El desierto verde (mientras no arde)

Galicia sufrió este mes de agosto la peor ola de incendios desde que hay registros. A las regiones aledañas no les fue mucho mejor. Más allá de las hectáreas quemadas, el fuego ha vuelto a poner en evidencia el abandono rural y la falta de gestión territorial como causas estructurales, y ha dejado patente, por si todavía quedaban dudas, que el futuro del medio rural dependerá de reconectar sociedad y territorio, integrando prevención, gestión y compromiso social. Más en Vaca Pinta 55.

El verano de 2025 quedará marcado como uno de los más devastadores en la historia reciente de la península ibérica en términos incendiarios. La ola de incendios coincidió con temperaturas extremas y una sequía prolongada, lo que convirtió en brasas miles de hectáreas en Galicia, Castilla y León, Extremadura y Portugal. Las escenas de vecinos vigilando con preocupación el avance del fuego, de bomberos forestales y miembros de la Unidad Militar de Emergencias (UME) rodeados de llamas y de montes otrora verdes y frondosos, convertidos en paisajes ennegrecidos, fueron habituales durante las semanas centrales de agosto.

Pasadas las llamas, pasó la noticia, pero creemos que todavía es tiempo de escarbar la superficie de este problema para llegar al origen de la cuestión: qué arde, por qué arde y cómo evitar que vuelva a arder.

Los datos oficiales confirman un patrón claro: los grandes incendios forestales se concentran en las zonas de mayor abandono agrario, donde se acumula una biomasa continua de matorral y plantaciones forestales sin apenas gestión. Allí, en ese desierto verde, el fuego encuentra el combustible perfecto para avanzar sin control.

En contraste, los mosaicos agroforestales activos, los pastos con ganadería extensiva o los montes comunales con uso real han mostrado mayor capacidad de resistencia. Esa comparación obliga a replantear las prioridades: la extinción sigue siendo imprescindible, pero resulta insuficiente si el territorio permanece desatendido.

En este trabajo, os proponemos mirar más allá de la emergencia y situar el territorio vivo como la primera línea de defensa. Para ello, abordamos las claves de lo que arde y lo que resiste, el valor de la ganadería como herramienta de gestión, el papel de los montes comunales y la urgencia de revitalizar un medio rural que, de lo contrario, será cada vez más vulnerable. Las voces del catedrático Manuel Marey y del veterinario ourensano Pablo Óscar González nos guían en este recorrido que, si bien tiene una óptica en clave gallega, es claramente extensible a otros muchos territorios.

Ahora que las lluvias y el frío comienzan ya a borrar el recuerdo de las llamas, parece especialmente importante que no se nos olvide este verano negro para nuestro medio rural. Quizás así seamos capaces de aprender algo de lo ocurrido.

HISTORIA DEL AVANCE DEL FUEGO

“Si para algo han servido estos incendios, espero que haya sido para darnos cuenta de que la ganadería y la agricultura extensiva son parte de la solución”, dice Manuel Marey, catedrático del Área de Proyectos de Ingeniería de la Escuela Politécnica Superior de Ingeniería (EPSE) de la Universidad de Santiago de Compostela y coordinador del Grupo de Investigación ProEPLA, al preguntarle por la ola incendiaria de este verano.

Antes de la finalización de la campaña de 2025, los registrados hasta finales de agosto en Ourense ya permitían establecer comparaciones con las grandes olas anteriores. “Con respecto a las que llevamos analizadas —1989, 2005, 2006, 2017 y 2022—, los incendios de agosto de 2025 podrían ser los más típicos desde el punto de vista espacial y temporal”, explica.

En 1989, los fuegos afectaron a áreas poco habituales y más tardías en el calendario. En 2006 se concentraron en apenas una semana y en territorios sin tradición incendiaria, ligados al eje de la AP-9, en A Coruña y Pontevedra. En 2017, la ola golpeó Pontevedra, pero con una anomalía temporal al producirse en octubre. Y en 2022, se concentraron en O Courel y Valdeorras, con un origen fundamentalmente natural: tormentas secas.

