En un momento en el que atraer nuevas generaciones al campo resulta clave para garantizar la continuidad de los oficios ligados al rural, cinco jóvenes de Valle de los Pedroches protagonizan este #YoSoyCampo, de Virbac, y nos demuestran que apostar por la ganadería es apostar por dar cuerda a una vocación que merece ser conocida, apoyada y reconocida. Más en Vaca Pinta 52.
A punto de terminar el bachillerato, Carmen Moreno (18 años) nos habla de que, debido a su pasión por el mundo rural, espera poder dedicarse a algo que la mantenga ligada a él, aunque todavía no ha definido exactamente en qué se centrará: “Desde pequeña me ha gustado esto. Puede que hoy esté más normalizado irse a la ciudad, pero en los pueblos hay muchas oportunidades. Además, gracias a la labor que se hace aquí, comemos todos”. Para Carmen, la formación es esencial, ya que “te permite dedicarte profesionalmente a algo que te gusta y conseguir un buen futuro”, y defiende que vivir del medio rural no debe ser visto en ningún caso como una opción menor.
Acompañar de pequeño a su abuelo le ayudó a Pedro Manso (16 años) a descubrir su amor por la ganadería. Aunque de niño los animales le daban miedo, pronto descubrió que allí encontraba su lugar: “El campo me da vida. Yo no digo que voy a trabajar, digo que voy a disfrutar”. Con la vista puesta en estudiar Veterinaria, alerta sobre el riesgo de la falta de relevo generacional: “Es algo preocupante; si las ganaderías no encuentran quién las continúe, muchos pueblos desaparecerán”. Remarca que este es un sector lleno de posibilidades reales y necesarias: “Invitaría a los jóvenes a venir, a que viesen con sus propios ojos lo que esto ofrece”.
Miguel Moreno (17 años) creció entre animales en la ganadería familiar. Estudia primero de bachillerato y quiere ser veterinario, siguiendo los pasos de su padre y de su bisabuelo: “Desde pequeño he tenido muy claro que quería dedicarme a este mundo”, afirma. Miguel no concibe un futuro sin campo: “Dicen que el Amazonas es el pulmón del mundo, pues el otro pulmón creo que es este”. Además, critica que desde las ciudades se infravalore el ámbito de la producción ganadera: “La gente debería conocer la calidad humana y el esfuerzo que hay detrás de quienes vivimos y trabajamos aquí”.
Gonzalo Ballesteros (17 años) quiere estudiar Ingeniería Agrónoma para seguir vinculado a su tierra y centrarse especialmente en nutrición y producción animal. Procedente de una familia muy ligada a los orígenes de Covap, reconoce el valor de ese legado: “Nos toca a nosotros recoger el testigo y tirar de este sector”. Este joven, que de pequeño soñaba con ser profesor o fisioterapeuta, descubrió hace tiempo que su lugar está en el campo: “Trabajar en lo que disfrutas es lo más importante”, afirma, y cuenta que, para él, el rural no es solo una opción laboral, sino una forma de vida que debe ser defendida y reforzada con más formación y compromiso.
Realizar unas prácticas que le permitieron crear un vínculo especial con los animales fue lo que hizo que Rosario Galvis (18 años) decidiese dedicarse a la veterinaria: “Me llamaba la atención desde pequeña, pero fue convivir con el oficio veterinario lo que me ayudó a decidirme”. Aunque reconoce que muchas personas de su edad ven este mundo como algo anticuado, ella defiende su valor imprescindible: “Al igual que necesitamos médicos, también hace falta gente que cuide del campo y de los animales, porque de ellos depende nuestra alimentación”. Su aspiración es convertirse en una veterinaria que dedique su vida a mejorar la salud animal y el futuro rural.
Historias como las de Carmen, Pedro, Miguel, Gonzalo y Rosario son la prueba de que el sector productor tiene futuro si se transmiten las oportunidades reales que ofrece. Apostar por formar y animar a jóvenes como estos es invertir en el motor que sostiene nuestras vidas y nuestras comunidades. Ellos ya lo tienen claro; ahora es responsabilidad de todos poner en valor su elección.