Casa Menor 1614
Localización: Boimorto (A Coruña)
Propietario: José Manuel García
Trabajadores: 2
N.º total de animales: 150
Vacas en ordeño: 80
Media de producción: 36 l/vaca/día
Porcentaje de grasa: 4,20 %
Porcentaje de proteína: 3,50 %
Venta de la leche: Queserías Entrepinares
Precio de la leche: 0,455 €/litro + calidades + IVA
El 1 de enero de 2026 comenzó una nueva etapa en Casa Menor 1614, situada en Sendelle, en el municipio coruñés de Boimorto. Javier Vázquez, después de más de cuarenta años dedicados a las vacas de leche, se jubilaba y dejaba la explotación en manos de José Manuel García. No era su hijo ni otro familiar. Era uno de sus trabajadores.
La transición, sin embargo, llevaba tiempo produciéndose. José Manuel había llegado a la granja en noviembre de 2019 después de acumular cerca de una década de experiencia trabajando en otras explotaciones. Su entrada en el sector había sido casi circunstancial. Había comenzado su vida laboral en la construcción y, tras quedarse sin empleo en 2008, acabó probando suerte con las vacas animado por su hermano. “En aquella época pensé que podía probar. Empecé a trabajar en el sector ganadero en 2010 y en Casa Menor me afiancé”, recuerda.
Cuando llegó a Casa Menor, ya tenía experiencia suficiente para incorporarse a prácticamente todas las tareas: ordeño, reproducción, alimentación, silos y manejo del rebaño. Javier fue dándole autonomía desde el principio. “En menos de un mes estaba integrado y en dos meses conocía todos los animales”, señala José Manuel. También participaba en las decisiones y tenía acceso a los datos económicos de la explotación. Cada año revisaban juntos los informes de gestión y, poco a poco, uno fue cediendo responsabilidades mientras el otro las asumía.
“En los últimos años él ya empezaba a manejar casi toda la granja. Hacía gestiones, daba las vacas de alta y de baja... Yo me fui dejando y él fue cogiendo el relevo”, resume Javier.
Cuando comenzó a acercarse su jubilación y quedó claro que no habría continuidad familiar, Javier buscó otras alternativas. Su prioridad era que la explotación siguiese funcionando y planteó a José Manuel la posibilidad de quedarse con ella. “Tenía más opciones, pero esta era la preferida. Lo que no me gustaría sería ver esto abandonado”, afirma.
Para José Manuel tampoco fue una decisión ajena a lo emocional. Después de años trabajando allí, el rebaño y la propia granja ya eran parte de su vida. “Yo llevaba aquí años, les coges cariño a los animales y pensé que merecía la pena luchar por ella. Y aquí estamos, mientras se pueda seguir”, desea.
Ambos lamentan, eso sí, que un relevo de estas características no encontrase encaje en las ayudas existentes. Buscaron asesoramiento para estudiar distintas vías, pero ninguna se adaptaba a su situación. Para Javier, facilitar que un trabajador pueda continuar una explotación viable cuando no existe relevo familiar debería ser una de las fórmulas que se tuviesen en cuenta para evitar cierres.
Una herencia genética que continúa
Si hay un ámbito que ha marcado la trayectoria de Casa Menor es la genética. Javier comenzó su actividad alrededor de 1982, cuando en casa había una docena de vacas y ni siquiera disponían todavía de un establo independiente. Con los años fue ampliando y modernizando las instalaciones, pero también incorporando conocimientos sobre alimentación, manejo, podología y selección genética. “Yo quería buenas vacas, vacas eficientes, que transformasen lo que comían”, explica.
Ese planteamiento llevó al rebaño a situarse durante años entre los más destacados de España por ICO y, según recuerda Javier, llegó a ocupar el primer puesto nacional. Sin embargo, recalca que aquella clasificación nunca fue el objetivo en sí mismo: “La finalidad no era ser el número uno, el dos o el tres. La finalidad era tener vacas rentables, que enfermasen lo menos posible y que transformasen lo que comen”.