Por contraste, los fuegos de este verano encajan en lo esperado desde el análisis estadístico. “Aquí sí que nos encontramos con una zona en la que tradicionalmente había incendios y en el momento del año en que normalmente acontecen. Podemos decir que esta ola responde al patrón estadístico común desde que hay datos”. Eso sí, Marey advierte de una diferencia: en décadas pasadas eran más, pero de menor dimensión.


M. Marey: “Durante generaciones nos acostumbramos a vivir de espaldas al medio rural. Cultivar las tierras era algo que no estaba bien visto socialmente. Y ahora esto es lo que tenemos, un territorio que responde a esa dejadez”

LAS CAUSAS DE LA ACTIVIDAD INCENDIARIA

El análisis histórico revela una fuerte actividad incendiaria en Galicia, aunque con un cambio de tendencia a partir de 2006. Las causas son múltiples y van desde las negligencias de particulares poco cautos hasta orígenes claramente intencionados. “Más allá de aquellos que son fruto de accidentes, básicamente tenemos que hablar de incendios provocados, no de pirómanos. La piromanía es una enfermedad mental y en realidad hay muy pocos casos de pirómanos forestales. Lo que sí que hay son incendiarios”.

El perfil del incendiario responde a motivaciones concretas: “Puede ser un interés por generar una actividad beneficiosa para él, asociada al pasto o a la caza. O simplemente porque es una forma de protestar ante cualquier circunstancia: una sentencia judicial o un problema con la Administración o con vecinos”.

LAS ZONAS MÁS SUSCEPTIBLES DE ARDER

El riesgo de incendios está presente en toda Galicia, pero no afecta por igual a todas partes. Marey remarca que “todos aquellos espacios abandonados, sin gestión, donde el territorio no está acondicionado por el ser humano y, sobre todo, aquellos en que no se ha tomado conciencia del riesgo de incendios, serían los más peligrosos”.

La abundancia de masa vegetal, favorecida por el clima y el suelo, constituye una ventaja productiva, pero también un peligro si falta actividad agraria o ganadera. “A medida que retiramos al ser humano de la gestión, Galicia sigue generando biomasa de forma descontrolada. Ahí es donde existe la mayor problemática”, explica el investigador.

Los datos confirman esta tendencia: cada vez hay menos superficie gestionada. “En Galicia, si analizamos cualquier índice de Gini espacial, observamos que las zonas de actividad territorial cada vez son más pequeñas. Estamos dejando a la naturaleza grandes superficies y todas ellas tienen un serio problema de gestión contra incendios”.

Más allá de la comunidad gallega, el fenómeno se concentra en un amplio corredor interior de la península ibérica. “Es la parte más abandonada que, a su vez, tiene la peculiaridad de generar biomasa”, señala Marey. La combinación de abandono, suelo fértil y clima propicio multiplica el riesgo.

Este territorio, que abarca el interior de Portugal, Extremadura, Zamora, Salamanca, Ourense y parte del sur de Asturias, ha sido históricamente una de las áreas más pobres. “Consecuentemente, van avanzando el proceso, son como indicadores adelantados de lo que puede ocurrir en otras regiones”.


“Lo que ocurre en muchos lugares es que no se actúa, lo que se llama la ‘paradoja del fuego’. No haces nada, se acumula biomasa (…) y surge un fuego que la gestiona con su estilo: eliminando todo y generando grandes incendios con comportamientos violentos”

CAMBIOS EN LOS SISTEMAS DE MEDICIÓN: EL VALOR DE LO QUEMADO

La forma tradicional de medir los incendios forestales se ha basado en dos variables: número de fuegos y superficie afectada. Sin embargo, Marey considera que ese enfoque ha quedado desactualizado. “Los incendios a partir de ya se deberían estar midiendo en valor de lo quemado. En valor ambiental, social y económico”, señala.

Antes de planificar la gestión es necesario poner cifras al territorio: “Primero, tenemos que valorizarlo, saber, sobre ese triple componente, cuánto vale cada zona concreta. Después hay que analizar cómo le impacta un incendio”. Factores como la hora del día, la temperatura o la humedad relativa determinan la intensidad de la llama y, por tanto, el alcance del daño.

