ES LA LECHE

La información pseudocientífica sesgada, la otra enemiga del sector

La carne roja produce cáncer. El sector productor es el culpable del hambre en el mundo. La ganadería es la principal causante del calentamiento global. Los animales son más contaminantes que la industria del transporte. Sobre estas mentiras y verdades a medias conversamos en Vaca Pinta 40 con el investigador Francisco Javier Giráldez. 

En la última edición del Congreso Anembe, celebrado en mayo en León, se quiso poner el foco sobre la problemática que surge a raíz de informaciones pseudocientíficas que emplean los medios para defender ideas como, por ejemplo, el impacto de la ganadería en la emisión de gases de efecto invernadero y la repercusión del consumo de carne roja en la incidencia del cáncer de colon. 
Para desmontar estas falacias, contaron con la exposición del doctorado Francisco Javier Giráldez, experto en nutrición de rumiantes y miembro del Instituto de Ganadería de Montaña, dependiente del Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC) y de la Universidad de León. Durante su carrera, Giráldez se ha centrado en aspectos referentes al rendimiento productivo de los animales, a la calidad de los productos derivados (carne y leche), al bienestar animal y al impacto ambiental que acarrea este sector. 


Giráldez es especialmente crítico con las publicaciones que emplean datos sesgados para fomentar el miedo entre la población

De manera más concreta, durante su intervención en el congreso este investigador analizó las evidencias científicas que hay respecto a temas especialmente controvertidos en la actualidad, como son la relación entre la ganadería y el impacto ambiental en lo que se refiere a las emisiones de gases de efecto invernadero; la conexión que algunas organizaciones establecen entre la ganadería y la competencia por los recursos con el hombre (consideran que la ganadería es responsable de una parte importante del hambre en el mundo), y el enlace entre el consumo de carne y la salud (y de forma más específica la relación que existe el entre consumo de carne roja y cáncer de colon).
“Mi objetivo ha sido reflexionar sobre las evidencias científicas que existen en relación con estos temas para separar lo que es ciencia de opinión. Creo que es muy importante, ya que en determinadas informaciones se usan datos sesgados y se está dando un mensaje que no está amparado por evidencias científicas; en ocasiones se utilizan de forma muy parcial los datos”, advierte Giráldez. 


 “En determinadas informaciones se usan datos sesgados y se está dando un mensaje que no está amparado por evidencias científicas”

GANADERÍA Y CALENTAMIENTO GLOBAL
“En lo que se refiere al peso de la ganadería en el total de la actividad antropogénica la verdad es que los valores a veces son muy parciales”, señala. “Por ejemplo, en los años 2006 y 2013 la FAO publicó una serie de documentos que establecían que las emisiones de gases relacionadas con la ganadería oscilaban entre el 18 y el 14,5 %; el problema es que en su momento hicieron una comparación muy inadecuada: dijeron que las emisiones debidas al ganado eran mayores que las de transporte y eso, obviamente, es una interpretación inapropiada”, aclara. 
Por otra parte, y ya centrados en el caso español, Giráldez evaluó cuán relevantes son a nivel mundial las emisiones de rumiantes derivadas del censo ganadero del país: “Los datos reflejan que la reducción de nuestra ganadería contribuiría muy poco a rebajar las emisiones a nivel mundial porque tenemos un censo muy pequeño –alrededor de seis millones de vacas y cerca de 19.000.000 cabezas entre ganado ovino y caprino”.
La cuestión, apunta este experto, está en que no se debe magnificar el problema y que hay que tener en cuenta, en primer lugar, la certeza de las evidencias y, después, analizar pros y contras: “La ganadería tiene muchas bondades, luego hay que tomar las medidas con cautela e intentando que el beneficio supere al perjuicio”.
Por otra parte, para hacer comparaciones como la de la FAO es esencial que se tenga en cuenta todo el ciclo productivo. En el caso del sector lácteo, esto incluiría el cambio del uso de la tierra como primera etapa, el balance de carbono de los cultivos, las emisiones relacionadas con el transporte, el procesado de los cereales en las fábricas, las emisiones de los animales en granja y la transformación y transporte de leche hasta su llegada a los lineales del supermercado. 
“En el caso del ganado vacuno sí se hicieron todas estas estimaciones, pero con el transporte solo se tuvieron en cuenta las emisiones derivadas del uso de los vehículos”. Para hacer una comparativa justa, en el transporte se tendrían que haber valorado también las emisiones realizadas en la producción de coches (aluminio, plástico, caucho, pinturas…), las del propio proceso de fabricación, las que suponen el transporte de esos vehículos, el impacto que se produce cuando se utilizan y, por último, aquellas relacionadas con su recogida y reciclado al final de su vida útil.
“La FAO cometió un error metodológico, pero, de cualquier manera, creo que no tiene ningún sentido comparar sectores”, puntualiza este investigador. “Lo interesante es hacerle seguimiento a lo largo del tiempo para ver si mejora, o analizarlo en diferentes países; las comparativas entre sectores no tienen ningún sentido”, desecha. “Si la ganadería contamina, lo que tenemos que hacer es intentar mejorar el sistema para que contamine menos y dejarnos de intentar señalar quiénes son más contaminantes que nosotros; eso no ayuda en nada”. 

LOS DATOS DEL INVENTARIO NACIONAL DE GASES DE EFECTO INVERNADERO
El Ministerio de Transición Ecológica publica anualmente el Inventario Nacional de Gases de Efecto Invernadero, en el que están distribuidas todas las emisiones estimadas por sector y por actividad. “Cuando coges los datos asépticamente y los comparas, ves que las emisiones de transporte representan alrededor del 30 % del total a nivel nacional, mientras que las de ganado son menos del 10 %, con lo cual creo que no hace falta comentar nada más”, subraya Giráldez. 