Para él, una buena vaca debe reunir salud, una ubre bien conformada, buenas patas, capacidad y producción de kilos de grasa y proteína. Esa base continúa hoy, aunque José Manuel ha introducido sus propios criterios.
“Nos basamos sobre todo en ICO porque creo que te lleva por el camino del medio: ni solo tipo, ni solo leche. Lleva un poco de todo”, explica el actual dueño de la ganadería. A partir de ahí, presta especial atención a patas, ubres y caracteres de salud. “Quiero vacas funcionales, sanas y que duren”, resume. La media ICO actual de la ganadería es de 1.160 puntos.
Todo el rebaño está genotipado y trabajan casi por completo con toros genómicos y semen sexado. El convencional tiene una presencia testimonial y, cuando no se busca recría, utilizan cruces cárnicos. Además, realizan transferencia de embriones a partir de sus propios animales para multiplicar las líneas que consideran más interesantes. “No compro embriones, pero sí aprovechamos la genética que tenemos e intentamos mejorarla”, apunta José Manuel.
Asimismo, la reproducción se adapta a cada animal. La primera inseminación de las novillas suele hacerse en torno a los 14 meses, aunque prima su desarrollo corporal sobre la edad exacta. En las vacas mantienen un periodo de espera voluntario mínimo de 90 días y, en animales de alta producción capaces de sostener bien la lactación, pueden prolongarlo hasta los 140 o 150.
Producir sin renunciar a los sólidos
Esta selección genética, unida al manejo y a la alimentación, se refleja en los resultados productivos. Las aproximadamente 80 vacas en ordeño de Casa Menor alcanzan una media anual próxima a los 36 litros por vaca y día, con alrededor de un 4,20 % de grasa y un 3,50 % de proteína.
El rebaño completo ronda los 150 animales. Además de las productoras, cuentan con unas 15 o 16 vacas secas y realizan toda su propia recría.
A las cifras productivas suman un recuento de células somáticas que procuran mantener próximo a las 100.000 células/ml. José Manuel concede buena parte del mérito a la capacidad para detectar con rapidez cualquier desviación y al asesoramiento de la veterinaria responsable de calidad de leche. “Si una vaca despunta, se identifica enseguida. Tenemos un equipo muy bueno alrededor de la granja y eso se nota”, destaca.
La calidad higiénico-sanitaria ha sido, de hecho, otro de los distintivos históricos de Casa Menor. La explotación ha figurado de forma reiterada entre las reconocidas en los premios Exceleite. Javier Vázquez no atribuye estos resultados a una única medida, sino a la suma de selección, alimentación, limpieza, salud podal, mantenimiento de las camas y rutina de ordeño. “Cuantos menos problemas tengan las vacas, más fácil es el trabajo. Esto es constancia, día a día”, resume el ya propietario anterior.
Dos ordeños y una rutina muy definida
Pese a que José Manuel ya piensa en una posible futura robotización, por ahora continúan trabajando con una sala de ordeño en espina de pescado 6x2, una instalación que considera suficiente para el tamaño actual del rebaño.
Realizan dos ordeños diarios, a las seis de la mañana y a las seis de la tarde. Cada uno ocupa alrededor de una hora y cuarenta y cinco minutos, a los que se añade el tiempo necesario para la limpieza de la sala.
La rutina comienza con el despunte de los primeros chorros, continúa con el lavado y el secado de cada pezón, la colocación de las unidades de ordeño y termina con la aplicación del sellado. También trabajan con secado selectivo, decidido de forma individual para cada animal a partir de sus datos sanitarios y de células somáticas.