También es importante recordar que los fuegos forman parte de la ecología del territorio desde hace millones de años. “Estamos vivos gracias a los incendios. Cuando en el Carbonífero se produjeron, el oxígeno en la atmósfera bajó y, consecuentemente, no nos oxidamos y podemos tener vida”. Esa dimensión histórica no evita, sin embargo, el rechazo social a los paisajes calcinados. “No obstante, insisto en que no todo lo que arde vale igual: tenemos que ver que hay territorios que, aunque ardan, y si arden de una determinada forma, los valores no se ven menoscabados. Por esto es por lo que hay que empezar a trabajar para que no sean hectáreas la única unidad de medida, sino valor y riesgo de incendio”, remarca.

¿SON LOS PLANES DE PREVENCIÓN LA SOLUCIÓN?

“No puedes hacer un plan de prevención de incendios forestales sin partir de la realidad. Eso es un sin sentido”, afirma. La raíz del problema no se resuelve únicamente con más medios de extinción ni con planes técnicos desconectados del contexto.

Para el investigador, la clave está en recuperar el vínculo de la sociedad con su territorio. “Tenemos un riesgo claro de incendios que en gran medida está ocasionado por el abandono, y también por un vector que es el cambio climático, que favorece las ventanas de oportunidad para que surjan”, explica.

Revertir esto exige una transformación cultural. “Durante generaciones nos acostumbramos a vivir de espaldas al medio rural. Cultivar las tierras era algo que, por lo general, no estaba bien visto socialmente. Y ahora esto es lo que tenemos, un territorio que responde a esa dejadez”. La solución pasa por devolverle valor productivo: definir qué zonas se aprovechan, cómo se aprovechan y, dentro de esa gestión, integrar la componente de riesgo de incendios.

Eso implica introducir áreas de ruptura que impidan fuegos inabarcables. “Sí, vamos a hacer agricultura, silvicultura y/o ganadería, pero con zonas que permitan que no supere ningún incendio una determinada superficie: 500 hectáreas, 1.000, 2.000…”. Los planes de prevención, en ese marco, serán útiles y eficientes. De lo contrario, se limitan a “consumir recursos para mantener un enfermo latente”.

Marey utiliza un símil contundente: “Si no tenemos en cuenta el componente social y territorial, lo que hacemos es maquillar un cadáver”. El compromiso debe ser compartido: propietarios que vuelvan a valorar sus tierras y sociedad urbana que entienda que el territorio no es solo paisaje, sino fuente de producción. Solo a partir de ahí tendrá sentido elaborar planes contra incendios, plagas u otros riesgos.

EL OTRO MELÓN: LA CONTAMINACIÓN DERIVADA

A la tragedia ambiental se suma la contaminación derivada. En los últimos años, Europa ha puesto el foco en la reducción de emisiones y la captación de CO2. Sin embargo, los incendios forestales cuestionan directamente estos objetivos. “Durante los incendios lo que se está quemando es madera, y la madera es celulosa formada por átomos de carbono. Esos átomos salen a la atmósfera, luego estamos emitiendo una cantidad ingente de CO2”, advierte Marey. “Todo el esfuerzo de acumulación de CO2 que estamos realizando se pone en entredicho cuando esa masa que lo había captado arde. La emisión es directa y vuelve de nuevo a la atmósfera”, destaca.

Además de la huella climática, existe un impacto inmediato en la salud humana. “En el momento del incendio, siempre que el humo alcance cotas bajas, puede afectar a la población.”, recuerda el investigador. Aunque suelen ser episodios puntuales, las personas con patologías respiratorias son las más expuestas. Medidas preventivas como mascarillas o permanecer en interiores ayudan a mitigar los efectos, pero no eliminan el problema de fondo: la enorme cantidad de gases liberados en poco tiempo. Un recordatorio incómodo de que el fuego no solo arrasa suelos y bosques, sino que también compromete la calidad del aire que respiramos.

LA GESTIÓN DEL TERRITORIO Y LA PARADOJA DEL FUEGO

“Todo uso agrícola del territorio será mejor que una quema controlada”, apunta Marey. El modelo ideal sería una “estructura en mosaico” donde convivan usos agrícolas, ganaderos y forestales. En este esquema, la gestión de las masas forestales resulta clave: “Cualquier masa forestal gestionada es mucho mejor frente al fuego que la no gestión y el crecimiento de biomasa, aunque esta esté formada por especies que se consideraban más nobles (se creía que eran más resistentes al fuego, pero se ha demostrado que no es así)”.