LA COMPETENCIA DE RECURSOS
Hablando de la competencia de recursos incide Giráldez en la importancia de hacer hincapié en lo que es opinión y lo que es evidencia científica. “Hay muchísimas ONG que hablan del concepto de ‘alimentación justa’; también lo hacen algunos partidos políticos y, a raíz de esto, se desarrolla un discurso muy negativo hacia la ganadería”, lamenta. 

En algunos casos se ha relacionado la ganadería con el hambre en el mundo y se considera que se está utilizando la mayor parte del alimento que se produce a nivel global (maíz, trigo, centeno, cebada, colza, soja, arroz…) para la alimentación animal, en vez de ser utilizado directamente para alimentación humana. “Por tanto, según ellos, si se empleara para alimentación humana sería más eficiente porque para producir un kilo de carne de cualquier especie necesitamos muchos kilos de cereal”. Esgrimen el argumento de que si se reduce la producción animal y se utiliza alimentación vegetal directamente para consumo humano se acabaría con el hambre en el mundo. 
“En ese planteamiento se están mezclando verdades con mentiras. Por ejemplo, defienden que dos tercios de la superficie agrícola mundial se usan para alimentación animal, y eso es verdad, pero no implica que la mayor parte de la producción de alimento que se produce sea para alimentación animal”, aclara el investigador.
Para dar con el porqué no hace falta profundizar demasiado: del total de superficie agrícola disponible en el mundo, no toda es adecuada para el cultivo por las características del suelo. Existen muchas áreas que, por su orografía, solo pueden ser utilizadas para producir alimento para ganado de forma natural, pero no para cultivos. “Se considera que, de toda la superficie agrícola del planeta, solo un 40 % es apto para el cultivo y, de este porcentaje, solo un 31 % se usa para alimentación animal; el resto se reserva para consumo humano”, señala Giráldez. 


 “Si la ganadería contamina, lo que tenemos que hacer es intentar mejorar el sistema para que contamine menos y dejarnos de intentar señalar quiénes son más contaminantes que nosotros”

Además, apunta que la realidad es que el porcentaje de cereales empleado para alimentación animal está por debajo del 25 %; la gran mayoría se destina a consumo humano. “Si se utilizan 2.700 millones de toneladas de cereales al año, más de dos mil millones de toneladas se usan para consumo humano, es decir, la mayor parte y, si hacemos el cálculo, podemos ver que nos sobraría para alimentar a toda la población mundial, con lo cual no se puede atribuir el hambre en el mundo a la ganadería”, afirma. 
Las causas son otras. La primera, que los alimentos se emplean en muchas ocasiones como activo financiero y/o como arma de guerra. En segundo lugar, la situación de de-sequilibrio a nivel mundial: en estos momentos hay más población con sobrepeso y obesa que desnutrida (se estima que hay alrededor de 800 millones de personas con desnutrición, frente a los más de dos mil millones con problemas de sobrepeso y obesidad). El tercer factor clave es el destino del alimento, ya que una cantidad muy destacada no se dedica a alimentación, sino a la obtención de productos como bioetanol, biodiésel, cerveza… El cuarto y último factor es el despilfarro: cada año se desechan más de 900 millones de toneladas de alimentos, esto es, siete veces lo que se necesitaría para acabar con el hambre en el mundo.


De toda la superficie agrícola del planeta, solo un 40 % es apto para el cultivo

LA REGLA DE LAS TRES C COMO FILTRO ANTE LA PSEUDOINFORMACIÓN
Otro aspecto tratado, a raíz de una publicación en redes del Partido Animalista con el Medio Ambiente (PACMA) en la que se decía que la carne roja es igual de cancerígena que el amianto y el tabaco según la OMS, fue la relación entre el consumo de carne y la tendencia al desarrollo de este tipo de enfermedad. “Esta información es obviamente falsa. Primero, porque la carne roja fue clasificada como ‘probablemente carcinógena’, no como ‘carcinógena’, y segundo, porque si nos referimos a riesgo relativo, este sería mucho menor al del tabaco o al del amianto”, detalla el relator. 
“Yo no niego que pueda existir una relación”, apunta Giráldez, “solo digo que la certeza que hay en estos momentos es baja en lo que respecta a la asociación entre el cáncer de colon y el consumo de carne roja, y creo que no procede levantar una alarma y hacer comparaciones que son falsas y que lo único que hacen es crear preocupación en la población”, critica.
En este sentido, apuntó en su exposición hacia la importancia de aplicar la regla de las tres C a la hora de analizar una información de este tipo, esto es, concepto, certeza y contexto. 

  • Concepto. En este caso, pasa por tener claro qué significa “riesgo relativo”, ya que cuando se habla de parámetros científicos estadísticos hay que saber qué implican exactamente. 
  • Certeza. Las evidencias científicas pueden tener un grado alto o bajo de certeza, algo que también se debe tener en consideración.
  • Contexto. Para hacer una valoración justa se debe poner el riesgo en el conjunto general y en relación con todos los demás factores que entren en juego. 

Como conclusión, dice este investigador que “está bien que tengamos un consumo moderado en general de cualquier nutriente, incluida la carne, pero hay que escapar del alarmismo y tener una visión crítica al leer artículos en la prensa o en las redes que lanzan mensajes muy catastrofistas y que a veces lo que hacen es utilizar información científica de manera sesgada”, advierte.