La monitorización es una de las principales novedades de los últimos tiempos. Los collares se instalaron antes de que José Manuel asumiese la explotación para que, llegado enero, ya tuviese el sistema funcionando. “Cuanta más información tienes, mejor. Tener los animales controlados las 24 horas me da mucha tranquilidad. En mi día libre puedo mirar el teléfono y saber cómo está todo”, explica.
Comer dentro, salir fuera
La alimentación de las productoras se basa en una ración unifeed que suele componerse de 26-28 kilos de silo de maíz, 16-18 kg de silo de hierba y unos 7 kg de concentrado.
“El objetivo es trabajar con muy buenos forrajes y meter el mínimo concentrado posible”, insiste José Manuel. Es una idea heredada directamente de la etapa de Javier, que recuerda cómo la calidad de los silos les permitió mantener producciones elevadas incluso en épocas de precios bajos reduciendo la dependencia de alimentos comprados.
La ración se distribuye una vez al día mediante un servicio externo de carro mezclador. Pero en Casa Menor la alimentación no termina en el pesebre. Siempre que las condiciones lo permiten, las vacas tienen acceso al exterior y pueden decidir si permanecen dentro o salen a las parcelas próximas.
Durante el verano, las puertas se abren tras el ordeño de la mañana y, en invierno, salen desde el mediodía hasta la hora de comenzar de nuevo el trabajo de la tarde. “Ellas escogen. Pueden comer dentro, tumbarse en las camas o salir al prado. Son libres”, explica José Manuel.
El pastoreo obliga a ajustar la ración, sobre todo durante la primavera, pero considera que sus beneficios compensan esa mayor atención. Destaca su efecto sobre las patas y el comportamiento de los animales. “Están más alegres fuera que encima del cemento. ¿Por qué no darles esa libertad y ese desestrés?”, comenta el ganadero.
Tanto las secas como las novillas preñadas también disponen de acceso al exterior durante buena parte del día.
El buen forraje comienza en la parcela
Casa Menor trabaja alrededor de 60 hectáreas, prácticamente todas muy próximas a las instalaciones. La finca más alejada se encuentra a unos dos kilómetros y unas 20 hectáreas se concentran en el entorno inmediato de la granja, una distribución que facilita mucho los trabajos.
Aproximadamente 30 hectáreas se destinan a hierba y otras tantas a maíz. En las praderas trabajan con raigrás inglés y trébol y buscan, ante todo, calidad.
El primer corte de hierba se intenta hacer a finales de marzo o durante los primeros días de abril. El segundo llega alrededor de un mes después y, si el año lo permite, hacen un tercero a finales de mayo o comienzos de junio, además de reservar parte para hierba seca.
Su referencia para el primer corte está por encima del 20 % de proteína y alrededor del 30 % de materia seca. “Hemos tenido silos del 23 % de proteína. Lo importante es hacerlos temprano para buscar calidad”, señala José Manuel.
En el maíz aprovechan que buena parte de las parcelas permanece libre durante el invierno para poder sembrar pronto. Trabajan con ciclos largos, en torno a 550, buscando rendimiento, almidón y digestibilidad. En 2025 obtuvieron una media aproximada de 56 toneladas por hectárea.
“Necesitamos que las vacas coman. Si la vaca come, va a producir y va a tener salud”, sintetiza.
Los veranos secos están obligándolos también a modificar el manejo de las praderas permanentes. Cuando el raigrás pierde densidad, realizan resiembras superficiales de raigrás y trébol al final del verano o principios del otoño y aplican después purín para favorecer su implantación. Con ello buscan prolongar la vida útil de las praderas antes de renovarlas por completo.
Maquinaria, solo la imprescindible
A diferencia de muchas explotaciones con una base territorial similar, Casa Menor apenas dispone de maquinaria agrícola propia. Tienen equipos para distribuir el purín y desbrozar las praderas, pero contratan a empresas de servicios las principales labores: preparación del terreno, siembras, cosechas y ensilados.