El fuego técnico, en forma de quemas controladas, solo tendría sentido como alternativa secundaria. “El problema va a permanecer, porque no deja de ser una técnica de eliminación de biomasa. Evidentemente, si esas quemas controladas van para generar pasto para la ganadería, mejor que mejor. Sería el segundo eslabón”.

La peor opción, advierte, es la inacción. “Lo que ocurre en muchos lugares es que no se actúa, lo que se llama la ‘paradoja del fuego’. No haces nada, se acumula biomasa, no arde un año, ni dos, ni tres… al cuarto o quinto tienes un acúmulo enorme y surge un fuego que lo gestiona con su estilo: eliminando todo y generando grandes incendios con comportamientos violentos”.

LA LABOR DE LOS TÉCNICOS AL FRENTE DE LA GESTIÓN DE INCENDIOS

El Servicio de Prevención y Defensa contra Incendios Forestales de Galicia cuenta con personal altamente cualificado y experimentado. Marey lo destaca sin reservas: “Está formado por profesionales de un grandísimo nivel. Son gente formada aquí, en la EPSE de Lugo, con más de 20 años de experiencia en incendios y que dispone de aplicaciones informáticas número uno a nivel mundial. No creo que hubiese nadie que los hubiese gestionado mejor en ese contexto”.

Para él, el problema no reside en la capacidad técnica, sino en el desfase entre el sistema, diseñado en los años noventa, y la situación actual. “Nació para una realidad territorial, incendiaria y social que ha cambiado. Además, no toda Galicia se comporta de la misma manera", advierte.

El reto pasa por un cambio de enfoque: “Los incendios del presente y del futuro tienen que ser gestionados de otra forma. Con servicios de defensa más dinámicos, más rápidos, con una planificación estratégica”.

Ese nuevo paradigma implica asumir que no todos los fuegos pueden combatirse de inmediato. “Nos tenemos que acostumbrar a que va a arder más superficie y tenemos que dejar arder para después poder combatir ese incendio. Aquí nuestro servicio hace un combate operativo, cada vez que hay un incendio va a apagarlo con todos los medios. Eso era factible en otro contexto. Hoy por hoy, no lo es”.

Marey defiende un planteamiento estratégico, jerarquizado y flexible, capaz de decidir cuándo intervenir y cómo. Esa transición, ya en marcha en otros países, es para él ineludible si se quiere estar preparados para los incendios del futuro.


“Hay que empezar a trabajar para que no sean hectáreas la única unidad de medida, sino valor y riesgo de incendio”

DEVOLVER AL TERRITORIO SU VALOR

Es evidente que, para Marey, la clave del asunto pasa por devolver valor al territorio. “No puede ser que una parcela que durante siglos permitió alimentar generaciones, de repente en dos generaciones no valga para nada. Ahí está el error”.

La resiliencia frente a los incendios, sostiene, está ligada a esa capacidad de generar riqueza y empleo. Cuanto mayor sea la actividad económica y social, menor será la vulnerabilidad del monte. Lo contrario, advierte, es aceptar un “desierto verde abandonado”, destino que considera nefasto para Galicia y que, además, “no va a existir, porque año tras año vamos a tener incendios que se van a cargar ese paisaje verde, lleno de frondosas, que determinados colectivos parece que consideran que es lo que tiene que haber aquí. Pues miren: ni nunca lo hubo, ni lo va a haber”.

Marey matiza que Galicia nunca estuvo tan arbolada como ahora. Pero buena parte de esa masa forestal no responde a planificación, sino al abandono. “Muchos sí son consecuencia de una actividad silvícola y de una industria que demanda, pero hay cientos de miles de hectáreas arboladas por desuso. Eso no son bosques de frondosas hermosos; son tierras abandonadas hace 5, 25 o 50 años. Y el abandono nada genera, solo más abandono y más problemas”.

