para uno es normal, para otro no. Creo que es parte de la rutina en el campo hoy”.
Hablando de los desafíos en cuanto a la gestión de personal, Josefina no juzga, pero señala que sí comprende a los ganaderos cuando hablan de problemas de responsabilidad. “Me dicen: ‘Hoy no viene el empleado y me avisa a la mañana misma’. Imaginate organizarte así. Por eso entiendo que muchos opten por la robotización: el robot no falla. Pero también creo que no se puede generalizar. No depende del país: depende de la persona”.
LA MOTIVACIÓN TRAS LA DECISIÓN DE EMIGRAR
Su reflexión sobre migración va más allá. “Irse es muy difícil. Si uno se va, es porque tiene ganas de hacer. Si no, te quedás en tu casa. Entonces, si dejás todo —tu familia, tu vida—, es porque buscás algo mejor. Y eso no siempre es fácil. Hay días hermosos, sí, pero hay otros que no tanto. Yo soy fanática de las vacas, esa es mi pasión. Mientras haya vacas, estoy feliz, pero no les voy a mentir: hay momentos en los que me pregunto si vale la pena”.
El contexto argentino también empuja. “Hemos vivido años difíciles. Ahora parece que hay un cambio, vamos a ver. Yo me fui hace un año y medio. Hoy veo que se va más gente de la que entra. Muchos hacen pasantías porque Argentina es hermoso, pero para vivir y trabajar es complicado. Solo hay que ver los grupos en redes: ‘Argentinos en España’, ‘Argentinos en Galicia’. Mi hermana está en Alemania me cuenta que hay fiestas argentinas allá. Es un fenómeno. Y muchos son profesionales que quieren aprender, hacer experiencia y ver qué pasa después”.
Josefina también habla de la burocracia, uno de los grandes muros para quienes buscan oportunidades en Europa. “Primero, los papeles. Después, encontrar a alguien que confíe en vos y te haga un contrato. Porque es más fácil contratar a un europeo. Conozco mucha gente que quiere venir y se pasa meses buscando documentación. Pero sigo pensando: si hay quien tiene ganas de trabajar y acá falta mano de obra, ¿por qué no facilitarlo?”.
Su experiencia en Argentina con la llegada de venezolanos refuerza su idea: “Venían por necesidad, pero con muchas ganas. Te agradecían el trabajo y lo hacían bien, con responsabilidad. Lo normal es preferir eso antes que alguien que no quiere trabajar. Para mí, no depende de dónde seas, sino de las ganas que tengas".
DESDE URUGUAY PARA FORMARSE EN NUTRICIÓN ANIMAL
Alejandro Acosta es otro caso de profesionales formados que llegan para reforzar el sector lácteo español. Tiene 27 años, es uruguayo y vino con un propósito claro: especializarse en nutrición animal y encontrar un lugar donde desarrollar su carrera profesional. Hoy trabaja como nutrólogo en la cooperativa CLUN, en la provincia de Lugo, y asegura que ha encontrado la estabilidad y el entorno que buscaba para seguir creciendo.
Formado como ingeniero agrónomo en la Universidad de la República, en Salto, su ciudad natal, Alejandro llegó hace casi dos años para cursar un máster en nutrición animal impartido por el CIHEAM Zaragoza y la Facultad de Veterinaria de la Universidad de Zaragoza. “España destaca en nutrición animal y este máster ofrecía un enfoque muy completo, con docentes de Europa y América, y una parte práctica con visitas a granjas y trabajo técnico de campo”, explica. Además del interés académico, el idioma compartido y la posibilidad de establecerse en un país con oportunidades en el sector también pesaron en la decisión.
En los últimos meses, la vocación por trabajar con rumiantes lo ha llevado a Galicia. “Vi una oferta en la que se buscaba un nutrólogo y contacté con ellos en una feria en Muimenta. Me entrevistaron y me pareció muy interesante el trabajo y la cooperativa en sí”, recuerda. En apenas tres meses se ha instalado en Ribadeo y ha comenzado una etapa que considera decisiva para su futuro.
TRABAJO ESTABLE EN CLUN
Su día a día como nutrólogo combina trabajo de campo y oficina. Por las mañanas se coordina con sus compañeros para planificar las visitas a las granjas. “Hablamos con el productor, escuchamos sus necesidades, vemos a los animales, sacamos muestras de ensilados o del unifeed… Esa información luego se analiza en la cooperativa y con ella se hacen formulaciones o se dan recomendaciones”, detalla. La relación directa con los ganaderos es una parte fundamental de su trabajo y reconoce que ha encontrado un ambiente muy receptivo. “La gente es muy abierta. En general, el diálogo es muy bueno y creo que eso también es mérito de la propia cooperativa, que se preocupa por formar bien a su equipo y generar confianza”.
Aunque esta es su primera experiencia laboral formal en España, ya había trabajado durante el máster en proyectos de investigación en la universidad. En Uruguay acumulaba experiencia en producción y nutrición, aunque vinculada a vacas de carne en sistemas extensivos, muy distintos a los gallegos. “Nunca había trabajado con vacas de leche. Es un desafío, pero también una oportunidad de aprender”.
La integración en un nuevo entorno no siempre es sencilla, reconoce. “Empezar sin conocer a nadie ni la zona te deja un poco en desventaja, así que intento preguntar mucho, hablar con todos, absorber información. No es por cuestionar, es por entender”. Con esa actitud abierta, Alejandro ha encontrado su sitio en la cooperativa y en la comunidad.
También reflexiona sobre los prejuicios que, a veces, acompañan a las personas migrantes en el mercado laboral. “Cuando alguien tiene ganas de trabajar, lo demuestra, sea de donde sea. Yo creo que hay lugar para todos. Y, además, una sociedad no se puede cerrar. En muchos países la emigración ha sido clave en su historia. En el mío también: Uruguay se formó en buena parte con gente de fuera”. Por eso considera que la inmigración puede enriquecer a las comunidades de acogida.
En su caso particular, no ha encontrado barreras administrativas. Posee la doble ciudadanía uruguaya e italiana, lo que le permite trabajar en igualdad de condiciones que cualquier europeo. Pero es consciente de que no todos tienen esa ventaja. “Conozco gente que ha tenido dificultades. Mi consejo sería buscar una empresa confiable, que valore tu trabajo y te ofrezca un contrato estable, para poder tramitar la residencia”.
Alejandro no fue el único estudiante extranjero en el máster. “Muchos de mis compañeros también lo eran. Eso también refleja la necesidad de personal cualificado. Si hay trabajos sin cubrir, si los productores buscan gente y no la encuentran, es porque falta mano de obra. Y no solo altamente capacitada, también con media o baja cualificación”.
Por ahora, se siente satisfecho, tanto por el entorno como por las posibilidades de desarrollo. “Es un trabajo fijo, en un ambiente de confianza, con recorrido por delante. Para mí, eso es clave”.