José Manuel lo plantea como una decisión ligada tanto a los costes como, sobre todo, a la disponibilidad de tiempo y personal.
“El tiempo nos hace falta para el manejo del rebaño. Lo que tenemos que atender son los animales. Es un gasto contratar los trabajos, pero compensa. De otra forma necesitaríamos gente y maquinaria para todo”, detalla.
La proximidad de las parcelas contribuye también a simplificar el sistema. Javier siempre dio prioridad a incorporar terrenos cercanos y continúa defendiendo esa estrategia: “En esta granja prácticamente no hay desplazamientos. Tener las fincas cerca para mí es fundamental”.
¿Desde cuándo trabajas con Casa Menor y cómo recuerdas aquellos primeros años?
Llevo unos 20 años trabajando con Casa Menor. Desde el principio tuve muy buena sintonía con Javier. Fue una persona que me ayudó a progresar tanto profesional como personalmente. En aquella época era una explotación grande, porque ya ordeñaba 60 o 70 vacas. Siempre trabajamos codo con codo, consensuando las decisiones, y creo que ambos nos hemos beneficiado de esta relación.
¿Cómo has visto evolucionar la ganadería durante todo este tiempo?
Es una granja particular, porque su evolución no se ha basado en aumentar mucho el número de animales. Hace 20 o 25 años podía ordeñar unas 75 vacas y hoy está en torno a 80-85. Donde sí ha crecido muchísimo es en superficie y eso ha permitido gestionar los forrajes de otra manera.
Hay terrenos específicos para maíz, otros para hierba con praderas permanentes e incluso zonas de pastoreo. Esto, unido a la selección genética que hizo Javier, permite producir mucha leche utilizando una elevada proporción de recursos propios y reduciendo la dependencia del exterior. Para mí, esa es una de las grandes fortalezas de Casa Menor.
¿Cómo has vivido el relevo entre Javier y José Manuel?
Creo que existe una sintonía absoluta y que ahí puede estar una de las claves del éxito de esta transición. Son dos personas que comparten la filosofía y el sistema de producción. Evidentemente, no hay dos personas iguales, pero a nivel profesional la relación es muy buena.
Además, no fue algo improvisado de un día para otro. Javier y José Manuel ya tenían una relación estupenda como propietario y trabajador. Hubo convencimiento por ambas partes y, dadas sus características y su manera de entender la producción, creo que fue una sucesión muy natural.
¿Qué papel ha tenido históricamente la alimentación en esta ganadería?
Fundamental. Javier siempre tuvo muy claro el modelo que quería. Fue comprando y concentrando superficie alrededor de la explotación y hoy casi todas las fincas están muy próximas. Eso supone una enorme ventaja para cultivar, repartir purín y gestionar las parcelas.
Gracias a ello disponemos siempre de forrajes excelentes. El maíz tiene una productividad muy alta y permite buscar una gran calidad, y en las praderas se hacen cortes relativamente tempranos y frecuentes para obtener hierba con mucha proteína y digestibilidad.
Eso permite que gran parte de la ración se base en forrajes. Llegar a producciones de 35-36 litros con unos 7 kilos de concentrado solo es posible con materias primas de mucha calidad. Además, esto no afecta tan solo a la producción y al coste, también repercute en la salud, la reproducción y la longevidad de los animales.
¿Cómo son actualmente las raciones?
En las vacas en producción intentamos introducir la máxima cantidad posible de maíz y hierba manteniendo una ración equilibrada. Estamos en 26-28 kilos de silo de maíz, 16-18 kilos de silo de hierba y unos 7 kilos de concentrado, dependiendo siempre de la humedad y calidad de los forrajes.
El consumo ronda los 26,5-27 kilos de materia seca. Es una ración eficiente, relativamente económica y que contribuye tanto a la producción como a la salud de los animales.