LOS INCENDIOS, EL SÍNTOMA DE UNA ENFERMEDAD MULTIFACTORIAL

La recuperación, señala, requiere libertad para los gestores y propietarios, y un marco que incentive la diversificación. Así mismo, advierte contra soluciones simplistas que buscan una causa única del problema. “Los incendios no son una enfermedad, son un síntoma. La enfermedad es social, territorial y poblacional, y se manifiesta cuando se quema la superficie y no somos capaces de apagar ese fuego, porque ya no tenemos una sociedad que lo pueda hacer ni un territorio que lo resista”.

En este sentido, rechaza explicaciones reduccionistas como atribuir los incendios a la presencia de determinadas especies vegetales. “Ojalá fuese que hay demasiado eucalipto. Si fuese ese el problema, ya tendríamos la vacuna. Pero no lo es. No es que sea de esta especie o de la otra, o de los ganaderos. Son muchas más cosas las que realmente inciden en esta problemática”.

Revitalizar el territorio, devolver actividad y frenar la expansión de las tierras en desuso son los puntos esenciales para escapar de ese desierto verde que, mientras no arda, no dejará de aumentar su volumen.


“Los incendios no son una enfermedad, son un síntoma. La enfermedad es social, territorial y poblacional”

LA TRAMPA DE LA LEGISLACIÓN: NORMAS ALEJADAS DE LA REALIDAD

La legislación española en materia de medio ambiente y medio rural es, quizás, un reflejo de muchos de los problemas de gestión que agravan la vulnerabilidad del territorio frente a los incendios. “Nuestra legislación cumple todos los requisitos que se critican normalmente: es profusa, confusa y difusa. Hay a veces demasiada ansiedad por legislar”, señala el catedrático de la USC.

Advierte de que el exceso normativo se traduce en leyes “muy prohibitivas” que, en lugar de incentivar el cuidado del entorno, acaban provocando una peligrosa inactividad. Pone como ejemplo la declaración de un espacio natural protegido: “El legislador, quiero pensar que con buena fe, en ese ‘protegido’ supone que cuida algo frente a determinadas actividades que pueden menoscabar o destruir ese valor. Pero normalmente lo que genera es inactividad. Y esa subexplotación y esa falta de actividad normalmente nos lleva a un problema que en el caso de los incendios es patente”.

Las áreas protegidas suelen gestionarse peor desde el punto de vista práctico. Falta acción directa: desbroces, retirada de material combustible o aprovechamientos productivos que reducirían el riesgo. La consecuencia es lo que define como un “proceso de Diógenes natural, donde se guarda todo, se conserva todo”. Cuando llega el fuego, ese exceso de biomasa incrementa la intensidad de los incendios y multiplica su impacto, especialmente sobre el suelo.

El problema no radica tanto en la falta de leyes como en su desconexión con la realidad de la zona. “Muchas veces se legisla desde muy lejos del territorio. Se establecen unos principios y unos criterios que pueden resultar de lecturas de documentos científicos o de ideologías que tratan de proteger algo que muchas veces no existe o no es como ellos consideran”. Las normas deberían ser más razonables y diseñarse para las realidades locales.

El catedrático también alerta contra la tendencia a legislar “en caliente”. Recuerda que, en el pasado, se aprobaron restricciones inmediatas que penalizaron a la ganadería extensiva tras vincularla a los incendios. “Se limitó la capacidad de volver a utilizar como pasto terrenos quemados y, al mismo tiempo, las ayudas asociadas a esos pastos si ardían. En un intento por frenar la actividad se penalizó a un colectivo sin pruebas”. Con el tiempo, recuerda, se ha demostrado que la ganadería extensiva no solo no es el problema, sino que puede ser parte de la solución.     