En novillas y secas tiene bastante importancia el pastoreo. Hay unas 11 hectáreas alrededor de la granja y salen prácticamente todos los días. Después complementamos con silo de maíz, forraje seco, vitaminas, minerales y una pequeña cantidad de concentrado.
¿Qué buscáis especialmente en los forrajes?
En el maíz prestamos mucha atención a la energía, la digestibilidad de la fibra y del almidón, pero también al procesado durante el ensilado y a la conservación, porque es fundamental evitar pérdidas.
En la hierba buscamos cortar en un buen estado vegetativo y hacerlo pronto. Si el tiempo lo permite, el primer corte se realiza a finales de marzo o principios de abril, el segundo en mayo y, en algunos años, incluso un tercero. También producen una hierba seca de excelente calidad destinada especialmente a las terneras más jóvenes.
Más allá de formular las raciones, ¿en qué consiste tu trabajo en Casa Menor?
Revisamos consumos, ingestas y producciones, pero también parámetros reproductivos, crecimiento de las terneras o posibles problemas sanitarios. En época de trabajos de campo seguimos la evolución de la hierba y del maíz e intentamos decidir el momento óptimo de recolección.
Ahora también estamos haciendo especial hincapié en los sólidos, grasa y proteína, porque la empresa a la que suministran actualmente la leche tiene una elevada exigencia en estos parámetros y existe una repercusión económica importante.
¿Qué aspectos queréis seguir mejorando?
Siempre se puede avanzar en la calidad y conservación de los forrajes. En producción buscamos maximizar el rendimiento con los consumos actuales y mantener altos niveles de sólidos.
En la recría, el objetivo es que las novillas lleguen al primer parto alrededor de los 23-24 meses y sean animales productivos, y, en las vacas secas, evitar problemas posparto y conseguir que arranquen bien la siguiente lactación.
Después de tantos años trabajando con Casa Menor, ¿qué crees que explica sus resultados?
La evolución de Casa Menor está muy ligada al sentido común de Javier. Yo siempre decía que era un adelantado a su tiempo. Hace 15 o 20 años daba leche a las terneras tres veces al día cuando prácticamente nadie lo hacía. Si le preguntabas por qué, respondía: “Porque tienen hambre”.
También empezó a cortar hierba en marzo cuando alrededor casi se reían porque parecía que estaba “cortando el césped”. Él decía que, cuando lloviese en abril, vería crecer su siguiente hierba mientras los demás veían cómo la suya se tumbaba.
Con la genética ocurría lo mismo. Tenía muy claros sus objetivos y descartaba, por ejemplo, toros con malos datos de células porque estaba convencido de que la mamitis tenía un componente familiar.
Siempre fue con los tiempos, pero sin dejarse llevar por las modas, y teniendo muy claro que todo debía ser rentable. Para mí es un excelente ganadero y, además, una buena persona. Javier y yo prácticamente crecimos profesionalmente juntos. Con José Manuel llevamos menos tiempo, pero creo que existe la misma sintonía y confío en que la granja continúe en esa línea, con el mismo éxito.
El descanso como prioridad
Los animales se distribuyen fundamentalmente entre dos naves. La principal alberga las 80 vacas en producción, divididas en dos lotes de unas 40 cabezas. En la segunda se encuentran las secas, las novillas y parte de la recría. Las terneras más pequeñas pasan en un principio por boxes individuales y después por pequeños grupos de un máximo de seis animales.
En la nave de producción disponen de 40 cubículos y 40 cornadizas por lote. Las camas se rellenan con una mezcla aproximada de un 70 % de serrín y un 30 % de carbonato y se reponen, como norma general, cada quince días.
“Es un coste, pero los animales son la prioridad. Si ellos están bien, nosotros vamos bien. El descanso y la comida son fundamentales”, afirma José Manuel.
El control del estrés térmico se realiza mediante ventiladores y aspersores. Los primeros comienzan a funcionar a partir de los 23 °C y la aspersión entra en funcionamiento a partir de 24,5 °C. Además, aplicaron poliuretano sobre la cubierta de la nave, una actuación con la que estiman haber reducido entre cinco y seis grados la temperatura interior durante los días más calurosos.