UN PROBLEMA TRANSVERSAL

El fenómeno no es exclusivo de Galicia, ni de la península. Marey recuerda que algo muy similar está ocurriendo, por ejemplo, en China, donde la expansión del abandono rural y forestal está detrás de su oleada de incendios. “Este verano un profesor de la Universidad de Hong Kong publicaba en Science un artículo que describía la evolución del problema de los incendios allí. Y si cambias China por Galicia, tendría el mismo resultado”.                                                                     

DESCONEXIÓN ENTRE TÉCNICOS, POLÍTICOS Y LA SOCIEDAD

Otro de los grandes escollos para afrontar el problema de los incendios y la gestión del territorio es la aparente falta de comunicación entre quienes generan conocimiento, quienes legislan y quienes viven en el medio rural. Manuel Marey lo resume con contundencia: “Hay desconexión en general. Eso es un problema difícil de resolver y bastante común a nivel mundial. Los ámbitos científicos, por diferentes razones, tienen sus propias lógicas donde priman la eficiencia y la eficacia. Y después los ámbitos económicos, administrativos y la sociedad en general tienen los suyos”.

El catedrático reconoce que, pese a los esfuerzos por transferir conocimiento desde la universidad y los centros de investigación, los resultados son todavía insuficientes. “Realmente, esas transferencias no dejan de ser un tanto escasas”, admite. A su juicio, lo que falta es un organismo intermedio que conecte la investigación con la práctica.

En ese sentido, se muestra especialmente crítico con la desaparición del Servicio de Extensión Agraria, que ejercía esta función. “Ese era el mecanismo que vinculaba lo que se hacía en el territorio con lo que salía de los lugares donde se generaba el conocimiento científico y técnico. Ese, lamentablemente, en España, y más aún en Galicia, es el gran eslabón perdido”.

Para este investigador, la clave estaría en recuperar figuras profesionales estables, con vocación pública, que acompañen a los agricultores y ganaderos en la resolución de problemas concretos. “Un funcionario público que diga: ‘Vale, pues a esto me pongo yo, y voy a destinar cinco, diez o veinte años de mi vida a darle respuesta a este problema’”.

El deterioro de la transferencia en España es, para él, una herida abierta. “No puede ser que no exista un organismo de extensión agraria que sí existía o que no haya un instituto nacional de investigaciones agrarias; no puede ser que centros como los de Lourizán o Mabegondo se encuentren en el estado en que están ni que todo nuestro servicio de transferencia esté como está. Y lo digo, evidentemente, desde el dolor. Porque lo teníamos y lo hemos perdido”. Marey asume incluso parte de la responsabilidad colectiva. “Quizás somos todos un poco responsables, yo también me hago cargo. No digo que esto sea culpa de un político o de otro, hemos sido nosotros los que hemos perdido eso. Es un fracaso de nuestra generación”.


“Los incendios del presente y del futuro tienen que ser gestionados de otra forma. Con servicios de defensa más dinámicos, más rápidos, con una planificación estratégica”

EL CASO OURENSANO: EL 13 % DE LA PROVINCIA, ARRASADA

Pablo Óscar González Prieto, veterinario clínico especializado en ganadería de carne, ejerce desde hace tres décadas en la comarca oriental de Ourense —Viana do Bolo, Vilariño y Manzaneda—, territorio que conoce bien desde niño, ya que también se crió en esa zona.

“Lo ocurrido este año supera todo precedente; fue una situación totalmente inédita y muy sincronizada”, explica. La provincia venía de un invierno y primavera de lluvias abundantes que se prolongaron hasta junio. Después llegaron temperaturas de 40 grados y una acumulación masiva de vegetación en los montes. “Había mucha biomasa, mucho arbusto y crecimiento muy alto”, resume. Ese escenario, combinado con el calor extremo, desencadenó una ola explosiva: “Hubo días de 39 incendios forestales, fue un disparate”.

La magnitud fue devastadora: “Se hablaba de unas 100.000 hectáreas en toda la provincia de Ourense”, recuerda. La zona próxima al embalse del Cenza y el macizo central ourensano resultaron especialmente castigados. Solo la acción vecinal, el trabajo de brigadas y la infraestructura desplegada permitieron salvar algunos núcleos de población. “Hubo pueblos que quedaron en el límite”, reconoce.

Algunas áreas lograron salir indemnes gracias al pastoreo de vacuno de montaña, que mantiene abiertos los pastos y ofrece vigilancia diaria. “Fue la presencia de los ganaderos lo que protegió esas zonas”, señala. Sin embargo, atribuye buena parte de los terrenos intactos también al azar. En su opinión, este verano Ourense vivió “una situación excepcional y muy exagerada” que difícilmente podrá olvidarse.