La limpieza de los pasillos se realiza mediante una arrobadera de cadena que pasan unas tres veces al día. También disponen de cepillos en los diferentes lotes y de una zona que funciona como paridera y enfermería.
La explotación cuenta además con cinco silos —habitualmente dos para hierba y tres para maíz— y tres fosas de purín de una capacidad total de cerca de un millón de litros. A ello se suman placas fotovoltaicas instaladas hace dos años, con las que José Manuel cifra una reducción notable del gasto eléctrico.
Un nuevo destino para la leche
Durante muchos años, Casa Menor entregó su producción a Pascual, una relación que se remontaba todavía a la etapa de Javier. En abril de 2026, ya con José Manuel al frente, decidieron cambiar de comprador y comenzaron a entregar la leche a Entrepinares.
Fue una de las primeras decisiones relevantes tomadas tras el relevo. “Fue difícil tomarla, pero por otra parte fue fácil”, reconoce.
En septiembre, el precio base se situaba en 45,50 céntimos por litro, al que se añadían las primas por calidad y el IVA.
La búsqueda de sólidos también está integrada en su estrategia genética. José Manuel intenta evitar toros negativos en grasa y proteína y ha ido incorporando de forma mayoritaria animales A2A2, aunque sin convertir este carácter en un requisito excluyente.
“Si aparece un toro que me encanta por otros rasgos, no voy a descartarlo porque no sea A2A2, pero, teniendo posibilidad de elegir, alrededor del 95 % de los que utilizamos ya lo son”, explica.
Mantenerse antes que crecer
Tras asumir la dirección de la ganadería, José Manuel no se plantea una carrera por aumentar el número de animales. Su primera respuesta cuando se le pregunta por el futuro es mucho más sencilla: “Sostenerla”.
Mantener el actual nivel de funcionamiento y consolidar un buen equipo de trabajo son sus prioridades. Hoy trabajan tres personas, con dos días libres semanales y un mes de vacaciones. Llegar hasta esa organización no fue fácil. Durante los primeros meses tras el relevo tuvo dificultades para completar la plantilla y su familia tuvo que echar una mano en los ordeños. “Para mí, encontrar personal era la mayor preocupación”, reconoce.
Precisamente la disponibilidad de trabajadores condicionará muchas de las próximas inversiones. La incorporación de una amamantadora ya está sobre la mesa y la robotización del ordeño aparece como una posibilidad a medio plazo. José Manuel admite que no era su intención inicial, pero cree que puede acabar siendo necesaria para reducir la dependencia de mano de obra y mejorar la organización de las jornadas.
“Si queremos seguir muchos años, tendremos que ir hacia la robotización. No porque quieras, sino porque aquí no puedes estar las 24 horas del día”, aclara.
La llegada de robots implicaría aumentar algo el número de vacas para rentabilizar la inversión. Fuera de ese supuesto, no contempla crecer de forma significativa.
“Con esto es suficiente si lo hacemos bien. Quiero tener los animales lo mejor atendidos posible y mantener el equipo”, afirma.
Esa preocupación por la mano de obra enlaza de nuevo con la singular historia del relevo de Casa Menor. José Manuel cree que el sector necesita fórmulas que permitan trabajar con horarios, descansos y condiciones capaces de atraer a más personas. También reclama que se facilite la incorporación de trabajadores que, como ocurrió en su caso, estén dispuestos a dar un paso adelante cuando el propietario de una explotación viable se jubila.
Porque su propia trayectoria demuestra que la continuidad de una ganadería no tiene por qué llevar siempre los mismos apellidos. A veces el relevo ya está dentro, trabajando cada día entre las vacas, y solo hace falta que encuentre la oportunidad de quedarse.