“El monte no es de un pueblo o de otro, es de todos. Es una herencia que estamos dejando y que no se puede consentir que se pierda”

HERRAMIENTAS DE GESTIÓN

En Ourense se estima que entre el 70 y el 80 % de la superficie forestal pertenece a propiedades rurales, entre ellas montes comunales y pequeñas fincas privadas. Para González, el monte comunal es “una herramienta buena de gestión”, aunque advierte que su aprovechamiento real es limitado. “Muchos comuneros ni saben dónde está el monte comunal”, lamenta, apuntando a una legislación obsoleta y a la falta de uso efectivo.

La ganadería se revela como la verdadera pieza clave. "Los animales actúan como desbrozadoras naturales, aportan abono y su pisoteo es inherente a la actividad ganadera”, explica. A ello se suma la vigilancia diaria que ejercen los pastores, fundamental para reducir riesgos. “Es una labor imprescindible”, insiste.

La provincia combina explotaciones muy diversas, desde pequeños rebaños de tres o cuatro vacas que mantienen prácticas tradicionales —cuidar los prados, abonarlos y limpiarlos— hasta sistemas extensivos con centenares de cabezas. Este modelo más reciente, consolidado en los últimos quince años, aprovecha razas rústicas y autóctonas, como las morenas del noroeste, adaptadas al monte bajo. También han entrado en juego razas foráneas como la blonde de Aquitania o la limusina.

En la sierra de Queixa se conserva además la costumbre de trasladar el ganado en primavera a las zonas altas, donde permanece hasta el invierno. “La sierra de Manzaneda está cuidada de pasto precisamente por ese uso ganadero”, apunta González. Esa combinación entre cultura tradicional y nuevos manejos extensivos constituye, a su juicio, una de las fortalezas del territorio: un mosaico de prácticas que, bien coordinadas, podrían convertirse en una valiosa herramienta de prevención de incendios.

CAUSAS Y RESPONSABILIDADES

Los incendios que arrasaron Ourense este verano tienen un origen complejo, en el que confluyen múltiples factores. Sin embargo, para este veterinario hay un elemento que prevalece por encima de todos: la acción humana. “Hay que atender al que planta, al que pone el mechero. Yo siempre digo que estoy seguro de que el 99 % son provocados”.

Ese “99 %” al que se refiere en-globa tanto los fuegos intencionados como las negligencias: desbroces mal ejecutados, barbacoas en pleno verano o descuidos que terminan convirtiéndose en desastres. De ahí que González insista en dos aspectos clave: “Lo fundamental es que tienen que aumentar las penas y la vigilancia”.

En su diagnóstico también pesa el abandono rural. Donde antes había actividad constante y pasos abiertos en la montaña, hoy dominan el desuso y la vegetación descontrolada. “Antiguamente se quemaba para que pudiese andar el pastor por la sierra, porque, si no, era inviable. Hoy hay ese condicionante doble: hay poca gente en el rural y los caminos están sin limpiar, porque no hay quien los use”. El resultado es una acumulación de masa forestal que multiplica el riesgo y complica las labores de prevención primero y de extinción después.

González no duda en señalar la necesidad de corresponsabilidad: “Creo que las responsabilidades las tenemos todos. Los que trabajan en servicios públicos, evidentemente, tendrán la suya, pero el resto de la sociedad también. Si yo tengo fincas particulares y no tengo mecanismos para limpiarlas, pues tengo mi responsabilidad”. En su opinión, el territorio debe dejar de percibirse como algo ajeno: “El monte no es de un pueblo o de otro, es de todos. Es una herencia que estamos dejando y que no se puede consentir que se pierda”.

SI VES FUEGO, LLAMA

Durante la entrevista con González, en pleno recorrido por una de las zonas más castigadas por el fuego, en Vilariño de Conso, se activaron tres focos y fue necesario llamar al 085, el teléfono habilitado en Galicia para notificar posibles incendios. En apenas quince minutos, dos helicópteros ya trabajaban en la extinción. La eficacia del operativo recordó la importancia de la colaboración ciudadana para impedir el avance de las llamas.

FRENTE A USOS PARTIDISTAS, LA EJEMPLARIDAD DE VECINOS Y PROFESIONALES

Para sorpresa de nadie, la gestión de los incendios no escapa a la polarización política, algo que González lamenta profundamente: “Estamos en una situación actual en que todo se utiliza como arma política y no debería ser así. Eso se hace con frecuencia, da igual si son los incendios o cualquier otro motivo”.

En medio de esa utilización partidista, el veterinario rescata una imagen muy diferente: la implicación colectiva. “Vi a muchísima gente volcada, vi a los pueblos como piñas defendiendo su territorio. Vi a las brigadas dejándose la piel, las cosas como son”. También destaca el papel de la UME: “Para mí fue una garantía absoluta de seguridad, porque tenían comunicaciones, logística, jerarquía… me dio muchísima tranquilidad”.

Pero no todo funcionó. La caída de las telecomunicaciones dejó a los vecinos de las zonas afectadas aislados en el peor momento: “Durante tres días estuvimos sin telefonía ni móvil ni fija, sin poder comunicarnos, y eso en una situación de riesgo es muy duro”. Una carencia que, más allá de responsabilidades puntuales, debería servir de lección para el futuro.


P. O. González: “Aquí han estado 25 años con las obras del AVE, con 86 km de túneles y un montón de viaductos, y ahora vemos pasar el tren sin que pare. Mientras eso no se solucione, permanecer en el rural será cada vez más difícil”

DIGNIDAD Y RECONOCIMIENTO PARA EL RURAL Y PARA QUIENES LO HABITAN

El gran reto a batir es el reconocimiento del mundo rural como pilar básico de la sociedad. “En países como Francia, Irlanda, Italia o Suiza las ganaderías se valoran de una manera primordial como sector primario. Aquí tenemos esa asignatura pendiente. En muchas zonas se ha demonizado a este sector, estamos castigándolo demasiado, cuando tendríamos que apoyarlo mucho, porque es fundamental para el consumo de alimentos”.

Este veterinario apunta que esta falta de reconocimiento se traduce en dificultades añadidas para quienes desarrollan su actividad en territorios aislados, como el interior de Ourense. Lamenta que las políticas actuales apenas alcancen a quienes sostienen la vida cotidiana en el campo. “Cuando se habla del rural —yo siempre digo el ‘rural rural’, los que estamos a más de 120 kilómetros de la capital de provincia—, hay que tener presente que, mientras no tengamos cubiertas las necesidades básicas, esto está condenado al abandono”. Educación y sanidad marcan la diferencia: hijos que deben estudiar lejos y enfermos obligados a recorrer más de 150 kilómetros hasta un hospital de referencia son ejemplos cotidianos de los motivos que imposibilitan la proyección real de un futuro personal y profesional en el agro.

La falta de comunicaciones, y la falta de interés por instaurarlas, mantienen esa brecha bien abierta. “Aquí, por ejemplo, han estado 25 años con las obras del AVE, con 86 kilómetros de túneles y un montón de viaductos, y ahora vemos pasar el tren sin que pare. Mientras eso no se solucione, permanecer en el rural será cada vez más difícil”, expone González.

No hay duda de que reducir esa distancia, literal y metafórica, entre lo urbano y lo rural emerge como un deber inaplazable. El futuro verde al que aspiramos todos no puede basarse en la expansión descontrolada de la vegetación en áreas abandonadas, sino en un equilibrio entre naturaleza y gestión humana. La respuesta no está solo en más medios de extinción, sino en la promoción de un territorio vivo, con gente que quiera y pueda quedarse en él y que ayude a construir esa primera línea de defensa contra catástrofes como la ola incendiaria de este verano que, hay que tenerlo presente, empezó mucho antes de que se desatase el fuego.

EL TRABAJO VETERINARIO DURANTE EL AVANCE DEL FUEGO

La labor de Pablo como veterinario rural no paró durante los incendios. En las imágenes cedidas, documentó el avance del fuego en zonas de Vilariño de Conso y Viana do Bolo, así como en San Miguel de Bidueira (Manzaneda), lugar de la casa de su familia materna. "La fotografía de noche es en el embalse de Bao. Tuve que pasar por allí para atender un parto y el resplandor daba verdadero miedo", describe.